André Gide: Entre el cielo y el infierno

andre-gideAndré Gide fue, durante la primera mitad del XX, “el contemporáneo capital” de la cultura francesa. Hoy se lo reconoce por su “Diario” y sus exquisitas novelas cortas, como “El inmoralista”, pero fue también pionero en la defensa de los homosexuales y en la denuncia del estalinismo. Por Carles Barba

Tarde o temprano, André Gide debía ingresar en esta galería. Es el hombre de letras por excelencia (novelista, poeta, dramaturgo, diarista, epistológrafo y gran mandarín de la vida literaria francesa y europea durante por lo menos cincuenta años). Vivió a caballo entre dos siglos, el de Balzac y Flaubert, y el de Céline y Sartre, y forjó a lo largo de su carrera una prosa de milagrosa limpidez, que lo convierte en el más clásico de los modernos. Y Gide sigue de actualidad: en Alba ha aparecido una nueva traducción de Los falsificadores de monedas, realizada por María Teresa Gallego Urrutia, mientras que La Pléiade ha coronado la edición de sus Obras Completas y en Francia se celebran por todo lo alto los cien años de la Nouvelle Revue Française, la mítica publicación literaria fundada por el escritor en 1909, y que dos años después sería la matriz de la editorial Gallimard.

Un niño con malos hábitos
André Gide nació el 22 de noviembre de 1869 en Paris, muy pocos meses antes de que estallara la guerra franco-prusiana. Vino al mundo en el seno de una familia de la alta burguesía protestante. Su padre, Paul Gide, procedía del Midi –de Uzés, concretamente–, y ejercía de profesor en la facultad de Derecho de Paris. La madre, Juliette Rondeaux, era normanda y nieta de una de las fortunas de la nación, el industrial textil Édouard Rondeaux. El pequeño André imputará a este doble origen tan antagónico (protestante el padre, de raíces católicas la familia de la madre) su carácter de artista, y los millones de los Rondeaux le permitirán, de mayor, llevar una vida de riquísimo rentista.
De niño reveló pronto un carácter frágil y propenso a las crisis nerviosas, y la muerte del padre cuando tenía sólo 11 años acentuó su inestabilidad. En las memorias Si el grano no muere, Gide cuenta que su madre, muy puritana y dominante, “era del parecer que un niño ha de someterse a unas reglas sin buscar entenderlas, mientras que mi padre en cambio mantenía una tendencia a explicarme siempre todas las cosas”. El padre, por ejemplo, le dio a leer enseguida obras de gran calado: La Odisea, Las Mil y Una Noches o el Libro de Job. Al faltar él, André fue criado en casa por tres mujeres: su madre, su tia Claire, y Anna Shackelton, un aya escocesa con la que se llevaba especialmente bien, puesto que compartían el mismo amor por la vida campestre y los encantos de la naturaleza. A los siete años se le adjudicó asimismo una profesora de piano y, a partir de ahí, el niño desarrolló unas dotes musicales que de mayor se transmitirán a su literatura. Por lo demás, Gide devendrá un pianista notable (aunque siempre se negó a tocar en público) y su libro Notes sur Chopin dará fe de su intimidad con el mundo de los pentagramas.
La escolarización de este delicado hijo único derivó muy pronto en problemas. André entró en la Escuela Alsaciana de la capital, pero fue expulsado intempestivamente por sus “malos hábitos”. Hay que decir que su homosexualidad afloró precozmente y que, con anterioridad al colegio, el niño se había dado cuenta de ella en sus juegos en casa con un primo. Tal vez para exorcizar tal inclinación, durante una estancia adolescente en Ruan se enamoró de una prima tres años mayor, Madeleine, a la que ofrecerá más adelante el primer ejemplar de su primer libro, Les Cahiers d’André Walter, editado de su bolsillo. El joven solicitó en matrimonio a la prima, pero recibió calabazas. Madeleine había enamorado al adolescente cuando éste la sorprendió una vez llorando por la vida ligera que llevaba su madre. La sed de pureza y un acuciante misticismo los hermanó durante los delicados años de la pubertad.
Gide tendrá muy temprana conciencia de su vocación literaria. Su inadaptación a los sucesivos liceos y pensionados por los que pasaba –incluido uno en Montpellier en el que recibió vejaciones de sus compañeros– agudizó sus tendencias contemplativas y su propensión al autonálisis. El descubrimiento del Diario de Amiel será un hito en su etapa formativa. Otra inflexión importante ocurrirá en 1887, cuando reingrese en la Escuela Alsaciana. Allí intimará con un compañero de aula, Pierre Louÿs, que le descubrirá a Goethe y le pondrá en sintonía con el simbolismo europeo. A través de Louÿs, toma contacto con los medios literarios capitalinos, accede a los salones más selectos (y a los célebres martes de Mallarmé) y conoce en Montpellier a Paul Valéry, con quien mantendrá una amistad que durará más de cincuenta años.
Tan pronto tiene en el bolsillo el aprobado del baccalauréat, decide consagrar su vida a escribir y a viajar. En 1889 recorre solo Bretaña. En 1892 repite el viaje por los paisajes bretones, ahora en compañía de Henri de Régnier. Régnier, por cierto, le presentará en su casa nada menos que a Oscar Wilde, por entonces en el apogeo de su dandismo. El estilo de vida wildiano, desafiante y hedonista, lo ayudará a poner en cuestión su propio puritanismo. La verdadera emancipación llegará en 1893 cuando, en compañía del pintor Paul-Albert Lauren, emprenda viaje hacia el norte de África. Durante las primeras semanas, se le detecta una tuberculosis pero, después de seguir un tratamiento médico, queda en condiciones de sucumbir al hechizo de Oriente, y en Soussa tiene su primera relación física, con un joven llamado Ali. El mundo árabe y los áridos paisajes de Argelia y Tunez liberan su libido y erradican momentáneamente las inhibiciones familiares y sociales. En 1894 vuelve a estos territorios y allí encuentra a Oscar Wilde y lord Alfred Douglas, que lo animan a aceptar su inconfesada homosexualidad. El interludio africano se cierra con la muerte de su madre en mayo de 1895 y la boda con la prima Madeleine, cinco meses después.

Mil y un yos
A partir de ahora, Gide se va a volcar en una fecunda dedicación literaria. En una ocasión había confiado a Paul Valéry que “si no pudiera escribir, me mataría”. Va a inaugurar esta etapa con Paludes (1895), una farsa en la que satiriza la artificiosidad de los salones parisinos. Le sigue Los alimentos terrestres, poema en prosa en el que se congratula de haberse liberado del miedo al pecado y predica la necesidad de seguir los propios impulsos. Con el nuevo siglo se entrega a su período más creativo: en 1902 publica El inmoralista; en 1909, La puerta estrecha; y, en 1919, La Sinfonía Pastoral. Gide apuntala una forma novelesca corta (el récit) en la que un narrador en primera persona se enfrenta a los dilemas morales que plantea la vida. Tras unos primeros tanteos decadentistas, a partir de El inmoralista Gide ha encontrado ya su estilo, una prosa de construcción clásica que llevará a un grado de depuración insuperable.
Su fertilidad como autor de ficción corre paralela a una cada vez más intensa atención a la crítica y el ensayo. Gide fue siempre un lector bulímico y esta actividad cuajará en monografías como la dedicada a Dostoievski; traducciones como las consagradas a Shakespeare, Goethe, Pushkin, Conrad, Tagore o Rilke; y, sobre todo, en la creación en 1909 de la Nouvelle Revue Française, una publicación que durante la primera mitad de siglo marcará el gusto y los cánones de la literatura europea. Gide fletará esta revista con la colaboración de tres amigos, Jacques Copeau, Jean Schlumberger y Roger Martin du Gard, el autor de la saga Los Thibault.
“Gide es Proteo”, remarcaría Marguerite Yourcenar a la vista de su abigarrado legado. Y Pierre Lepape, uno de sus biógrafos, ha abundado en la versatilidad de su producción, comparándolo a Diderot. En cada nuevo libro, refuta el anterior o se desmarca hacia un nuevo planteamiento. Su amigo Roger Martin du Gard le reprochaba no haber escrito la obra maestra que su genio podía prometer. Pero Gide siempre preferirá derramarse en una pluralidad de títulos y registros (serio, caricaturesco, intimista…), estrategia que de hecho hacía justicia a los mil y un yos que (como Pessoa) sentía dentro de sí. Por ejemplo, en 1911 se puso a urdir un relato del más puro clasicismo, Isabel, la historia de un investigador que se enamora –y desengaña- de una misteriosa madre soltera. Y, en 1914, cambió totalmente de modulación, y se descolgó con una farsa anticlerical, Los sótanos del Vaticano, protagonizada por Lafcadio, una especie de dandy anarquista que, para subvertir todas las convenciones, comete un crimen gratuito. La novela, una parodia del catolicismo burgués a través del tema del Papa impostor, motivó la ruptura de la amistad con Paul Claudel y le valió al autor la animadversión de la Francia más integrista.
La Gran Guerra, sin embargo, dejó en suspenso estos enconamientos y Gide (que en 1892 había sido exonerado del servicio militar por tuberculoso) se volcó en aquella trágica hora a ayudar a los refugiados que huían de la carnicería. Siempre se afanó en ser útil y, como notaba Valéry, “él se proyecta en los demás con el mismo celo que yo pongo en apartarme”.
Acabado el conflicto, Gide volverá a escandalizar a la sociedad francesa con Corydon (1924), una acendrada defensa del derecho a la homosexualidad, y Si el grano no muere (1926), unas memorias de infancia y pubertad en las que no esconde sus preferencias pederastas. De hecho, durante la guerra, Gide ya ejerció plenamente sus inclinaciones adoptando como amante a Marc Allégret, de 16 años e hijo de Elie Allégret, su padrino de boda. André y Marc (como Rimbaud y Verlaine no mucho antes) se escaparán a Londres para vivir la relación con más libertad, pero su gesto tuvo consecuencias: la esposa del escritor, Madeleine, herida en lo más vivo, quemó sus cartas, “la mejor parte de mí mismo”, como apostillaría después el interesado. El matrimonio con Madeleine sufrirá otro golpe terrible cuando él tenga una hija (Catherine, actual albacea) de Elisabeth van Rysselberghe, jovencísima hija del pintor neoimpresionista Théo van Rysselberghe. Madeleine morirá en 1938 y Gide tratará de hacerle justicia (autoculpándose del fracaso de su unión conyugal) en la novela póstuma Et Nunc Manet In Te.

Comunismo y familia
En 1925, al tiempo que los nuevos talentos (Aragon, Breton, Montherlant) quedan magnetizados por su obra y los intelectuales de derecha (Mauriac, Leon Daudet) rehusan sumarse a la campaña de denigración que las fuerzas más reaccionarias desencadenan contra él, Gide publica su única novela larga, Los falsificadores de monedas, un auténtico hito dentro del género al punto que Aldous Huxley imitará su estructura en Contrapunto. Gide narrará ahí las trayectorias de cuatro familias en vías de disolución y en el centro del libro sitúa a un novelista, Édouard, cuya meta es escribir una novela titulada Los monederos falsos. Édouard a su vez lleva un diario sobre la obra, y el propio autor en su Journal refleja el proceso creativo que atraviesa la novela. Tales juegos de espejos conforman un ejercicio metaliterario que va a dejar huella en los surrealistas y, más adelante, en el nouveau roman. Al año siguiente, las memorias Si el grano no muere lo apuntalarán como el prosista más refinado de la década y como un renovador de la forma autobiográfica.
Exhausto por estos trabajos, Gide decide darse un descanso y parte de viaje al Congo, en compañía de Marc Allégret. Su idea inicial es impregnarse del exotismo de la selva pero, como Conrad unos años antes, descubre unas prácticas colonialistas infamantes y se apresura a denunciarlas en dos libros sucesivos, Voyage au Congo (1927) y Retour du Tchad (1928). A partir de estos periplos, el escritor empezará a comprometerse socialmente y en 1931 se declara a favor de la Revolución soviética. Su viraje hacia el comunismo enfría las relaciones con los colegas más incondicionales y Martin du Gard dice no entender cómo un hombre al que sublevan todos los dogmas ha podido empatizar con el esencialismo proletario. Fruto de su adhesión, en 1936 las autoridades soviéticas le invitan a pronunciar un discurso en la Plaza Roja durante las exequias por Maxim Gorki. Gide, sin embargo, al contacto con la realidad del país eslavo, sufre un duro revés al darse cuenta de que allí campa el totalitarismo más implacable. En Regreso de la URSS va a denunciar las lacras del estalinismo y, como reacción, el PCF y escritores como Louis Aragon van a tildarlo a él de fascista.
Gide cumple setenta años en 1939, el crucial año en que acaba la Guerra Civil española y estalla la Segunda Guerra Mundial. Viudo desde 1938, cuando fallece su prima Madeleine en la casa de campo de Cuverville donde él había escrito tantas páginas, a partir de ahora llevará una vida itinerante, con viajes a Egipto, Túnez, Argelia, Suiza, Italia y Grecia, y largas estancias en distintos puntos de Francia, invitado por familias amigas (los Bussy, los Herbart, los Heyd) o por colegas de oficio (Martin du Gard, François Mauriac, Georges Simenon). En el mismo 1939 se decide a publicar la que para muchos es su obra capital, el Diario, que cubre cincuenta años (1989-1939) y que se edita dentro de La Pléiade que ha creado su amigo Jacques Schiffrin. Para La Pléiade, Gide escribirá en los años siguientes introducciones al Teatro Completo de Shakespeare, al Teatro de Goethe, y una Antología de la poesía francesa.
Del mismo modo que en su vida intelectual la labor crítica va tomando el lugar de la creación pura, en el plano privado la pulsión individualista cede espacio a la necesidad del cobijo familiar. Así, cobra cada vez más relieve en la biografía del escritor Maria van Rysselbergue, la abuela de su hija, quien entre 1940 y 1951 tendrá especial cuidado de sus asuntos, lo acompañará en sus viajes y lo atenderá en sus menudencias cotidianas. Reflejo de este estrecho trato, serán unos Cuadernos de la Pequeña Dama que resultan hoy de manejo imprescindible para comprender al último Gide. Junto a Maria, Gide tendrá también muy cerca en sus últimos años a su hija Catherine (que en 1945 lo convertirá en abuelo) y a su antiguo amante (y ahora amigo) Marc Allégret, a quien se le debe un importante documental sobre el escritor rodado en 1950.
Su actividad diarística seguirá a buen ritmo y la Nouvelle Revue Française (desde 1940, dirigida por Pierre Drieu La Rochelle) le publicará nuevas Hojas sueltas hasta que, en marzo de 1941, al posicionarse la cabecera a favor de las fuerzas ocupantes alemanas, su primer fundador rompe con ella.

“Puedes pecar a destajo”
Por esos años, Gide recopila también algunos volúmenes de su infatigable actividad como epistológrafo. En 1948, se edita su correspondencia con Francis Jammes y, en 1949, la que sostuvo con Paul Claudel. Gide llegó a intercambiar con sus distintos interlocutores un total de 25.000 cartas y, con algunos de sus corresponsales (Jammes, Claudel, Valéry, Martin du Gard, Jean Paulhan, Jacques Rivière, su traductora inglesa Dorothy Bussy), estableció un ámbito para la amistad y el debate. Sus destinatarios llegaron a ser algo así como unos “happy few” a los que tenía al corriente de los continuos descubrimientos que hacían su mente y su sensibilidad.
En 1946, en fin, tiene aún energías para escribir un último relato, Teseo, el héroe griego que vence al Minotauro y supera sus escrúpulos de conciencia, con quien él se siente identificado. Con esta obra testamentaria, Gide rinde de paso un último homenaje a la mitología griega, que desde los comienzos nutrió su imaginación.
A partir de 1947, Gide prácticamente dejará de escribir. En ese año, la universidad de Oxford lo designa doctor honoris causa y se le concede el premio Nobel. Interesado en dejar el Diario bien cerrado, le va añadiendo páginas hasta 1950 y se ocupa de revisarlo y pulirlo, en un proceso constante de corrección. Como su querido Goethe, del que se dice que falleció suspendiendo la mano en alto de izquierda a derecha (como si escribiese), Gide se vió a sí mismo expirando con la pluma sobre el papel, fiel al oficio que abrazó desde muy joven. Murió efectivamente en plena ósmosis con la escritura, rodeado de los suyos, sin sufrir y sin ningun tipo de asistencia religiosa. Al parecer, sus últimas palabras fueron una muestra de puntillosidad expresiva: “Tengo miedo de que mis frases se vuelvan gramaticalmente incorrectas. Es siempre la misma lucha entre lo razonable y lo que no lo es”. Se lo enterró en Cuverville, al lado de la prima Madeleine. Y al año siguiente, el Vaticano incluyó su corpus literario en el Index librorum prohibitorum.
Ningun documento refleja mejor los nuevos tiempos laicos que se abrían tras su desaparición como la anotación escrita por el otro gran diarista francés del XX, Julien Green, el 28 de febrero de 1951: “Ha habido muchas risas a propósito de un telegrama que Mauriac ha recibido pocos días después de la muerte de Gide, y redactado así: ‘No hay infierno. Puedes pecar a destajo. Díselo a Claudel. Firmado: André Gide’”.

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Escrito por el jun 8 2009. Archivado bajo Galería. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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