Santiago: Allí donde acaba la tierra

Redaccion

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espido-freireEn “Hijos del fin del mundo” (Imagine), Espido Freire se convierte en una peregrina más del Camino de Santiago. Inmersa en un viaje que le evoca recuerdos de la infancia, voces del pasado y héroes de leyenda, opta por darnos la visión más lírica y de bella melancolía sobre una ruta mística que también se ha convertido en un bullicioso destino turístico. Por Felipe Alonso

Nos cuenta Espido Freire en su libro cómo, entre los verdes y frondosos bosques, las gotas de rocío en los pétalos y la húmeda niebla, el peregrino camina en una especie de trance a través de una atmósfera que lo envuelve en el pasado. Eso le hace sentirse único y, a la vez, una parte insignificante de la historia, al pasar por donde tantos como él ya han pasado antes, dejando grandes momentos o anécdotas insignificantes como si fueran imperceptibles huellas en el barro del camino. Ante él, como una alfombra onírica que se desenrolla paso a paso, el Camino lleva al peregrino entre recuerdos de épocas anteriores, en los que se mezclan héroes y leyendas, personajes de fábula y viejas supersticiones. Y, sin embargo, ahí están las sensaciones imposibles de obviar del presente. El cansancio, la humedad de las ropas, el dolor de las ampollas en los pies, los albergues concurridos, las ovejas y su mirada estúpida y observadora. Los infatigables conquistadores a la caza de una peregrina soltera, las maletas bamboleándose en los hombros, los peregrinos extranjeros que no abandonan su cerveza ni un solo momento. El Camino de Santiago no son sólo muchos kilómetros de ruta. Es una constelación de elementos que se suceden año tras año desde hace mucho tiempo, tan viejos y, sin embargo, siempre tan nuevos. Espido Freire se fija en todos ellos y nos lleva con ella a través de un trayecto bajo las estrellas que millones de personas ya han hecho antes.
Durante el viaje, el peregrino se envuelve en la niebla del camino y en la suya propia, encontrando una calma introspectiva que lo conduce en esa búsqueda del fin del mundo y de su propia conciencia, intentando llegar un poco más allá. Un más allá que en la época medieval se encontraba en Finisterre, final del mundo conocido. Ese fin del mundo simbolizaba la atracción que siempre ha acompañado a lo desconocido, igual que el miedo. Desde allí, los pueblos antiguos adoraban al sol, con su muerte y resurrección diaria, y temían a los monstruos y diablos que vivían en el exterior. En nuestros días, Finisterre y su lengua de tierra adentrándose en el mar son la guinda final al Camino de Santiago, con su carga tanto religiosa como esotérica. Sin embargo, a la autora le parece que el viaje, que en su origen buscaba la veneración del apóstol Santiago el Mayor, ha perdido bastante su connotación religiosa para revestirse del misticismo propio de una viaje interior.
Los hijos del fin del mundo es una historia sobre los recuerdos de la infancia y la juventud, envueltos en ese halo irreal propio de la memoria. Viejas memorias que vuelven como voces del pasado, preciosas flores que de niña hacen que todo lo demás no importe, lecturas sobre cuentos de la madre antes de ir a dormir, viejos miedos de la rabia y la peste. Pero también es una historia de un presente lleno de secretos que descubrir y disfrutar. La autora viaja por esas sendas milenarias permitiendo a su pasado salir a su paso para empaparse de todos esos recuerdos, como si fuera la lluvia que, de repente, uno nota que echa de menos.
En Hijos del fin del mundo, Espido Freire nos narra “el relato de un viaje por el Camino de Santiago desde Roncesvalles a Finisterre: pero también un viaje a través de los recuerdos de mi infancia, en que hacía casi ese mismo viaje todos los años, para regresar a la tierra de mis padres. Etapa tras etapa, me traslado por la tierra, y también por la memoria”. La novela, que recientemente ha ganado el premio Llanes de Viajes, consigue ir un poco más allá de lo que se espera de una novela de viajes al enfocar el género como obra literaria.

Otros caminantes
Son muchos los libros que tienen como telón de fondo el Camino de Santiago. Entre ellos podemos destacar Diario de un mago, del escritor brasileño Paulo Coelho, quien asegura que “el Camino me cambió, antes veía las cosas de manera complicada y después me enteré de que eran más simples y quería plasmarlo”. Otros ejemplos más recientes son Bueno, me largo del alemán Hans Peter Kerkeling, publicado en nuestro país después de haber batido récords en las librerías alemanas, y Cartografía Literaria del Camino de Santiago de Javier Gómez Montero, que destaca por ser una compilación de textos sobre el Camino. Su autor destaca que los textos literarios sobre la ruta “dan una visión mucho más jugosa que cualquier tipo de guías, experiencias de peregrinación o documentales”. Y podríamos citar muchos más: Iacobus de Matilde Asensi, Finis Mundi de Laura Gallego García…
Todos ellos se convierten desde la ficción en fuentes de anécdotas, recopilación de leyendas y consejos para los auténticos peregrinos. Pero si hay algo en común que une a todos estos libros es que resaltan el carácter solidario que se respira en el Camino y el crecimiento personal que supone para cualquier persona realizarlo. Escritores y viajeros coinciden en el aspecto introspectivo del peregrinaje, sobre todo si se realiza en solitario.

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2 Respuestas a “Santiago: Allí donde acaba la tierra”

  1. Ramón Bello dice:

    El camino, lo mismo que cualquier otro camino de elevacion, de encuentro, de introspeccion intima, es el que te lleva a conocerte. El camino no es un camino, “es tu camino”.
    Cuando empiezas a estar preparado, cuando sientes que hay algo más, cuando intuyes más que ves, debes iniciar tu camino interior.
    Te debes de sorprender “sintiendote”, hablandote, conversando con la Naturaleza, con la gente que te encuentras, “ellos” te responderan y en sus repuestas hallaras contestaciones ya conocidas, pero en las que antes no habias reparado ni habias puesto en práctica.
    Ver…, se vé, la grandeza del silencio “si es compartido, casi mejor”.
    La grandeza de los hechos pequeños, humildes y….. tan grandes que te redireccionan en tu forma de ser, de pensar, de sentir.
    Normalmente, no sabemos vivir “el momento” aunque sepamos e intuyamos que la vida está hecha “de momentos”, lo mismo que una raya recta sobre el papel, no existe como tal, tan solo és la continuacion de pequeños puntos dispersos entre si, pero direccionados con una intención previa.
    Ser fiel a uno mismo, és la máxima premisa que podemos ofrecer y ofrecernos.
    El Camino, lo puedes realizar “acompañado” pero “tu camino” lo harás tú solo.
    No podras compartir tus descubrimientos. Deberas disfrutar la grandeza de tus pensamientos “intimamente”. Saboreando el nuevo placer, al cual solo tú tienes tu propio acceso. Solo tú te elevas por encima de ti mismo.
    Solo tú ves la profundidad de tu mar, de tu bosque, de tus montañas y de los desiertos de tu soledad.
    Comienzas entonces un lenguaje que te comunicará contigo mismo y con tu Yó eterno, con tu Nucleo Familiar, con “tu Guia Espiritual”, con los que verdaderamente jamás estaras solo, por muy abandonado que te sientas.
    Te empiezas a enterar “a darte cuenta” que la relación con los demás debe de estar presidida por la gratuidad de los actos, de las acciones por la gratuidad de la relacion en suma. Compartir y departir sin obligación, aceptando y asumiendo la propia personalidad y el rol de cada uno , a cada momento.
    El conocer lo pequeño que eres y el intuir lo grande que eres por saberte pequeño. “No tiene precio”. La sencillez de un gesto, el “amor” de una acción, la fraternidad de un saludo, de un Adios, és para sentirlo, para vivirlo. Uno no se empieza a conocer, hasta que no se empieza a sentir, y no se empieza a sentir, hasta que no se dá cuenta que uno “és”. Y…. cada dia, uno debe de ir a más, ser y sentirse consciente, diluir en si mismo sus defectos, sus lacras, “los deberes que trajiste de la otra vida, de cuando preparabas esta, la razón de ser de la existencia que debes pulir”, presentarlos delante de tu misma consciencia, observandolos, razonandolos,diluyendolos, fusionandolos en uno mismo despues de conocerlos, aceptarlos y comprenderlos, para que no te sustraigan energia ni te lastren por esa razón, ser consciente de ti, saberte tú, conocerte, darte lo que nadie te puede dar “lo que necesites, a cada momento en que lo necesites. Uno se debe dar realmente a los demás cuando realmente “sabe” que dá lo que dá, como lo dá, porqué lo dá. El dar (sin saber porqué, es el preludio del dar sabiendo qué y porqué) .No dar porque uno siente la necesidad de dar para tratar de buscarse, de encontrarse. Uno se encuentra “dando”. Uno se encuentra a si mismo, “dandose a si mismo”, pidiendo por si mismo, “a, falta de cosa mejor que hacer, o de tener que hacer”, buscando su razón interior de “ser”, o dejando que esta fluya hasta uno mismo procedente del despertar de sus propias profundidades, dejandose en este caso embargar por el vacio del “no pensar, no hacer”, , con la intención de “conocer” lo que intuyes mejor de ti mismo. Dejarlo fluir, saber que “está ahí”, que eres tú y que te amas, que quieres conocerte, pero que no se puede imponer, que necesita un pequeño sitio para sembrarse, para enraizar, para crecer y hay que abonarlo, regarlo, cuidarlo y mimarlo, porque “eso” eres tú con tu nuevo traje de “buceador de las estrellas, esperando la puesta a punto para “dar el salto”.

  2. David Otero dice:

    Me seduce la descripción que sobre el Camino emite la escritora Espido Freire; he leido tambien la de otros narradores pero esta es más entrañable para mi porque en ella refleja mejor el cambio espectacular que representó en mi persona cuando por primera vez y por simple curiosidad tuve contacto con el Camino; desde entonces siento deseos inmensos de continuar y de seguir recibiendo las bendiciones del Santo.

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