Las hermanas Brontë: Un trío de ases

Redaccion

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Las hermanas Brontë no tienen igual en ninguna literatura. Charlotte (con cuatro novelas), Anne (con dos) y Emily (con una, inolvidable) crearon arquetipos y pasiones que siguen alimentando el imaginario romántico de lectores de todas las edades y sexos. Por Carles Barba

El de 1847 ha quedado como un annus mirabilis de las letras inglesas. En esos doce meses aparecieron nada menos que Dombey e hijo de Dickens, La feria de las vanidades de Thackeray, Tancred de Disraeli, Jane Eyre de Charlotte Brontë, Cumbres borrascosas de Emily Brontë y Agnes Grey de Anne Brontë. La parte más enigmática de tal confluencia radica en cómo tres hermanas aisladas en una aldea remota de Yorkshire, sin más horizontes que unos ilimitados y desolados páramos, pudieron producir unas novelas (sobre todo Charlotte y Emily, aunque no debe obviarse a Anne) que subvirtieron de golpe las apacibles pautas de la narrativa victoriana e inyectaron en la ficción inglesa un genuino pathos y unas pasiones huracanadas. Las hermanas Brontë pues, de una sola tacada, y cada una con sus propios recursos técnicos, introdujeron el yo romántico donde hasta entonces solo se había pintado el amor como intercambio social (Fanny Burney, Jane Austen); y las tres crearon además indómitas heroínas que, en su afán de autorrealización, desafiaban las convenciones sociales y cedían a un impulso de rebeldía que las llevaba incluso a la autodestrucción. Ahora bien, lo asombroso no es solo que el talento más alto eclosionase en tres miembros de un mismo clan; sino que lo hiciera en el seno de una familia diezmada por la tuberculosis.

Páramo y pérdida
Los Brontë en efecto inicialmente sumaban ocho, siendo el cabeza de familia un párroco irlandés más bien pobre que se cambió el apellido de Brunty por otro más a tono con la región. Dos hijas, Maria y Elizabeth, murieron antes de llegar a la adolescencia. La madre había fallecido en 1821 de cáncer de estómago, no sin antes exclamar, a la vista de su prole: “¡Dios mío, mis pobres niños!”. La infelicidad y un sentimiento de la fragilidad de la vida enseguida se enseñorearon de las tres supervivientes y del único chico, Patrick Branwell, posteriormente opiómano, bebedor y mujeriego hasta su precoz muerte en 1848. Las tres autoras operaron pues bajo la presión de un paisaje inhóspito y de una constante conmoción por la pérdida de los seres más íntimos.
Sus biografías arrancan propiamente en abril de 1820, cuando su padre reverendo toma posesión de la casa parroquial del pueblo de Haworth, en Yorshire occidental. Hoy Haworth es un boyante centro de peregrinaje brontiano (solo Stratford upon Avon, el suelo natal de Shakespeare, recibe más visitantes), pero en 1820 la aldea carecía de alcantarillado y agua potable, y en invierno las tormentas de nieve la apartaban aún más de los núcleos urbanos. Al año de su llegada, el clérigo se quedó viudo y vino a ayudarle en la crianza de los hijos una cuñada solterona, la tía Elizabeth. Al parecer, Patrick Brontë se desentendió desde el principio de la educación de las niñas, y solo se ocupó del hijo varón.
Dado que la familia no nadaba precisamente en la abundancia, se hizo necesario preparar a las chicas para ganarse la vida, y se las envió a una escuela benéfica de Lancashire, donde en teoría se las adiestraba para ser institutrices. La insalubridades del centro y las pésimas dietas alimenticias coadyuvaron a que se declarase en la escuela una epidemia de tifus. Las dos Brontë mayores, Maria y Elizabeth, cogieron el virus, y hubieron de regresar a casa, consumidas ya por las fiebres. Murieron a los 11 y 10 años respectivamente. Solo entonces Patrick Brontë sacó del colegio a las otras dos hijas inscritas, Charlotte y Emily, asustado de que corrieran una suerte similar. Obviamente esta doble tragedia dejó una honda huella en las futuras escritoras, y combatieron la desmoralización estrechando las complicidades fraternales, incluyendo por supuesto a Branwell. Por un lado, el vagabundeo por las landas de los alrededores alivió la congoja de su aislamiento; y, por otra parte, cuando la metereología las recluía en casa, se entregaban a una vida imaginaria a partir de los soldados de juguete que regalaron a Branwell, y de los libros ilustrados que había en la rectoría.
Las tres niñas y Branwell discutían, por ejemplo, sobre los méritos de grandes generales de la historia y, mientras Charlotte defendía con ardor a Wellington, los otros tomaban partido por Aníbal, César o Napoleón. Llevadas por una imaginación exaltada, Charlotte, Emily, Anne y su hermano se aficionaron a escribir pequeñas piezas de ficción y a representar obras de teatro de su propia invención, y se repartieron estos cometidos asociándose por parejas, Charlotte y Branwell por un lado, y las más introvertidas Emily y Anne por otro. Cada pareja imaginó un ciclo mítico, Angria y Gondal respectivamente, lleno de trasgos, gnomos y otros personajes. Al parecer, el principal auspiciador de estas fantasías era Branwell, que además tenía dotes de pintor y un gran encanto personal. Pero la inestabilidad de su carácter dificultó que más adelante pudiera desarrollar una carrera artística, y las drogas y el alcohol precipitaran su muerte a los 27 años. En cualquier caso, dos años antes, en 1846, las tres hermanas habían marcado distancias respecto a él con la publicación de un volumen, Poems by Curren, Ellis and Acton Bell donde (bajo seudónimos masculinos) reunieron versos de su cosecha. Emily se reveló la más dotada para la poesía, y de hecho algunos de sus versos figuran en antologías líricas del siglo XIX. Se vendieron solo dos ejemplares y recibieron muy pocas reseñas, pero abrieron el camino para que más tarde las tres Brontë se presentaran ante el público inglés en calidad de novelistas.

Institutrices a su pesar
En todo caso, en 1830 las tres adolescentes tenían aún sus facultades literarias en estado de crisálida, y sobre ellas comenzaban a dejarse sentir los deberes de la vida adulta y la necesidad de contribuir al sustento familiar.
Con vistas a adquirir una formación como maestra, entre 1831 y 1832 Charlotte asistió a la escuela de Miss Wooler en Roe Head, en el mismo Yorkshire, y pocos años después regresó allí ya como enseñante. Emily y Anne también probaron suerte en este centro como docentes. La primera solo aguantó tres meses, no hizo amistad con nadie y adelgazó de un modo alarmante. Al parecer añoraba los páramos. Anne resistió dos años, pero al final también se derrumbó. A Charlotte, en cambio, Roe Head le dio conciencia de las posibilidades de un mundo más ancho. En su etapa de alumna hizo dos amigas íntimas, Ellen Nussey y Mary Taylor, con las que se carteó luego profusamente. De hecho, si hoy sabemos bastante sobre Charlotte y poquísimo sobre Emily, se debe a que de esta se conservan tres cartas y de aquella setecientas. De las tres hermanas, Charlotte fue la que más se aventuró en el mundo exterior. A Emily, en cambio, la rectoría de su padre y las landas le bastaban: le proveían de un universo sin fisuras, donde podía fundir lo cotidiano con lo imaginario. Las tres hermanas, antes de emerger como novelistas, estuvieron siempre intentando afianzarse como institutrices. Hasta 1841, las tres se emplearon temporalmente en distintas familias de la región, pero los bajos salarios, la añoranza del hogar y la casi nula libertad mental que tenían, las devolvían tarde o temprano a Haworth. En carta a Ellen Nussey, Charlotte no se recataba de confesar que disfrutaba más barriendo suelos, cocinando y planchando para su padre y hermanas que soportando toscas alumnas en internados o en casas hidalgas que le resultaban extrañas. Tampoco Branwell parecía avanzar demasia-do en cuanto salía de los confines de la rectoría. Enviado a Londres para estudiar arte en la Royal Academy, ni siquiera llegó a matricularse: se fundió todo el dinero (ahorrado por su tía) en bebida y vida disoluta. Ello no fue óbice para que en esa misma época, enviara poemas suyos a Wordsworth con el objetivo de conocer su dictamen, pero no tuvo nunca acuse de recibo. Charlotte, por su parte, envió sus versos al poeta laureado Robert Southey, quien le contestó: “Señora: la literatura no es asunto de mujeres y no debería serlo nunca”.

La pasión francesa de Charlotte
En 1842, a los 26 años, Charlotte (la más decidida de las Brontë) toma una resolución audaz: saltar al continente, llevarse a Emi-ly consigo, estudiar las dos francés en un pensionado belga, y volver luego ambas a Haworth, con la intención de abrir un colegio para señoritas. El 8 de febrero parten ambas vía Londres y Ostende hacia Bruselas, con la idea de que aquella ciudad va a ser su “tierra prometida”. Y en cierto modo, para Charlotte en particular, el Pensionnat Heger resultó un lugar providencial. Allí encontraron a Constantin Heger, un profesor de 33 años con auténtica vocación, y cuyo ojo de lince descubrió el extraordinario potencial de las Brontë, e incluso discernió el talento de la siempre reservada Emily. Charlotte por su parte halló en Heger (casado con una celosa esposa) no tanto al amor de su vida como al maestro con quien lograr una unión de mentes, y a un cómplice que la secundara en su vocación de escritora. Enseguida cundió entre los dos un entendimiento espontáneo y lleno de pasión intelectual. Las hermanas prolongaron la estancia hasta diciembre de 1842, cuando la muerte de la tía Elizabeth las devolvió a Haworth. A principios de 1843, se decide que Emily tome las riendas de la rectoría, y Charlotte (requerida por los Heger) regresa sola a Bruselas. Sin Emily, la mayor de las Brontë se halla más libre para intimar con Heger, de quien recibe (a solas) lecciones de francés y alemán, y ella a su vez le da clases de inglés. Esta situación se interrumpió en abril porque Heger, seguramente instigado por su esposa, consideró que a su profesora particular le convenía más interaccionar con el resto de colegas del pensionado. Charlotte reaccionó herida y pasó un verano depresivo, hasta que en octubre anunció que volvía a Inglaterra. Solo entonces Heger volcó de nuevo su atención hacia ella, y aceptó supervisar en exclusiva sus ejercicios de francés. Pero la antigua intimidad ya no funcionaba como antes, y a fines de año Charlotte resolvió regresar con los suyos. Volvió sentimentalmente rota, pero con unas experiencias que alimentarán nuclearmente sus tres futuras novelas. Sin Heger, nunca habría existido su gran creación masculina, el Rochester de Jane Eyre.

La última Brontë viva
En los próximos tres años, en Haworth van a ocurrir una serie de hechos encadenados que sellan el destino de las tres hermanas. Las sinergias entre ellas van a funcionar ahora más que nunca. Charlotte, desmoralizada por el affaire Heger, recuperará de golpe la energía vital (y la fe en el arte) cuando casualmente descubra una carpeta de poemas producidos en secreto por Emily; y Anne, por su parte, empleada desde hace años como institutriz en Thorp Green, logra que sus patronos acepten a Branwell como tutor del hijo de 11 años. Desgraciadamente, Branwell se lía con la patrona y, descubierto por el marido, es despedido intempestivamente, arrastrando con su desliz a la propia Anne. Mientras Branwell ahoga sus males en ginebra y opio en el pub de Haworth, las tres Brontë, de nuevo en casa, retoman la costumbre de compartir sus creaciones. Su colaboración se concretará en los Poems de Currer, Ellis y Acton Belll, pero lo más destacable es que cada una de ellas, en 1845 y 1846, está atareada en dar forma a Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey, respectivamente.
Las muertes de Emily y Branwell se producen el mismo año de 1848. Emily se constipa en el funeral de su hermano y fallece de tuberculosis unas semanas más tarde. Anne, la siempre discreta y pía Anne, enfermó también irreversiblemente a los 29 años, y en mayo de 1849 muere, dejando ultimada otra novela, la muy estimable El inquilino de Wildfell Hall. Antes de expirar, pudo pasar unos días en Scarborough, una localidad marina que le era muy querida por haber pasado allí algunos veranos
En la rectoría de Haworth, Charlotte se confrontó de golpe con el hecho de que era la última de seis hermanos que quedaba viva. Vestida de luto, con la sola compañía del padre, dominó el dolor a base de un enconado trabajo. Ahora se sentía por lo menos una escritora seguida y celebrada. Jane Eyre gustó tanto al gran público como a novelistas del fuste de Thackeray, y de hecho esta novela constituirá un referente para posteriores autoras, como Jean Rhys (que firmará Ancho mar de los Sargazos) o Daphne Du Maurier (que urdirá Rebeca). Ni la crítica ni el público comprenderán en cambio la originalidad de Cumbres borrascosas, y habrá que esperar al siglo XX para que se reconozca como un clásicio imperecedero.
Charlotte sobrevivirá seis años a sus hermanas y hermano. Tendrá tiempo de producir una novela de crítica social, Shirley, y una nueva revisitación del tema de la institutriz enamorada de un hombre maduro, Villette. En sus últimos años, Charlotte se dio el gusto de rozarse con el gran mundo. Acudía con frecuencia a Londres, alternaba con Thackeray y Harriet Martineau, y posó para el retratista George Richmond. En un viaje a Manchester conoció a la novelista Elizabeth Gaskell, quien luego, por encargo de su padre, escribirá una admirable biografía, La vida de Charlotte Brontë. La hermana superviviente tendrá también ocasión de casarse; tras rechazar varios partidos, elegirá a un viejo amigo de su padre, Arthur Bell Nichols. Tras la luna de miel, enfermó y murió el 31 de marzo de 1855, estando embarazada y también a causa de la tuberculosis. Pocos días antes, había inquirido a su marido: “No voy a morir, ¿verdad? Dios no nos separará, hemos sido tan felices”.

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