Nuestros ojos en el mundo árabe
Tom
ás Alcoverro, 40 años a pie de obra
Las crónicas para “La Vanguardia” de este decano de la profesión contienen la esencia del buen corresponsal: olfato veterano, ojo crítico y pluma culta. Una panorámica de su mirada se muestra en “La historia desde mi balcón” (Destino). texto FRANCISCO LUIS DEL PINO MEDO
Cuando se lo permite el trabajo, Tomás Alcoverro regresa a su ciudad natal, Barcelona, donde tiene un piso en una finca regia del Ensanche. En su despacho se mezclan libros de ediciones antiguas con otras más modernas de literatura, viajes, poesía y periodismo. Enseña con orgullo un volumen de Antonio Machado sobre la Guerra Civil, recién adquirido en Segovia, “que recoge artículos y poemas de un libro que escribió y que no se incluye en sus obras completas”. Es un gran conocedor y amante de la generación del 27 y de la literatura francesa. Le gustan especialmente Azorín y Proust. Cuando realizaba sus milicias universitarias, en las que fue suspendido reiteradamente de la asignatura de “Espíritu militar”, tradujo dos libros del francés al español: “Tenía la máquina de escribir en la tienda de campaña”.
Los cedros en el corazón
Ocupando un destacado lugar de su despacho está una bandera libanesa, “rescatada de la invasión israelí en 1982”, que muestra satisfecho con esa cordial sonrisa que tantas dificultades le habrá allanado en su labor de corresponsal. Porque Alcoverro, con su vitalidad, sencillez, y mirada franca, que no oculta una gran firmeza de carácter, rompe las defensas que se le opongan. Un ser pleno de energía dispuesto a seguir en la brecha hasta el final.
Hay quien ha comparado la revuelta árabe que todavía sacude el mundo con la Revolución del mayo francés de 1968, y para Alcoverro puede haber un cierto paralelismo entre el pasado y la plaza de Tahrir, “ya que lo bueno es que no había ni programa ni jefes”. El mayo francés le produjo un impacto que le caló hondo. “Yo seguía las noticias de radio y en la redacción de La Vanguardia con muchísimo interés. Sentía que aquélla era mi revolución, me fascinaba aquel eslogan de ‘Pedir lo imposible’, tenía que ir a ver que pasaba”. Así, una noche al acabar su jornada en la calle Pelayo, antigua sede de La Vanguardia, se montó en su Renault 10 con otros tres amigos y condujo hasta París. “La huelga general había paralizado la ciudad. Impresionaba ver los montones de basura sin recoger, había pocos coches circulando por la escasez de gasolina, y me chocó ver a muchos jóvenes haciendo autostop en los Campos Elíseos”. Una práctica que conocía bien, pues recorrió a dedo, entre los 16 y 17 años, primero Suiza y luego Alemania. Le resultó difícil publicar a la vuelta aquellas crónicas vividas con intensidad. “Salieron en la revista El Ciervo, y un par de cosas laterales en La Vanguardia”.
Una toga para la ocasión
Antes de ser periodista, Tomás Alcoverro se licenció en Derecho y durante varios años fue profesor ayudante de Derecho Internacional Público en la Facultad de Barcelona. “Nunca me he arrepentido de haber estudiado Derecho”. Pero vestir la toga sólo lo hizo en una ocasión, cuando ya colaboraba en prensa. “Fue en 1963 o 1964, cuando se celebró un juicio muy famoso por unos crímenes cometidos en Ibiza. Por primera y única vez me aproveché de mi calidad de abogado, porque había mucha gente y numerosos periodistas que lo cubrían, y comparecí vestido con la toga, lo que me facilitó mucho las cosas. La crónica la publiqué en ABC”. En esa época, asistió a diversos seminarios sobre la Revolución de mayo del 68, el Oriente Medio y las independencias de África, en una aproximación a su futuro profesional.
Viajar y escribir
“Tuve la suerte de entrar directamente en la sección de Internacional de La Vanguardia, donde poco a poco hice notar mi interés por Oriente Medio”. Había empleado sus vacaciones para conocer la zona y allí llegó un mes después de finalizar la guerra árabe-israelí de 1967, para visitar la Jerusalén ocupada por las tropas judías. Con los reportajes que publicó sobre la situación se pagó el viaje en parte, y la idea de convertirse en corresponsal le parecía cada vez más real. “Me gustaba escribir y viajar, o sea que el destino de un corresponsal me atraía enormemente. Sobre todo, quería salir de España”.
Hubo un momento, confiesa, en que la geografía de su destino profesional pendió del hilo de una duda: Alcoverro se debatía entre decantarse por el Caribe, zona que le atraía “por lo abigarrado de sus gentes, los olores y las mezclas”, especialmente la República Dominicana, o por el mundo árabe, que le subyugaba con sus convulsiones y exotismo. Ganó Oriente Medio y La Vanguardia le propuso ir por un tiempo para tomarle el pulso a la zona. Fue, confirmó su atracción e interés, y al regreso se casó y se estableció en Beirut como corresponsal. Fue el principio de una larga carrera que todavía continúa.
Una elección afortunada
El decano de los corresponsales españoles se declara “un hombre comodón al que le gusta hacer pocos esfuerzos”. Para él, Beirut es una ciudad fácil y cómoda, lo que suena a ironía en un hombre que ha tenido que trabajar en condiciones muy difíciles durante el conflicto libanés, jugándose el pellejo para poder ir a transmitir sus crónicas a zonas batidas por francotiradores. Pero Alcoverro afirma que, entre sus ventajas, no es menor el que “los extranjeros blancos son muy bien vistos. Y Líbano es un país muy interesante, muy pequeño y donde hay de todo”.
Amor, peligro y frustración
A tenor del tiempo transcurrido, Alcoverro no sólo ama Beirut, sino que se siente correspondido por una ciudad que ha podido ser su tumba, en la que reconoce que ha pasado miedo, “especialmente a los secuestros durante el año 1987, cuando quedaban muy pocos occidentales en Líbano, y Hezbolá acechaba”. También reconoce que fue allí donde sufrió una de sus grandes frustraciones profesionales. “Fue durante la retirada de Arafat y sus hombres, a quienes las fuerzas multinacionales, norteamericanos incluidos, les presentaron armas. De repente, los télex dejaron de funcionar en el oeste de la ciudad, por lo que en compañía de un colega italiano decidimos pasar a la zona cristiana ocupada por los israelíes, que habían montado un centro de comunicaciones y permitían que la prensa lo utilizara. Venciendo controles, barricadas y un sinfín de dificultades logramos llegar y, cuando estábamos a punto de cantar las crónicas que habíamos trabajado durante todo el día, se descompuso la comunicación irremediablemente. La crónica no llegó ese día tan importante. ¡Fue una frustración horrible!”.








