Alberto Vázquez-Figueroa: el novelista, el hombre del desierto, el viajero, el inventor visionario
Publica “Saud el Leopardo” (Ediciones B / Bubok), donde recupera al rey Ibn Saud, uno de los personajes más extraordinarios del Islam. Hay tanta literatura en sus libros como en su propia vida: el mismo desierto que ha inspirado muchas de sus novelas lo animó a buscar un sistema tan sencillo como brillante para desalar el agua del mar y dar de beber a un mundo sediento. Tras años de luchar contra la desidia de los gobiernos españoles, ahora le llega del mundo árabe una millonaria oferta para poner en marcha el proyecto de su vida con una obra faraónica en Abu Dhabi. Texto A.G. Iturbe Ftos Javier Ocaña
De alguna manera, este artículo empezó a escribirse hace casi treinta años. Fue en una recién inaugurada biblioteca pública sufragada por La Caixa en un barrio modesto de Barcelona. Allí, durante varias tardes, sentado en alguna de las mesas blancas donde todo era desusadamente nuevo e impoluto, leí Manaos. Después de haber disfrutado mucho la etapa de las novelas de Enyd Blyton, con sus pandillas de chicos ingleses de buena familia en pantalones cortos que siempre terminaban alquilando casas de verano con pasadizos secretos, a los 13 años se me empezaba a indigestar el pastel de jengibre. Ha pasado un siglo, pero me acuerdo perfectamente de la impresión que me causó Manaos, especialmente la manera en que los malvados propietarios de la planta de caucho despachaban en plena selva amazónica a quienes se les oponían: lo ataban boca abajo en una tabla en la que practicaban un agujero circular por el que colgaba el miembro del infortunado. Le hacían una pequeña incisión para que sangrase y lo lanzaban a flotar en un río infestado de pirañas. Las pirañas acudían al jugoso cebo y se abrían paso hasta las tripas. Entonces vi que la lectura no consistía únicamente en aquellas obras de teatro del siglo XVII aburridísimas que me endosaban en el colegio y que nada tenían que ver conmigo: leer era una aventura electrizante entre selvas recónditas, mujeres de bandera y personajes temerarios. Eso me lo descubrió un señor llamado Alberto Vázquez-Figueroa. Y ya nunca he dejado de leer.
A.V.F. ha escrito casi un centenar de libros en parajes exóticos y con tramas aventureras, muchos de ellos en quince días, y él mismo asegura con desparpajo que algunos son muy malos: “Palmira o Sha o El anillo verde, si los lees y eres medianamente honrado, no te queda más remedio que decir: ¡Esto es una mierda!”. Es cierto que sus novelas no son de una hondura psicológica extraordinaria y el estilo que se gasta es de poca filigrana, pero poca gente ha escrito narraciones de aventuras tan rabiosamente entretenidas. En aquellos años 1970, con novelas como Marfil, Tuareg o con la trilogía aventurera de los Perdomo en Océano, Yaíza y Maradentro, Vázquez-Figueroa hizo que los libros entraran en muchas casas donde eran un bien escaso y que mucha gente se aficionara a leer en aquella España donde las únicas letras populares eran las de las neveras y las de los primeros televisores en color.
El hombre del desierto
Vázquez Figueroa se crió en el desierto del norte de África y nunca ha olvidado cómo en Cabo Juby venían mujeres marroquíes a rogarle a su tía una tacita del agua que suministraba a la guarnición española un barco cisterna cada quince días. Quizá por ese ansia de agua se hizo buceador profesional y quizás por eso, de sus muchas novelas, en un gesto tremendista marca de la casa, casi únicamente salva Tuareg: la lucha de un hombre solo no contra el desierto sino con el desierto, que finalmente no es su enemigo sino su aliado. Al igual que en Saúd el Leopardo, donde una vez más el desierto es el santuario de los valientes que saben ver entre la arena, sufrir, esquivar a sus enemigos incapaces de penetrar en él y resurgir fortalecidos de entre sus dunas. Y ahí está la clave de su tozudo empeño, en el que ha invertido toda su fortuna, por llevar agua dulce a un mundo sediento.
En uno de sus libros más autobiográficos, Arena y viento, nos hablaba de sus días de infancia en el Sahara español, donde fue a vivir con sus tíos tras la muerte de su madre y la delicada situación (política y de salud) de su padre. En Cabo Juby, en la fortificación española a la sombra de la que un aviador llamado Saint-Exupéry había escrito unos años antes, en su cobertizo de jefe de puesto de la línea del correo aéreo Toulusse-Dakar, la novela Correo Sur y tiempo después escribiría un pequeño libro titulado El principito. El principito era un niño solitario que se extraviaba en un desierto. Como aquel jovenzuelo Alberto, que estudiaba en casa y después se iba a pescar hasta un viejo barco varado frente a la playa o se adentraba en la aparente vaciedad del desierto, que escondía un universo propio para quienes sabían verlo. Fue allí, leyendo los libros de la biblioteca de su tío, que substituían a la inexistente escuela, donde empezó a soñar con ser escritor.
Estudió periodismo en Madrid y empezó a dar vueltas por el mundo. Fue buceador profesional y estuvo con el equipo de Jacques Cousteau, cazó elefantes de manera profesional, atravesó el desierto de Arcatama en Chile, recorrió el Amazonas, viajó a casi todos los países africanos, cubrió como corresponsal la guerra de Guinea Conakry, capturó rayas venenosas en el Mar Rojo… pero al final puso su casa en Lanzarote, para no perder de vista el desierto.
El hombre de Lanzarote
Y en Lanzarote se escribió el segundo capítulo de este artículo, en el año 2000, cuando un viaje de prensa al hilo de la publicación de Los ojos del tuareg (continuación de Tuareg, donde les daba un merecido palo “a esos del rally Paris-Dakar, que van al desierto a hacer el gilipollas con las motos y los coches, a llenarlo de ruido y de desperdicios y a pasar por las narices de gente que pasa hambre su opulencia y su prepotencia”) me dio la oportunidad de conocerlo en persona y poner los pies en su luminosa casa del municipio de Tias, rodeado de exuberantes plantas y flores que su esposa Iche cuida con extremado esmero. El matrimonio recibió al grupo de periodistas con hospitalidad de tuareg, y si no nos hizo la comida su mujer ese día fue porque era lunes y no había pescado fresco. En aquella visita aprendí que, además de las novelas y los viajes (y el casino, según malas lenguas), Vázquez-Figueroa tenía dos pasiones: el dominó (partida inaplazable a las cinco de la tarde) y un proyecto para poner en marcha un invento suyo para desalar agua de mar. Comiendo en un restaurante del lujoso Puerto Calero le pregunté por qué pudiendo vivir como un pachá con los réditos de sus libros, bañándose en la piscina de su casa de Lanzarote y paseándose en su barco, se había complicado la vida con el asunto de la desalación, invirtiendo hasta la camisa: “Es que en ese caso viviría tranquilo, pero no viviría como un pachá, sino como un jubilado. En cambio, de esta manera no vivo tranquilo, pero vivo feliz.” Y ya entonces me hizo recapacitar sobre sus preocupaciones hídricas: “nos dicen los grandes expertos que el mundo se muere de sed, que el agua se va a convertir en el bien más escaso y buscado de la humanidad, que su posesión desatará guerras… Pero si lo que sobra en el mundo es agua, ¡si tres cuartas partes del planeta son agua! ¿Que es salada? Bueno, pues habrá que quitarle la sal de una manera eficaz y tendremos agua hasta aburrir”. La pregunta es automática: ¿Y por qué no se le quita la sal? Y la respuesta, directa: “Porque es caro”.
Se encendió un puro y me contó lo que había sucedido un tarde de cinco años atrás en su casa: lo fue a visitar el responsable del consorcio de aguas de Lanzarote, donde existe una planta desaladora que ha hecho correr el agua a raudales por la isla, pero a un altísimo precio. Éste le explicó que el elevado coste era debido a que, para quitar la sal, hay que empujar el agua contra unas membranas de ósmosis inversa a una presión de sesenta atmósferas. En ese momento, la mitad del agua se decanta sin sal y la otra adquiere el doble de salinidad. Para conseguir empujar el agua a sesenta atmósferas son necesarias unas enormes turbobombas que consumen muchísima electricidad. Un coste energético que hace que el precio por litro de agua sea muy caro: “al irse, empecé a darle vueltas: yo no sabía de ingeniería, pero desde mi época de buzo sabía una cosa: diez metros de columna de agua sobre la cabeza equivalen a una atmósfera, así que para conseguir sesenta atmósferas lo que habría que hacer sería colocar una membrana bajo seiscientos metros de agua. Si hago un agujero al lado de la costa de seiscientos metros y lo lleno de agua, debajo tengo inmediatamente una presión de sesenta atmósferas sin mayor problema. Una vez tengo abajo el agua dulce, la subo con una pequeña bomba por la noche, con tarifa eléctrica reducida porque a esa hora la energía sobra en el sistema y al no poderse acumular se desaprovecha”.
De ahí surgió la idea de su desaladora de presión natural y una patente bautizada como desaladoras AVF que, de momento, era una idea por poner a prueba. Una duda flotaba en el aire: si esto podía funcionar, ¿por qué no se intentaba? Su respuesta, inapelable: “porque hay una partida de ladrones que se quieren llevar el dinero”. Después seguimos hablando de libros, de esos autores que sufren tanto escribiendo (“esos que se pasan seis horas para colocar una coma, moviéndola de un lado para otro como si fuera un espermatozoide”) o de su interés por pasar a la posteridad: “¿A quién le importa la posteridad si ya estás oliendo a demonios?”. Y, a las cinco en punto, la hora de los toreros, el escritor nos despidió a los periodistas amable pero contundentemente: es la hora sagrada, la del dominó, o quizá la hora de los amigos de siempre, que llegaban a su casa un tanto amedrentados por aquellos visitantes armados con cámaras y grabadoras y se sentaban en silencio esperando a que se apagaran los micros y hablaran las fichas de hueso contra la mesa.
El hombre del Agua
Tras el encuentro en Lanzarote, me quedó claro que ahora su gran reto era su invento, su patente de desaladoras de presión natural; ésa era su nueva obra literaria. En el artículo de este mismo número de Qué Leer sobre Fernando Arrabal, el escritor se lamenta de que hay autores de los que se conoce más al personaje que a sus libros. Pero uno se pregunta si no hay vidas que son trazadas de manera tan literaria como los libros y forman parte también de la propia obra: de Rimbaud a Joseph Conrad o de Isak Dinesen a Thoreau… ¿No es su propia peripecia vital una obra literaria que puede leerse como una extraordinaria novela?
El segundo encuentro con Vázquez-Figueroa se produjo en abril de 2004, en el hall de un hotel de Barcelona. Allí, ajenos al trajín de viajeros, me abrió de nuevo su mundo de presiones, desaladoras subterráneas y políticos corruptos. Yo llevaba bajo el brazo el título que había venido a promocionar, Alí en el país de las maravillas. Era una novela entretenida en la que el autor no se había esmerado mucho, así que al final el libro sirvió para aprovechar las últimas páginas en blanco para dibujar a bolígrafo el esquema de un nuevo tipo de filtro que había patentado.
En esos años, su proyecto visionario se había consolidado con estudios de ingenieros de caminos o de profesores de Hidráulica de la Escuela Politécnica de Madrid y, posteriormente, con estudios de la empresa pública Tragsa por valor de 2,5 millones de euros que concluían que el sistema de desalación natural AVF era físicamente viable y conseguía agua potable a menor precio que una desaladora convencional. Había variado su idea inicial de una central subterránea a seiscientos metros de profundidad por una solución aún más sencilla: aprovechar las numerosas montañas junto a la costa para subir el agua hasta la altura suficiente para crear un tubo que, a ras de suelo, tuviera la membrana con el agua presionando a la fuerza requerida para que decantase sola el agua y la sal. Lo cuenta todo de manera muy entretenida en El agua prometida.
Le pregunté por qué, si los estudios dicen que su sistema es eficaz, no se había puesto ya en marcha: “El gobierno del PP, que ha gobernado hasta hace un mes, lo que quería era hacer el trasvase, lo que suponía 7.300 millones de euros de inversión que iban a las grandes empresas constructoras. Con 2.200 millones podríamos construir las plantas necesarias para conseguir el agua que se obtiene con el trasvase”.
“Hablé con el subsecretario de Estado de Nuevas Tecnologías y me dijo que había leído el informe de Tragsa y que ese informe ‘iba contra la política del Gobierno de hacer el trasvase’. ¿Pero se gastan 2,5 millones de euros en un informe y cuando el informe les dice que eso es positivo van y se lamentan? Y me dijo: ‘¿y si yo no estoy de acuerdo con ese informe?’. Entonces le contesté: ‘Perdona, ¿has puesto alguna vez lo pies en una desaladora?’. Y me contestó que no. ‘Pues si no has visto una desaladora en tu vida, ¿cómo puedes estar en desacuerdo con unos ingenieros que llevan tres años trabajando en esto?’. Es kafkiano. Le dije que lo que ocurría era que los 730 millones del pastel se los iban a comer los de siempre”.
Empieza a contar y no acaba sobre corrupciones y desidias que hacen que el agua y lo que la rodea siga siendo un gran negocio al que la gente muy poderosa no quiere renunciar. Aquellos días acababa de subir al poder el gobierno Zapatero: “Estuve en enero en una comida con Zapatero, Saramago, Bertolucci y López Aguilar, y le hablé a Zapatero de mi proyecto. Y me dijo: si llego al poder eso es lo que tengo que hacer. Claro, que entonces ni soñaba con ganar las elecciones”.
El hombre en Arabia
El tercer encuentro con Vázquez-Figueroa es hace unos pocos días en su casa de Madrid. La razón de la visita es la publicación de su nueva novela Saud el Leopardo. Vive en un piso amplio y su despacho tiene un catalejo, un gran ventanal y unas cuantas fotos de sus expediciones. Hablamos de Saud, y me asegura que el noventa por ciento de lo que cuenta en la novela es verdad: “Para mí es uno de los grandes héroes históricos. Es que era fantástico. Roosevelt dijo ‘de todos los estadistas que he conocido, el que más me impresionó, el más capacitado, es Saud de Arabia’”. Vázquez-Figueroa es uno de los pocos escritores españoles que se leen en los países árabes: “Soy el único europeo que tengo tres libros traducidos al árabe. También es cierto que los árabes no son muy lectores de novelas, apenas se editan en total trescientas al año, cuando en España se editan 16.000. Y en los últimos años, de esas trescientas una es mía”. Pero asegura que no tiene enchufe con los árabes: “Igual no sólo no me felicitan por hablar de su rey, sino que me dan un palo porque se sienten ofendidos”.
¿Y qué hay de las desaladoras AVF? “Aquí en España, nada. Cuando empecé con el proyecto, el ministro de medioambiente era Jaume Matas. Él ahora está huido del país y sus colaboradores en la cárcel por ladrones tras el escándalo de las visas. Después vino Cristina Narbona, y también la defenestraron a ella y a todo su equipo por incompetentes: las desaladoras que hicieron del sistema tradicional costaron una fortuna, llenaron muchos bolsillos y ahora no funcionan ni al veinte por ciento porque el agua resulta carísima”. Pero entonces se sonríe, el viejo tahur tiene un as en la manga: “Pero estoy a punto de iniciar el proyecto de mi vida… A punto de vendérselo todo a los árabes…”. ¿También la patente? “¡Coño, es que me dan 45 millones!”.
Nos levantamos a mirar su patente, enmarcada en el despacho tras quince años de pelea. Y empieza a contar, con los ojos ilusionados de aquel niño que cazaba conejos en el desierto, el proyecto de su vida: “Les voy a construir una ciudad en Abu Dhabi. Querían una desaladora de mi sistema, pero no había posibilidad porque el terreno es muy llano, no había una montaña a donde subir el agua: entonces pensé, pues la construimos. Una pirámide de quinientos metros de altura toda forrada de placas solares. Tendrá unos grandes orificios por donde entrará el viento, que al estrecharse los tubos ganará fuerza y velocidad, y al fondo están los generadores que suben el agua de mar. Es una ciudad para 50.000 habitantes que va a crear su propia energía. La pirámide estará rodeada de un circuito de F-1, tendrá puerto deportivo, playas, campos de golf e hipódromo y campos cultivados”. Cuenta con precisión de experto cómo, jugando con los efectos de convección a diferentes temperaturas, el aire se moverá a gran velocidad y generará mucha corriente eléctrica. “Habrá un depósito de 30.000 ó 40.000 metros cúbicos de agua salada que se subirá del mar por la noche con la energía sobrante. Este agua salada con mi sistema de presión natural decantará de manera natural el agua dulce y el agua doblemente salada. Habrá otros depósitos de agua escalonados. Y los momentos del día que haya necesidad de más energía en la red, la dejaremos caer como en un salto de agua y generamos electricidad”. Puede que ahí le hayan ayudado mucho sus ingenieros, pero donde está su toque maestro es en la guinda del pastel piramidal: “Y luego está una de las cosas que más les gustan a los árabes: todas las salmueras y aguas residuales de las turbinas, las mando a través de unas tuberías a unos pozos de petróleo abandonados que tienen a doce kilómetros de la planta y las vierto allí. En el fondo de esos pozos se mantiene un cinco o siete por ciento de petróleo que ha quedado entre grietas y no se ha podido sacar. Al tirar esa agua residual, el petróleo, que es menos denso, flota y aflora para arriba él solo. El petróleo y el agua están separados por una delgadísima película, el petróleo se recupera en perfecto estado… ¡Recuperamos el petróleo y pagamos todo!”. Si Vazquez-Figueroa está loco, a mí que me encierren con él.
Y, como ya hay cierta confianza, le pregunto si a estas alturas, con 72 años, con el éxito como escritor, una mujer estupenda, una vida plena de aventuras… ¿No se la suda ya el dinero?
“Pues no me la suda, porque estoy arruinado. He metido en estos años en mi proyecto dos millones de euros. Y si ahora me dan esa pasta…”. Duda, algo le ronda por la cabeza pero no quiere decirlo, hay que sacárselo, pero tampoco es difícil: ¿No irá detrás de otra idea para abrir otro frente? “Pues sí: tengo un sistema que puede producir toda la energía del mundo que se quiera. No en todos los países, pero en muchos es factible. Es una estupidez, una idea muy simple. Pero me tengo que meter en patentes, que es carísimo. De momento sólo lo saben tres personas, que son ingenieros. Hemos hecho los cálculos y funciona”.
Su esposa Iche nos interrumpe amablemente: la comida está en la mesa y, aunque soy un periodista pesado al que han tratado un par de ratos en diez años, me sientan con ellos dos, me ponen un plato donde no falta un detalle y me hacen sentir como si fuera uno más de la familia. Y Vázquez-Figueroa sigue contando sobre políticos corruptos, artilugios y aventuras. Si este hombre no está hecho con la misma materia con la que se amasa la literatura, que vengan Dios o Julio Verne y lo vean.










La verdad es que Alberto V.F. es el mejor.
Con su desaladora pasa, por desgracia, lo que a todos los genios españoles: que en casa no triunfan y tienen que salir fuera para ser reconocidos.
http://www.ruyman.eu/avf.htm
Alberto Vázquez Figueroa es uno de los hombres más interesantes de la literatura actual. Tuve oportunidad de tratar con él y hacerle una entrevista, aunque no personalmente, pero como si lo hubiera sido por su calidez y trato amable.
Si tiene oportunidad de leer estas líneas: ¡Saludos, Alberto! y que tenga todo el éxito que se merece en Arabia.
Un abrazo,
Blanca
[...] (Ver reportaje-entrevista con el escritor en el número 143) Etiquetas: Alberto Vázquez-Figueroa, Ediciones B, novedades libros, novedades libros 2009, Saud el Leopardo, ultimas novedades en libros [...]
Completísimo artículo sobre Alberto Vázquez Figueroa.
Podéis comprar su último libro Saud el Leopardo aqui:
http://www.bubok.com/libros/2536/Saud-el-Leopardo
Saludos y enhorabuena por el artículo.
encontre vuestra revista creo que por casualidad, pero me gusto toda, y la entrevista con Vazquez_Figueroa fue muy buena, conoci este escritor por una novela suya (Panamá, Panamá), luego ya no pude parar de leerlo, y tengo que reconocer que todavia no e podido leer su ultimo libro (espero hacerlo pronto), que le Dios le bendiga mucho y que muy agradecido por sus fantasticos libros.
mi mas grande enhorabuena para este gran escritor, hasta el momento no me e perdido la lectura de ninguno de sus libros, y cada vez los encuentro unicos. son insuperables; aquello que Vázquez-Figueroa es el Julio Verne Español, tiene mucho de realidad. porque leer sus libros, no solo te emociona sino que te lleva al lugar de los hechos(ficticios???), y te deja con ganas de más. QUE VIVA VÁZQUEZ-FIGUEROA
Al leer tu entrevista recuerdo tus entrevistas anteriores, esta tambien esta muy buena.Ojala se haga realidad lo de sus desaladoras. Saludos Alberto!!!