Fernando Arrabal: El último surrealista va a la televisión
El dramaturgo, surrealista y dos o tres cosas más visitó Barcelona para promocionar la edición de su “Teatro Completo” (Everest) en el programa catódico de Andreu Buenafuente. Experiencia que se tradujo en un amuermado antes, un hilarante durante y, por sorpresa, un triste después. Texto Antonio Baños Foto Antonio Baños
No soy un tipo con suerte. Me envían a entrevistar a Fernando Arrabal, un prodigio de oralidad, una tormenta de metáforas, un tsunami de anécdotas graciosas y sicalípticas, y resulta que me encuentro con un hombre agotado, en ayunas casi, recién despertado de una siesta de esas de media tarde, de las traicioneras, de las de babita y tortícolis, de las que tarda uno mucho en recuperarse y más en recobrar el humor. Arrabal estaba en Barcelona porque iba a intervenir en el late-show de Andreu Buenafuente en la Sexta.
Hay que tener en cuenta que Arrabal es un gran reserva. Nació en la plaza de soberanía de Mellilla en 1932, hijo de un militar que desapareció misteriosamente durante la Guerra Civil tras haber mantenido públicamente su fidelidad a la República. A mediados de los años 1950, abandona la mediocridad de la España de entonces y se va a París en autostop para ver un montaje de La Madre Coraje del Berliner Ensemble de Bertold Brecht. Una vez allí, consigue una beca para tres meses, pero acabará fijando su residencia en la capital francesa, amarradero de todas las vanguardias, por ponernos cursis.
Empezar es siempre difícil
-Si no se acerca más no le voy a escuchar -me dice el artista después del saludo. Junto a él, Luce Moreau, su esposa, traductora y la mujer que lo introdujo en los círculos del teatro de vanguardia. Es menuda, blanca y dulce.
No puedo por menos que sorprenderme por el persistente éxito que tiene Arrabal en todo el mundo menos en España, lugar donde más allá del “Milenarismo” de YouTube sólo unos pocos se han dignado a leer alguna de las 10.000 páginas que lleva escritas este hombre bajito y con gafas.
-Soy un escritor un poquitín famoso y totalmente desconocido; no sé quién va a comprar ésto -me dice entre somnolencia mientras mira de reojo la magnífica edición de su teatro completo que ha hecho la editorial leonesa Everest.
-¿No le molesta esa celebridad extra literaria?
-Da la impresión de que en cada país hay un escritor que es conocido por esa dimensión no literaria, fíjese en Grass o Kundera… ¿Está usted al corriente de los siete libros que acabo de publicar en España?
-Glups. Me temo que será mejor que hablemos de Milenarismo- pienso para mí.
-Entre esos libros está En defensa de Kundera, que supongo que no lo habrá leído nadie
Me siento acorralado por mi propia ignorancia. Un servidor es el primero al que el personaje le puede más que el escritor. Para salvar la papeleta hago una de esas preguntas complicadas en cuya respuesta prolija uno se refugia para replantearse la entrevista:
-Como sus amigos Houllebecq, Kundera o incluso Umberto Eco, parece que hay autores cuya obra es compleja y profunda y se llevan una fama popular muy superficial. ¿No cree que hay como una especie de proporcionalidad entre lo complejo de una obra y lo banal en que se convierte su autor? Y, de la misma manera, escritores que son tomados muy en serio son de una banalidad espantosa
-Uuuuummmm. No sé.
Silencio.
Soy un tipo sin suerte, maldita sea. Tengo enfrente a Arrabal y se me duerme. “No acertaría a decir si está lleno de dinamita o de algodón”, confesaba Salvador Jiménez en una de las primeras entrevistas que se le hizo en España, allá por el año 1966. Hoy está relleno de plumón, de plumón de ese de edredón nórdico que da tanto sueñito.
-También acaban de reeditar mi Carta a Franco. Era un libro de sesenta páginas que costaba el equivalente a tres euros en su primera edición y ahora lo sacan a en España a 17 euros. ¿Quién va a comprarlo a ese precio?
Con la Carta a Franco, Arrabal adquirió el dudoso honor de ser una de las cinco personas a las que se les continuó prohibiendo la entrada al país después de la muerte de Franco. Las otras cuatro eran comunistas destacados como La Pasionaria o Carrillo.
-La pregunta es por qué mis colegas no hicieron algo parecido. Mi obra es prohibida, me metieron en la cárcel. Es curioso que no hubiese más cartas. Aquí se ve quiénes eran los verdaderos resistentes- se queja con una lejana amargura.
Sarko y los Fitipaldis
Llegamos al plató de Buenafuente y nos suben a la primera planta, donde esperan los invitados. Es una sala grande con un aire forzadamente neoyorkino de ladrillos vistos pintados de blanco. Un gran panel con fotos de Sinatra ocupa una pared. Parece un loft de esos de antes de la crisis. En las paredes se exhiben trofeos que han ido dejando los invitados: una guitarra firmada por Santana, un póster dedicado por Almodóvar…
Luce y él echan un vistazo a las fotos y firmas que orlan las paredes. Se quedan parados frente a una pequeña caricatura dedicada. Cuchichean y asienten. Se intrigan y remiran el dibujo. Me acerco a indagar sobre su súbito interés.
-Éste del dibujo es Sarkozy, ¿no?
- Pues me temo que no. Es Fito. De Fito y los Fitipaldis.
Tras aclarar como buenamente pude sus dudas, me puse a considerar el extraordinario parecido entre el roquero de Bilbao y el maromo de la Bruni. Es la nariz, no hay duda. Napoleónica.
Arrabal se va iluminando a cada bocado que le hinca a los bocadillitos de jamón y embutido que han dejado a nuestra disposición. “La vida es algo que hay que morder” canta Fito en uno de sus temas y el dramaturgo se apresta a seguir tan sabio consejo cuando el mismísimo Buenafuente cruza el umbral. Saludos cordiales:
-Qué tal, ¿como estás?
-Bien. ¿Y tú?
-Aquí, trabajando. Llevo ya cinco años.
-¡Caramba! ¡Caramba! Me dicen que lo haces muy bien.
-Es que no sé hacer nada más. Entrevisté a Woody Allen y le pregunté: ¿Cómo lo hago para aguantar? “¿A ti te pagan?”, me preguntó. Sí, le dije. “Pues ya está, no te preocupes de nada más”.
Arrabal contesta la anécdota del mago de la psico-comedia con un silencio largo y perplejo. Como si no supiese de qué le están hablando
Pero es cuando Buenafuente le explica que el programa cuenta con más de un centenar de personas de público en directo que los ojillos del escritor se iluminan. No olvidemos que es hombre de escena, necesita del público tanto como del bocata de jamón:
-¡Qué barbaridad! A ver si estoy a la altura de las circunstancias…
Buenafuente hace mutis dejando tras de sí otro silencio más para la colección.
Manifiéstese
Laura, la chica de producción, le explica lo que quieren hacer para que la cosa tenga más gracia:
-Cuando le llamé por teléfono escuchamos su buzón de voz y nos hizo gracia, así que Andreu le pedirá en directo si puede usted grabar un mensaje para su móvil.
-¿Para el móvil de él? -dice Don Fernando poniendo cara de surrealista en apuros.
-Sabiendo cómo es Andreu, más o menos…
-Ah, sí….
Su buena educación y una clara conciencia de que se encuentra en fase de producción le impiden, supongo, al enfant terrible de la escena europea decirle a aquella señorita que él no sabe cómo es Andreu. Que nunca lo había vista a él y menos su programa. Es más, que ni siquiera tiene televisor en su casa.
-Yo lo he visto a usted en entrevistas y no le falta ni palabra ni imaginación… -lo anima la productora.
Laura, ante el pánico del fundador del grupo del mismo nombre, añade más caos al caos:
-También hemos pensado que, como hay tantos manifiestos de tantos estilos diferentes, porqué no nos hace el manifiesto de la televisión. Cómo cree que debería de ser la televisión.
-¿Y escribirlo allí?
-Bueno, es una conversación, lo que vaya saliendo.
-¡Atiza! es dificilísimo!
En 1941, Fernando Arrabal ganó un concurso de niños superdotados. Su talento natural para la matemática y el ajedrez lo convirtió desde joven en un bicho raro en un país donde las letras se suelen acompañar de copa y puro más que de ecuaciones. A pesar de haber pasado tantos exámenes, el hábil Arrabal sigue sentado con el desamparo de un escolar pillado en falta. Como implorando clemencia, recuerda:
-Antes, el que me entrevistaba en una cosa como ésta era un señor que hacía marcianos…
-Sardá -le respondemos con la formalidad de un coro griego.
-Sí. Recuerdo que me entrevistó con una señorita que era ninfómana.
-Ah, Valerie Tasso.
Parece que la añora. Que daría cualquier cosa para que la Tasso saliese ahora mismo en su defensa y lo acogiese entre sus cálidos brazos.
Al rato de rumiar en silencio vuelve a entrar en escena Laura, la chica de producción:
-Esto del manifiesto lo quitamos.
-Ufffff. Me alegro, me alegro…
Chinchón Grand Reserve
Le traen una botella de vino para olvidar el mal trago. Solícito, le entrega la botella a su mujer para que la valore:
-Luce ¿qué opinas de este vino?
Difícil valoración, ya que la botella no tiene ni una sola etiqueta, es puro cristal. La verdad es que mirar una botella así produce cierto rubor, como ver a una desconocida sin ropa. Es ésta, sin duda, una botella patafísica. La patafísica, ciencia de la que Arrabal es uno de los fundadores y máximos impulsores, estudia las excepciones, no las leyes. Y precisamente por eso aspira a tener un conocimiento cabal del universo que es, como ya sospechábamos, pura excepción.
-Es curioso que venga a pelo -dice Arrabal-. Es que yo no entiendo de vino. Empecé a los 60 años a beber.
Frente a mis cejas arqueadas, Luce, su mujer, esgrime la célebre “teoría del envenenamiento”, que explicaría la mítica taja “Milenarista” en el programa de Dragó que le ha dado fama popular en YouTube.
-Te dieron una copa y no te avisaron. Tú te creíste que era agua y te lo bebiste de golpe y te sentó fatal porque era chinchón.
El dueño de la mano providencial que vertió el anís permanece oculto por la bruma de la leyenda.
Una cosa lleva a otra y vuelve a salir Sarkozy.
-A mí me parece un idiota como todos los demás… ¿Sabía usted que Miterrand me pinchó el teléfono?
-Cuente, cuente…
-Miterrand pinchó el teléfono de trece intelectuales y yo creo que éramos los mejores. Pero no estaba Kundera, así que le escribí una carta para que pinchase también a Kundera. Con la fama que yo tengo, debía pensar que celebraba orgías. Estoy convencido que él pinchaba para oír las orgías. Sin embargo la única orgía a la que he asistido ha sido con Dalí
Enroque arrabalesco
Uno de los temas preferidos de Arrabal es el ajedrez. Carles, ayudante del programa, con su invitado ya microfonado y recién llegado de la sala de maquillaje, le saca el tema.
-El asunto de las piezas de ajedrez es de lo más importante -nos dice-. Todas deben tener los mismos miligramos. Si se levanta una pieza y no pesa lo mismo habría un momento de inquietud que haría perder tiempo y concentración al jugador.
Como si fuese lo más natural del mundo, nos comenta con la meticulosidad del maestro sus partidas con Marcel Duchamp o su idea del ajedrez como índice de desarrollo.
-El ajedrez es un termómetro que muestra cómo está el mundo en ese momento. Cuando España era un imperio, el campeón era español. Al llegar la revolución francesa fueron los franceses. Entonces el ajedrez descuidó el rey y la reina y le dio el poder al peón, que era el pueblo. Hoy los campeones son indios o chinos, como es natural.
Desmiente Arrabal la relación entre ajedrez y genialidad:
-El ajedrez es un lenguaje. El gran jugador es quien domina ese lenguaje, por eso se da tanto el niño prodigio. El ajedrecista tiene la misma mentalidad que Nadal, es gente que se concentra. Son los escritores los interesados en el ajedrez de forma artística y quienes lo asocian a la inteligencia.
Otra cosa que siempre he querido saber es si es cierto que, durante la Primera Guerra Mundial, Tristán Tzara, padre del dadaismo, y Lenin, que vivían ambos en Zurich, llegaron a jugar al ajedrez.
-Por supuesto. Es más, se puede suponer que Lenin escribe el primer manifiesto dadá. Es una especulación, hay ciertas frases que coinciden con la manera que tenía Lenin de escribir en francés.
Ante su convicción prefiero no preguntarle por el recién editado libro Lenin Dadá (Península), del autor francés Dominique Noguez, en el que sostiene esta misma teoría pero dándole forma de farsa. “Fernando Arrabal casi se enfadó cuando le dije que yo no me creía la tesis de mi propio libro”, llegó a explicar Noguez.
Pero si fuese cierto, qué extrañas parejas forma la historia: Lenin y Tzara. Buenafuente y Arrabal.
El telón
Sientan a Arrabal en una especie de recibidor antes de entrar en directo. Su gesto cansado y sus silencios continúan. Mantiene ligeramente levantada su copa de vino, como si fuese un miembro del coro durante el brindis de la Traviata: Libiamo, libiamo ne’lieti calici che la belleza infiora…
Y en estas tiene que entrar en directo.
No soy un tipo con suerte. Arrabal, al que le he tenido que arrancar alguna respuesta con alicates, se sienta frente al público y reverdece. Se le ilumina la cara, se le sonrosa el moreno de bote. Se alegra y hace chistes. Se gana al público al primer segundo.
Durante diez minutos (la entrevista está en YouTube) habla de la reina, de Warhol, y explica la orgía con Dalí con más pelos que señales. Consciente de lo que espera su público, y sin que venga a cuento, desliza un sonoro “Milenarismo” que satisface a todos.
Tras recibir el aplauso, vuelve a bambalinas. Arranco mi grabadora, que acumula horas de cinta con el runrún silencioso del poeta cansado. Por fin podré disfrutar de la alegría y la ironía de un Arrabal satisfecho. Del histrión colmado de aplausos.
Pero ése no era mi día. Cuando Arrabal se reúne con Luce, su mujer, piden inmediatamente si pueden llevarles a la Clínica Quirón, un hospital de Barcelona. Me explica:
-Un amigo mío está ingresado. Le han dicho que no pasará de esta semana.
Salimos en silencio del plató y montamos en el coche. Se crea una atmósfera de automática gravedad.
A mitad de camino y en medio del silencio, Arrabal pregunta a su mujer:
-¿Crees que he estado bien?










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