Wiki Leaks
Déjame que te cuente un secreto
Por si alguien no ha visto la televisión o leído los periódicos durante los últimos dos años, Julian Assange es un “hacker” australiano que se las ha arreglado para revelar las vergüenzas bélicas, económicas y diplomáticas de medio mundo occidental. Varios libros, incluido uno firmado por él, intentan explicar su polémica personalidad y el funcionamiento de su no menos procelosa web WikiLeaks. texto JOSÉ ÁNGEL MARTOS
El mayor episodio de revelación de secretos desde el caso Watergate sacudió el mundo en 2010 y sus efectos aún resuenan. Resultó muy educativo leer las lindezas que los diplomáticos estadounidenses escriben sobre los países en los que están destinados, en los cables confidenciales que remiten desde cualquier lugar del globo a sus superiores en Washington.
La espectacular filtración fue gentileza de un nuevo protagonista del universo mediático llamado WikiLeaks, que poco antes ya había llamado la atención con otra revelación escalofriante: las imágenes y voces de soldados americanos en acción en Iraq recreándose, desde un helicóptero, en la eliminación de sus enemigos, como si participasen en un videojuego. WikiLeaks pronto se personificó en la imagen de un enigmático australiano larguirucho, de melena prematuramente plateada y porte atractivo, llamado Julian Assange.
Sus revelaciones han sido una de las mayores sensaciones de la Era de Internet. La democratización mediática facilitada por la red hizo posible el milagro de crear una web especializada en informaciones de alto secreto con el reducido equipo humano de dos personas, más algunos colaboradores voluntarios ¡Y ninguno de todos ellos eran periodistas!
Por eso, ahora, muchos de los que participaron en esos días que conmovieron al mundo empiezan a hablar en un puñado de libros que echan luz sobre cómo empezó todo. Sus relatos permiten ir más allá de la espuma mediática que simplificó, para bien o para mal, lo que estaban haciendo WikiLeaks y su líder máximo. El libro que mejor narra cómo se cocieron las filtraciones que han convertido a la web en mito se titula Wikileaks y Assange (Deusto), escrito por el veterano editor de investigación del diario londinense The Guardian, David Leigh, que coordinó la participación de su diario en la publicación selectiva de las filtraciones, en colaboración con su colega en el rotativo Luke Harding. Pero el que mejor nos permite conocer los primeros pasos de la web es Dentro de WikiLeaks (Roca), escrito por el informático alemán Daniel Domscheit-Berg, que fue durante casi tres años el colaborador más cercano de Julian Assange y portavoz de WikiLeaks, y que acabó separándose dolorosamente de la organización. Si nos interesa Assange, la obra Underground, que acaba de lanzar Seix Barral, nos transporta a sus inicios como hacker en Australia. La firman la periodista australiana Suelette Dreyfus y nada menos que el propio Assange. Por último, Daniel Estulin, famoso por revelar los entresijos del Club Bilderberg, ha buceado en las contradicciones de Assange en su libro Desmontando WikiLeaks (Bronce) y considera que la web es una “conspiración” auspiciada por el multimillonario George Soros y otros miembros de la elite económica, y quizás incluso por la CIA, todos los cuales estarían financiando a Assange.
El mendaz Assange
De hecho, no hay ninguno de los libros citados que se resista a dedicar páginas y páginas a la magnética personalidad de Assange. En la introducción de la obra de Leigh, sucumbe a la tentación el prestigioso director de The Guardian, Alan Rusbridger, quien describe a Assange como “el misterioso nómada australiano” y, con ironía, relata su forma de vida que ha embrujado a tantos periodistas y que él conoció bien durante las negociaciones para la publicación de las filtraciones: “Era alguien difícil de localizar y que cambiaba de móvil, de dirección electrónica y de salas de chat codificadas tan a menudo como cambiaba físicamente de lugar… No estaba nunca del todo claro en qué zona horaria se encontraba. La diferencia entre día y noche, una consideración importante en la vida de la mayoría de los seres humanos, parecía para él un dato de interés menor”.
Esta tendencia a no estar nunca demasiado tiempo en ningún sitio seguramente tiene que ver con su infancia, que fue todo menos tranquila. Su madre, Christine Hawkins, era una joven hippie que, en 1971, dio a luz a Julian como madre soltera. Se casó después con un actor y director de teatro callejero, Brett Assange, con el que montaba obras de producción inmediata. Brett también era alcohólico.
Acabaría por abandonarlo para embarcarse en una relación tormentosa con un hombre más joven, Keith Hamilton, que participaba en un grupo New Age que en realidad resultó ser una secta peligrosa. Christine huyó con Julian y, para refugiarse de la persecución de su amante, se fue desplazando por el país, acostumbrando al pequeño a cambiar constantemente de domicilio y escuela. Según él, acudió a 37 colegios distintos.
El joven Julian, desarraigado, encontró la inspiración en una tienda de electrónica delante de la casa de Melbourne donde finalmente se establecieron, en la que empezó a probar el ordenador Commodore 64 (máquina de culto para los primeros hackers). Su madre se lo compró y él después se hizo con un módem, con el que se introdujo en la piratería informática. Pronto se convirtió en el líder de un grupo de advenedizos australianos cada vez más atrevidos. Se puso el alias Mendax (la palabra latina para “mendaz”) por un verso de las Odas de Horacio en el que éste llama “splendida mendax” (“espléndida mendaz” o “espléndida mentirosa”) a la hija de Dánao, Hipermnestra, que se niega a seguir la orden de su padre de matar a su marido, Linceo, y huye con él para formar una dinastía.
El mendaz Assange pronto picó alto como hacker: se puso como objetivo los sistemas informáticos del ejército norteamericano. Creó un programa de recogida de contraseñas llamado Sycophant y gracias a él se introdujo en los ordenadores del 7º Grupo de Mando de las Fuerzas Aéreas estadounidenses en el Pentágono, del Naval Surface War Center de Virginia, de la planta de sistemas técnicos aeroespaciales de la Lockheed Martin y de la red secreta Milnet, por entonces la más confidencial del ejército yanqui.
Sus devaneos llamaron demasiado la atención y la policía australiana le siguió el rastro. Acabó por ser procesado en 1996, con 25 años, ante un tribunal de Melbourne, acusado de nada menos que veinticuatro cargos distintos. Fácilmente hubiese podido pasar una temporada en la cárcel, pero el juez aceptó la argumentación de su abogado –habitual en los casos de hackers– de que su cliente no pretendía lucrarse ni realizar actos maliciosos, sino que simplemente tenía “curiosidad intelectual”. El magistrado le multó con 2.100 dólares, pero aun así el altivo Assange llegó a levantarse en el último momento, cuando ya había eludido la cárcel, y puso de los nervios al juez con una afirmación fuera de tono en el rígido protocolo jurídico: “Señoría, creo que se ha hecho una gran injusticia y me gustaría que constara el hecho de que usted ha sido engañado por la acusación en cuanto a los cargos”.
Guantánamo y el banco suizo
Genio y figura, Assange evolucionó en sus objetivos tras conocer a trabajadores de derechos humanos en regímenes represivos del vecino sudeste asiático. Les ayudó creando programas que les permitieran encriptar información, y así eludir la vigilancia a la que estaban sometidas sus comunicaciones en las dictaduras. De ahí, pasó a la idea de que las filtraciones informativas podían ser un medio para acabar con los regímenes no democráticos. En un blog escribió un texto que en su momento sonaba mesiánico, pero luego ha resultado ser toda una teoría periodística-política: “Cuanto más hermética o injusta es una organización, más miedo y paranoia producirán las filtraciones en su cúpula directiva y en su círculo de estrategas. Teniendo en cuenta que los sistemas injustos, por su naturaleza, provocan oponentes, la filtración masiva los hace exquisitamente vulnerables a aquellos que buscan reemplazarlos por formas de gobierno más transparentes”.
En diciembre de 2006, WikiLeaks publicó su primera filtración y, un año después, empezó a molestar ya a Estados Unidos, al dar a conocer los manuales de procedimiento de los campos de Guantánamo. Fue entonces cuando un brillante programador alemán, que ni siquiera llegaba a los 30 años y tenía un empleo excelente en una multinacional (50.000 euros al año), oyó hablar de WikiLeaks y se entusiasmó con el proyecto. Se llamaba Daniel Domscheit-Berg y enseguida encontró en la web de filtraciones el idealismo y el compromiso que le negaba su trabajo. Contactó con Assange y le consiguió una conferencia en un prestigioso encuentro de hackers en Berlín, el congreso del Chaos Computer Club. Pero acudieron menos de veinte personas a escucharlo.
Los comienzos no fueron sencillos. Como explica Domscheit en su libro, “apenas nadie conocía WikiLeaks y solían confundirnos con Wikipedia, así que durante los meses siguientes hablamos sobre WikiLeaks a cualquiera que quisiera escucharnos durante un par de minutos, aunque sólo fueran tres personas. Hoy nos conoce el mundo entero. En aquella época cualquier alma era bien recibida”.
Domscheit tenía alma de hacker y activista. Colaboraba voluntariamente pero lo hacía de manera regular y cumplidora, de forma que enseguida se convirtió en un álter ego imprescindible para Assange, que en realidad gestionaba WikiLeaks en solitario, aunque él hacía ver que tenía un gran equipo detrás.
A pesar de su precariedad, el buzón de WikiLeaks ya rebosaba de filtraciones interesantes. La más sonada fue la de montones de documentos y hojas Excel procedentes del banco suizo Julius Bär, que revelaban decenas de casos de evasión de impuestos. “Gracias a aquellos documentos –escribe Daniel Domscheit– podía comprenderse cómo se habían ocultado fortunas millonarias ante posibles inspecciones fiscales, y se ponía de manifiesto mediante casos concretos. Se trataba de fortunas entre cinco y cien millones de dólares por cliente… El banco ocultaba los flujos de efectivo en interés de sus clientes, pero al hacerlo también se llenaba los bolsillos a espuertas“.
Cualquier gran diario internacional hubiese dado lo que fuera por una filtración así, pero quiénes podían pasar el material sensible empezaban a preferir WikiLeaks. La garantía de anonimato de las fuentes era su ventaja. Quien sube un archivo comprometedor a través de la página, inicia un proceso en el que automáticamente también se encripta la información, de forma que resulta imposible saber, incluso para los responsables de la web, la identidad de esa persona ni desde qué lugar se ha cargado la información. Así queda plenamente protegido el “informador”. Como recuerda Domscheit, la prensa tradicional no puede garantizar lo mismo, ya que el periodista sí conoce a su fuente y puede ser obligado judicialmente a revelarla o, si se niega, acabar en la cárcel. Adicionalmente, WikiLeaks no tiene una sede concreta en un país, lo que hace mucho más complicado que se pueda instar el cierre de la web.
El paraíso islandés
WikiLeaks pronto actuó como un medio de comunicación, en el sentido de dar prioridad a las filtraciones más interesantes. Y el material cada vez era más espectacular: en agosto de 2009 publicaron las irregularidades en la gestión de uno de los bancos islandeses que causaron la quiebra financiera de la isla. Tanta fue la trascendencia de la filtración que Assange y Domscheit se trasladaron a Islandia, donde fueron recibidos como héroes por una opinión pública enfurecida con los banqueros de su país. Con el apoyo que recibieron y nuevos fichajes en su equipo, iban a fraguarse las mayores filtraciones.
Assange siempre estaba preocupado por ser detenido. Ya entonces creía que los servicios secretos, especialmente los de Estados Unidos, le vigilaban y tomaba todo tipo de precauciones. Domscheit, que lo alojó en su casa en Alemania, lo recuerda: “Era muy paranoico. Daba por sentado que alguien vigilaba la casa y, si salíamos juntos por la ciudad, insistía siempre en que debíamos separarnos antes de llegar a casa. Él se iba por la izquierda y yo por la derecha”. Estas preocupaciones se unían al temor a que alguien intentase cerrar WikiLeaks, por lo que, en Islandia, Assange propuso, con el apoyo de una diputada del Parlamento, convertir la isla en un “paraíso informativo” o “puerto franco de los medios”, un estatus parecido al de un paraíso fiscal pero para la información: una Isla Caimán de los periodistas críticos e irreductibles.
Promocionaron esta propuesta y contactaron con algunos periodistas de trayectoria independiente, con dos de los cuales trabajaron en paralelo en una filtración apasionante: les había llegado un vídeo del ejército norteamericano en el que se veía, desde el punto de vista de alguien a bordo de un helicóptero militar en Iraq, cómo unos soldados disparaban contra civiles. En el tiroteo mataron a dos periodistas de la agencia Reuters y a varios civiles que intentaban ayudar a las primeras víctimas. En el sonido se podía escuchar a los soldados hablar cínicamente y divertirse con lo que estaban haciendo. El vídeo era terrible.
Como el material recibido era muy largo, tuvieron que editarlo y le añadieron subtítulos, para que se entendiera mejor lo que decían los soldados. Lo colgaron el 5 de abril de 2010 y ese día tuvo ya diez millones de reproducciones en YouTube. El vídeo marcó la conversión de WikiLeaks en una marca internacional y empezó realmente a atraer las iras americanas hacia ellos. Y la misma fuente, con acceso a las intranets más confidenciales del ejército, es la que les pasó sus posteriores dos grandes bombazos: los “diarios de la guerra de Afganistán” y los cables que los embajadores estadounidenses envían al departamento de Estado.
Antes de que estos dos paquetes de documentos se publicasen, el posible filtrador ya había sido detenido: un joven oficial de inteligencia llamado Bradley Manning, que habría enviado estos materiales desde su destino en Iraq. Lo metieron en una celda de aislamiento en condiciones inhumanas, obligado a pasar allí veintitrés de las veinticuatro horas del día. Entonces no trascendió, pero el asunto provocó una crisis dentro de WikiLeaks: Assange y Domscheit pidieron donaciones para montar una operación de apoyo a Manning, pero fracasaron. Finalmente se limitaron a dar dinero para la red montada por los familiares del detenido, pero incluso así, según Domscheit, Assange se desdijo de un compromiso inicial de aportar 100.000 dólares y rebajó la cantidad a 50.000. Además surgieron problemas éticos, que inquietaban a Domscheit: “Mientras disfrutábamos de los focos y la atención pública, nuestras fuentes se veían apartadas de los laureles de la fama. A cambio, sin embargo, debían asumir la mayor parte del riesgo”.
Entonces se produjo la ruptura. Las críticas de Domscheit no eran bien recibidas y acusó a Assange de comportarse como un dictador en la gestión del proyecto. Éste lo suspendió por “deslealtad, insubordinación y desestabilización en una situación de crisis”. El retrato de Assange que surge del libro de su ex colaborador es duro: un ególatra que se comporta militarmente con sus compañeros y quiere acaparar la atención mediática apareciendo ante la opinión pública como un “héroe de la libertad”, para lo cual exagera los enemigos que tiene su proyecto e inventa historias sobre los supuestos grandes peligros a los que se enfrenta.
El Robin Hood de la información
Pero mientras entre bambalinas volaban los cuchillos, WikiLeaks alcanzaba la fama universal con la filtración de los cables diplomáticos. Assange había cambiado de estrategia y se apoyó en grandes medios de comunicación internacionales cediéndoles la exclusiva de la publicación del material. La alianza con The Guardian, The New York Times o El País le reportó una gran publicidad y el apoyo de estas consolidadas marcas mediáticas. Además, aseguraba que el material era concienzudamente revisado para no poner en peligro a ninguna persona identificable en los textos filtrados.
Con Assange elevado por la gran prensa a la categoría de Robin Hood de la libertad informativa, llegaría el archiconocido episodio de las acusaciones contra él por haber violado a dos mujeres en Suecia, que acarreó su detención en Londres. ¿El justiciero tenía una doble vida como depredador sexual? Assange habló de falsa acusación orquestada por la CIA para hundirle. Muchos medios recogieron esta tesis, pero The Guardian, a pesar de colaborar con Assange, quiso investigarlo por su cuenta y, como explica David Leigh en conversación con Qué Leer, “descubrimos que no había ninguna conspiración de la CIA y lo publicamos”. En la actualidad, la petición de extradición de Suecia para juzgarle espera resolución en los tribunales ingleses, país del que Assange no puede salir desde hace casi un año. Él teme que, si es extraditado, luego las autoridades americanas lo reclamen.
“El melodrama en que Julian ha convertido su vida oscurece el contenido de sus revelaciones”, añade Leigh. Ha acabado peleándose con todos aquellos con quienes ha colaborado, tanto dentro de WikiLeaks como en la política y la prensa. Se siente maltratado por la prensa occidental, por lo que ha decidido volver a publicar materiales sin ceder la exclusiva, lo que implica que muchos de los documentos no llegan a revisarse. Y, en el plano interno, la propia web de WikiLeaks nunca ha vuelto a funcionar al nivel de 2009 y 2010, y ha tenido importantes problemas técnicos.
En cualquier caso, WikiLeaks ha dado aire fresco y futuro al periodismo más crítico con el poder e independiente de él. Ha renovado la función social de la prensa en un momento en que los medios tradicionales andaban sumidos en sus tristes tribulaciones. Ésa es la cara buena de WikiLeaks. Pero, como en cualquier organización humana, hay una cara más cutre: se ha relacionado en exceso en torno a la figura de su fundador, y los problemas particulares de éste han contaminado la marcha de su invento.
“Julian ha hecho un márketing de sí mismo muy inteligente; se ha convertido en una estrella del rock”, comenta Leigh. Charles Ferguson, ganador del Oscar por Inside Job, quiere hacer una película sobre su vida y editoriales de 35 países le han pagado 935.000 libras por su autobiografía. Este anuncio causó sensación, pues su publicación parecía inminente. En España lo iba a editar Debate. Pero en julio se supo que Assange había cambiado de opinión: ahora teme que un texto autobiográfico pueda dar munición a sus perseguidores.
Así, el imprevisible Assange vuelve a sorprender a todos y cultiva una imagen que recuerda al protagonista de El fugitivo, en una versión actualizada, tuiteada por él mismo minuto a minuto. Pase lo que pase con el soldado preso Bradley Manning, con el periodismo crítico o con la propia WikiLeaks, lo que está claro es que ha nacido una estrella.








