El refugio del escritor: Los lugares más inspiradores
Cabañas, torreones, casas y hasta sanatorios fueron el escenario escogido por grandes de la literatura para crear sus obras. A continuación, visitamos ocho de esos espacios entre cuyas paredes se redactaron clásicos como “Así habló Zaratrusta” o los “Ensayos” de Montaigne. Texto Álvaro colomer
EL TORREÓN MÁGICO
Inquilino: Ramón Gómez de la Serna
Lugar: Madrid (España)
Ramón Gómez de la Serna ocupó el llamado “Torreón” de la calle Velázquez nº 6 entre 1922 y 1933, convirtiéndolo en una suerte de Rastro donde almacenaba, casi al borde del diogenismo, objetos de toda índole: relojes de arena, cajas de música, figuritas de barro, máscaras africanas, bolas de adivino, espejos deformantes (al más puro estilo del Callejón del Gato) y un sinfín de cachivaches entre los que no se pueden olvidar los más famosos: la chimenea de tubo, el maniquí de cera y el faro cedido por la Compañía de Gas. Pero el inventor de las greguerías también empapeló las paredes, el techo e incluso el suelo con imágenes recortadas de revistas, creando un inmenso collage sólo comparable al que compusiera el pintor alemán Kart Schwitters en las paredes y fachada de su casa.
Con aquella acumulación de objetos, Ramón Gómez de la Serna quería demostrar que su domicilio era el símbolo de la modernidad llegada a España, algo que ratificó Valery Larbaud al afirmar que cualquiera escritor que paseara por la noche madrileña podía ver luz en la ventana del Torreón y que esa luminiscencia era “como luz de navío en las avanzadas de Europa”. Otros especialistas afirman que Ramón guardaba tantos objetos porque le servían de inspiración para crear sus greguerías. A este respecto, resulta interesante la reflexión que Jorge Luis Borges hizo en sus Inquisiciones: Ramón ha inventariado el mundo, incluyendo en sus páginas no los sucesos ejemplares de la aventura humana, sino la ansiosa descripción de cada una de las cosas cuyo agrupamiento es el mundo”.
Aunque quien quizá conozca mejor los motivos de semejante acumulación es Juan Manuel Bonet, autor de Ramón en su Torreón (Fundación Wellington), quien recuerda que el madrileño se llevaba esos artefactos consigo cada vez que se mudaba, tal que si se tratara de una casa-caracol: “Hay un libro ramoniano clave, El rastro, que nace de su encuentro con los objetos. Libro en el que lo más fascinante es cómo el objeto se convierte en letanía. Libro precursor, que en algunos aspectos se adelanta a Nadja de André Breton, que encuentra en el Mercado de las Pulgas de Paris un objeto al que concede importancia simbólica en su relato”.
Estado actual: En 1976, el Hotel Wellington absorbió el Torreón para integrarlo en sus instalaciones, pero se creó la Fundación Wellington para asegurar la memoria del mismo.
LA CABAÑA DE WALDEN
Inquilino: Henry David Thoreau
Lugar: Concord (Massachussets, Estados Unidos)
El pionero en la ética ambientalista Henry David Thoreau quiso experimentar en sí mismo la vida en la naturaleza, motivo por el cual se construyó una cabaña en un terreno cedido por su amigo Ralph Waldo Emerson. Se instaló junto al lago Walden el 4 de julio de 1845 y lo abandonó el 6 de septiembre de 1847. Durante ese periodo escribió dos libros: A Week on the Concord and Merrimack River (relato sobre una excursión realizada junto a su hermano) y el borrador de su famoso Walden o la vida en los bosques.
Según recuerda Antonio Casado da Rocha, autor de Thoreau: biografía esencial (Acuarela), en el capítulo inicial de Walden, el filósofo relata el proceso de construcción de aquella cabaña, “incluyendo los 28 dólares y 11 centavos y medio que le costó en total. Además, mientras expone su programa de austeridad y ‘hágalo usted mismo’, el autor examina con lupa cada objeto, cada gasto y cada inversión. Thoreau alaba en dicho volumen la sencillez y austeridad de su vivienda, lo que le permitía ganar tiempo para otras cosas. Por ejemplo, relata cómo hacía la limpieza cuando el suelo estaba sucio, levantándose temprano y sacando su escaso mobiliario fuera, sobre la hierba”.
La cabaña se encontraba a pocos kilómetros de la ciudad donde vivían sus familiares y amigos, por lo que la desconexión del mundanal ruido nunca fue absoluta. Sin embargo, la importancia de aquel encierro fue capital en su formación intelectual. De hecho, Thoreau explicó que se marchó de aquel refugio definitivamente “porque tenía otras cosas que vivir”. Así pues, cuando hubo terminado el experimento, regresó a su casa familiar, en cuya construcción también había participado y donde continuó hasta su muerte.
Estado actual: La cabaña ya no existe, pero la Thoreau Society ha creado una réplica y cuida del lugar para que los visitantes puedan experimentar lo mismo que el filósofo durante sus paseos.
LA TORRE DE TUBINGA
Inquilino: Friedrich Hölderlin
Lugar: Tubinga (Alemania)
Johann Christian Friedrich Hölderlin vivió tan apartado de la sociedad que acabó enloqueciendo. En 1806 fue ingresado en una clínica tras sufrir una crisis mental y su médico llegó a afirmar que difícilmente viviría más de tres años. Pero Ernest Zimmer, un ebanista que había quedado fascinado con los poemas de Hiperión, decidió acogerlo en su casa, de donde el bardo no volvería a salir hasta 36 años después, cuando murió. Lo instaló en el primer piso de la llamada Torre de Tubinga, desde donde podía deleitarse contemplando el río Neckar y las cumbres de los montes de Suabia. Junto a la familia del ebanista, Hölderlin encontró el cariño que necesitaba para no enloquecer del todo, lo que le permitió vivir en una especie de pacífica locura sólo rota por los ataques de ira que los Zimmer aplacaban comprándole papel, plumas de ganso y tinteros. Con esos objetos el poeta componía extrañísimos versos que firmaba con el seudónimo de Scardanelli. “Sin buscar nada, encontró en esa torre lo que, de haber estado en su sano juicio, hubiera deseado: el afecto de quienes lo rodeaban, el silencio que le permitía tocar la espineta que tenía en su habitación, las bellas vistas que le inspiraron muchos poemas –comenta Antonio Pau, autor de Hölderlin. El rayo envuelto en canción (Trotta)–. Porque Hölderlin, a pesar de haber perdido la razón, conservó lo que probablemente tenía más arraigado en su interior: la capacidad para escribir versos. En la Torre de Tubinga compuso centenares de poemas. Aunque ni la madre ni los hermanos del poeta iban a visitarle, los jóvenes poetas alemanes sí lo hacían, y solían pedir que les escribiera un poema, para llevárselo como recuerdo. El poeta cumplía siempre y en pocos minutos les entregaba un soneto perfectamente medido y rimado”.
Estado actual: La Torre del ebanista Zimmer ha sido cuidadosamente conservada y hoy pueden contemplarse los escasos muebles que el poeta tenía, además del ramo de tulipanes que los encargados del lugar colocan en un jarrón, en recuerdo de las flores que el poeta Ludwig Uhlan le enviaba cada 20 de marzo por su cumpleaños.
EL BALNEARIO DE SILS-MARIA
Inquilino: Friedrich Nietzsche
Lugar: Sils-Maria (Suiza)
Nietzsche escapaba de su agobiante vida académica refugiándose en la localidad de Sils-Maria, junto al lago de Engadina. Tras haber probado en otras regiones suizas, el filósofo llegó a esta población en 1881 con la idea de buscar un clima seco y soleado que le permitiera luchar contra las migrañas. Su primera impresión del lugar fue negativa, entre otras cosas por la cantidad de turistas. Pero al cabo de las semanas su opinión cambió radicalmente, llegando a afirmar que había “encontrado la tierra prometida”. De modo que, entre 1883 y 1888, pasó largas temporadas en una casa rústica. Contemplando los picos y los lagos que poblaban aquella región de los Alpes suizos, el filósofo escribió que “es todo tan sumamente bello que tiene uno la impresión de estar asistiendo allí al nacimiento del mundo”.
Fue en Sils-Maria donde, mientras paseaba cerca de la famosa piedra de Surlej, tuvo la visión del “eterno retorno” de lo mismo, “en una especie de reminiscencia heraclítea o pitagórica –recuerda Diego Sánchez Meca, autor de Nietzsche. La experiencia dionisiaca del mundo (Tecnos)–. Aunque algunos han interpretado esta visión como una prueba evidente del inicio de su locura, Nietzsche convirtió su intuición en un pensamiento liberador con el poder, dice él, de convertirnos en sobrehumanos”.
Pero en Sils-Maria se gestaron otros libros, como Así habló Zaratrusta, y encontró también el fundamento para matar a Dios, probablemente mientras paseaba en soledad, porque, como señala Sánchez Meca, “el sólo anuncio de una visita le ponía enfermo. Le gustaba decir que iba allí para estar desaparecido para siempre (‘der auf ewig Abhandengekommene’)”.
Estado actual: La casa que solía ocupar Nietzsche es hoy un museo que se puede visitar (información en www.nietzschehaus.ch).
EL SANATORIO DE HERISAU
Inquilino: Robert Walser
Lugar: Herisau (Suiza)
Tras pasar una temporada en el manicomio de Waldau, Robert Walser fue trasladado al sanatorio mental de Herisau, donde permaneció ingresado hasta su muerte, 23 años después. Una de las pocas personas que lo visitó, su amigo y editor Carl Seelig, describió sus encuentros en Paseos con Robert Walser (Siruela), donde nos relata que en cierta ocasión preguntó al autor si continuaba escribiendo: “No estoy aquí para escribir, sino para enloquecer”, respondió. En otra conversación, Walser explica que el doctor Hinrichsen había puesto a su disposición un cuarto para escribir, pero que no solía usarlo porque “me siento allí como clavado y no consigo producir nada”.
En vez de retomar la literatura, Walser dedicaba las horas a participar en las actividades prefiguradas por el personal del sanatorio. La subordinación a las normas, algo sobre lo que había profundizado en sus novelas anteriores, le proporcionaba la paz de espíritu que su locura le había robado. Participaba en las tareas de limpieza de su pabellón, ordenaba lentejas, habas y castañas en montañas separadas, paseaba con otros internos y evitaba todo contacto con el exterior, deleitándose a lo sumo en la contemplación de Herisau, el pueblo a los pies de la montaña sobre la que se alzaba el sanatorio. Pero Walser también entretenía su tiempo con larguísimos paseos por los bosques y senderos de los alrededores. En una de esas caminatas falleció un 25 de diciembre de 1887. Unos niños encontraron su cadáver sobre la nieve y alguien hizo una foto hoy tristemente célebre.
Estado actual: El lugar sigue siendo un sanatorio para enfermos mentales. Los responsables admiten visitas por los alrededores, pero no permiten el acceso a los pabellones.
LA CABAÑA DE LA SELVA NEGRA
Inquilino: Martin Heidegger
Lugar: Todtnauberg (Alemania)
En 1922, el filósofo Martin Heidegger se construyó una cabaña en la ladera de Todtnauberg, un pueblo situado en la parte meridional de la Selva Negra, a una altura de 1.150 metros sobre el nivel del mar. Heidegger creó gran parte de su obra, sin excepción de su famoso El ser y el tiempo, en esta casita de esquiador revestida de escamas de madera, con tan sólo tres habitaciones (cuarto de estar, dormitorio y estudio) y apenas una superficie de seis metros por siete. Según afirmó él mismo en un artículo titulado Paisaje creador: ¿por qué permanecemos en provincia?, ese lugar se convirtió de inmediato en su genuino “mundo de trabajo”, ya que creía encontrar en las estrecheces de su casa el ambiente perfecto para pensar.
Según comenta el arquitecto Adam Sharr en su ensayo La cabaña de Heidegger (Gustavo Gili), el filósofo consideraba que la cabaña le permitía sentir los movimientos y la dureza de la naturaleza en todo su esplendor, cosa que le ayudaba a reflexionar sobre la esencia del Ser y, más importante, sobre la relación de ese mismo Ser con el mundo que lo rodea. Miraba el filósofo por un ventanuco que tenía en la habitación donde trabajaba y veía la naturaleza manifestándose por doquier, paisaje éste que asemejaba con la creación literaria y la reflexión filosófica. La presencia de las montañas, los cambios de las estaciones, la crudeza de la vida rural, la batalla de los animales por alimentarse y tantas otras cosas que desde allí contemplaba servían a Heidegger para explorar la existencia del ser humano. Y, cuando el paisaje no le inspiraba, se arremangaba y bajaba al pueblo para ayudar a los aldeanos con las tareas de la comunidad o demostraba sus dotes andarinas yendo hasta Friburgo (dieciocho kilómetros), donde tenía otra casa. Es por eso que Adam Sharr considera que la cabaña no sólo era un lugar idóneo para filosofar, sino un entorno con cierto contenido ético: “Había una dimensión moral en la interpretación que Heidegger hacía de la cabaña y su entorno. En su relación con el paisaje, veía el edificio como algo honesto (…). Sentía que su pensamiento y sus escritos derivaban de la raíz central de aquel lugar”.
Estado actual: La cabaña todavía existe, pero los dueños actuales piden que no se les moleste con visitas inoportunas.
LA TORRE DE MONTAIGNE
Inquilino: Michel de Montaigne
Lugar: Saint-Michel-de-Montaigne (Dordoña, Francia)
El hombre que inventó el género del ensayo nació y murió en un castillo del siglo XV del que cogió el nombre: Castillo de Montaigne. En 1571, a la edad de 38 años, el hasta entonces magistrado se hizo acondicionar una habitación en la segunda planta de la torre situada justo encima de la entrada a su mansión. Allí instaló su biblioteca y un gabinete de trabajo, donde el pensador se refugiaba en invierno para eludir el frío. La sala de la biblioteca, con forma semicircular, tenía aberturas a los cuatro puntos cardinales y cinco estantes con más de 1.500 libros. Ante los volúmenes, instaló un escritorio que le permitía contemplarlos mientras trabajaba.
Probablemente, Montaigne sea el escritor en quien mejor se vea reflejada la influencia del entorno sobre la obra. Según el también ensayista Ramón Andrés, que recientemente visitó el Castillo de Montaigne, “cuando se piensa en la circularidad de su obra, en contraste con el discurso lineal de Occidente, uno se pregunta si aquel espacio habrá ayudado a que sus escritos recorran nuestra historia moral de modo circular, con el rico matiz que la línea recta no permite. Es frecuente ver que en sus escritos se empieza con una reflexión hecha sobre el propio presente y que de pronto, no sabemos cómo, y elípticamente, nos remite a un hecho de la Antigüedad, a una anécdota del pasado, para volver, de pronto, al ahora. Todo gira, nada va hacia lugar alguno”. Así pues, apartado del mundanal ruido en su sala semicircular, Montaigne escribió sus famosísimos Ensayos. Y, cuando la inspiración no acudía a su mente, alzaba la cabeza hacia el techo –compuesto por dos vigas maestras y 48 traviesas–, que había adornado con citas griegas y latinas, la mayoría de las cuales hacían referencia al escepticismo y la duda.
Estado actual: El Castillo se incendió en 1885, pero las llamas no tocaron la Torre de la Biblioteca, a fecha de hoy catalogada como Monumento Histórico. El lugar puede ser visitado.
LA CASA DE CAMPO
Inquilino: Thomas Bernhard
Lugar: Obernathal (Austria)
Thomas Bernhard siempre reivindicó sus raíces campesinas, motivo por el cual rehabilitó un caserón abandonado en Obernathal (Alta Austria), población donde creía que podría restablecerse de su enfermedad pulmonar. Además, consideraba que siempre había vivido “sin deshacer la maleta”; es decir, viajando de un lado a otro, y en 1965 decidió invertir en dicha propiedad el dinero obtenido con el premio Julius Campe por la novela Helada. Sin embargo, en ese lugar nunca consiguió trabajar a gusto. De alguna forma, el ambiente se lo prohibía, como él mismo manifestó en cierta ocasión: “Porque todo era tan idea, porque estaba hecha para poder escribir. Por eso no funciona”. Según Miguel Sáenz, traductor del austríaco y autor de Thomas Bernhard, una biografía (Siruela): “Casi no escribió nada allí. Era una casa poco habitada, con pocos muebles, donde ni siquiera entraban sus amigos, salvo una o dos excepciones”. Su única compañía era la señora Kienesberger, una especie de ama de llaves sordomuda de quien el autor dijo: “En el fondo, la Kienesberger es, desde hace decenios, la única persona con quien hablo, me digo, aunque también eso es realmente una exageración desmesurada”.
Pese a esto, Bernhard continuó fantaseando con la idea de convertirse en campesino, algo que por supuesto jamás habría de ocurrir. Cuando habitaba la casa, se disfrazaba de hombre de campo -ropajes verdes, pantalones de cuero, chaqueta austríaca tradicional, abrigo de loden y sombrero tirolés-, pero en Viena usaba chaquetas y pantalones bien cortados, foulards de seda y ropa de marca. “Bernhard era un urbanita que soñaba con no serlo –recuerda Miguel Sáenz–. La prueba está en que donde realmente escribía bien era en los hoteles y casas de amigos, sobre todo en países donde no conocía el idioma”. Al final de su vida, Bernhard manifestó que le gustaría que la casa fuera destruida por el fuego, “para que el crepitar de las llamas sea la música fúnebre de mi entierro”.
Estado actual: El caserón ha sido transformado en una suerte de museo donde todo se conserva tal y como el escritor lo dejó.

Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra
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