Enamoradas del desierto

Redaccion

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cristina-moratoCristina Morató viaja a Siria tras los pasos de la espía Marga d’Andurain. En “Cautiva en Arabia” (Plaza & Janés), Cristina Morató reconstruye la historia de un excéntrico personaje al que la prensa francesa de entreguerras tildó como la Mata Hari del desierto, La condesa de los veinte crímenes o La reina de Palmira. Localidad siria a la que precisamente viajamos para comprender sobre el terreno la fascinación que el desierto ejerció en Marga d’Andurain. Texto Francisco Luis del Pino Olmedo

El amanecer se torna sonrosado y se abre paso en un cielo azul pálido, con una luz suave y tímida que se vuelca sobre las ruinas de Palmira, “la Ciudad de las Palmeras” en griego. Cuántas mañanas, se pregunta el viajero, no habría contemplado este hermoso renacer en el desierto sirio Zenobia, la ambiciosa reina que, a la muerte de su esposo, el rey Odenato, a mediados del siglo III de nuestra era, desafió al Imperio romano. Seguramente, la visión de la fabulosa urbe que fue en su época Palmira acompañó a la llamada Cleopatra de Siria cuando, tras ser derrotadas sus tropas por las legiones del emperador Aureliano, iba cautiva camino de Roma.
Desde el Zenobia Cham Palace Hotel, el primer monumento que se distingue es el pequeño templo de Baal Shamin, que data del año 131, consagrado al dios de los cielos y de las lluvias, y que en tiempos de Bizancio fue transformado en iglesia. Cristina Morató, periodista, viajera y escritora avezada y ducha en recorrer caminos tras las huellas de mujeres intrépidas, observa el entorno con intensidad. Su alta figura parece dominar el paisaje, mientras el ya cálido sol de la mañana va dorando perezosamente los magníficos restos arqueológicos. Morató, sabe perfectamente que, desde este mismo lugar, Marga d´Andurain, la rebelde y aventurera vascofrancesa que regentó este hotel y lo bautizó en honor de la reina que le echó un pulso a Roma, contemplaría esta hermosa visión muchas veces. Probablemente, a la vuelta de las haimas beduinas a las que escapaba de noche para comerciar con sus amigos árabes.
El lugar ya no le es ajeno a la escritora, pues precisamente en este hotel, ideado por el arquitecto español Fernando de Aranda, encontró hace cuatro años la primera referencia de esta enigmática mujer, cuyo viaje y razón de existir en la vida parece que fue la aventura. Por tanto, qué mejor lugar que éste para presentar su biografía Cautiva en Arabia.

Aventurera y transgresora
La autora de Las reinas de África y Las damas de Oriente elige para hablarnos de Marga d´Andurain una amplia y acogedora estancia del Zenobia Cham Palace Hotel, desde cuyo ventanal la luz del crepúsculo se apaga rápidamente, brillando con fuerza una última vez antes de desaparecer sobre los antiguos templos, torres funerarias y las hileras de columnas que parecen montar guardia resguardando su historia. Precisamente, en una de esas columnas fue apuñalado diecisiete veces con una bayoneta Pierre d´Andurain, el comprensivo y civilizado marido de Marga, cuya relación se basaba en la amistad. Una tragedia y un crimen sin resolver ni castigar, aunque todo apunta a que fue instigado por un oficial francés y cometido por un sicario nativo de la aldea llamado Hadiddi.
La escritora, que no oculta su simpatía por el personaje, “sin aceptar su lado oscuro”, refiere la gran importancia que en su investigación ha tenido Jacques d´Andurain, hijo menor de Marga, nonagenario héroe de la primera resistencia contra los alemanes y que cuenta con una memoria excelente. Sus diarios personales le han permitido trazar con seguridad la vida de esta audaz mujer que “se metía en aventuras descabelladas y, cuando no encontraba salida, asesinaba”.
Marga d´Andurain nació en Bayona, País Vasco-francés, a finales del siglo XIX, en el seno de una familia de la burguesía autóctona. El entorno, marcado por la religiosidad y el respeto por la tradición, fiel representante de la sociedad rural, “muy cerrada en sí misma, conservadora y ultracatólica”, propició su temprano rechazo. Desde niña se mostró rebelde y apuntaba ya los principios de un carácter transgresor, que la llevó a enfrentarse al rígido puritanismo familiar y a los convencionalismos sociales. Para escapar de un ambiente tan opresivo, Marga eligió casarse con un primo lejano mayor que ella, Pierre d´Andurain. El matrimonio tuvo dos hijos, Jean Pierre -llamado Pio familiarmente- y Jacques, “su hijo más querido y a la vez su cómplice y confidente”, según cuenta la escritora en Cautiva en Arabia.

¿Espía británica en Egipto?
El matrimonio intentó mejorar suposición económica mudándose durante dos largos años cerca de Rosario, en la provincia de Santa Fe (Argentina), donde Pierre aspiraba a hacer fortuna con la cría de caballos criollos, aunque finalmente tuvo que dedicarse a la de ganado. La Gran Guerra interrumpió su estancia en Argentina, pues Pierre quiso regresar a Francia para alistarse y combatir. Sobrevivió a la carnicería de Verdún y regresó con Marga. Ésta, durante los primeros años 1920, se sintió atraída por el “negocio” de las perlas falsas y, con la ayuda de un primo astrónomo y entendido en química, conseguiría una perla artificial perfecta. Desde entonces, siempre que se vio en dificultades económicas, la venta fraudulenta de perlas falsas la sacó del atolladero.
La herencia que recibió tras la muerte de su padre, fallecido en Bayona, la decidió a probar suerte en El Cairo. El sueño de Marga d´Andurain era montar un instituto de belleza en la capital egipcia, al menos en apariencia. Y para ello, también supuestamente, viajó a Londres para aprender el oficio. Pero, según parece y su hijo Jacques confirma, los servicios secretos británicos estaban detrás de todo. Consciente de que un título nobiliario la ayudaría en su relación con la colonia europea en Egipto y, sobre todo, con la alta sociedad británica, poco antes de emprender la marcha el matrimonio se hizo con unas elegantes tarjetas de visita a nombre de “vizconde y vizcondesa Pierre y Marga d´Andurain”. ¡Había nacido la extravagante condesa que tanto daría que hablar a medio mundo!
En 1925 desembarcó en la cosmopolita y bulliciosa capital egipcia con sus dos hijos, Pierre y veinticinco baúles y maletas de equipaje, más algunos de sus muebles orientales, e inició la que sería el principio de su gran aventura en Oriente Próximo. Hacia finales de noviembre, inaguraba el instituto Mary Stuart, que pronto atrajo a la distinguida colonia femenina de El Cairo. Pero también, cuenta Morató en su libro, la condesa había frecuentado en “el Sporting Club a destacados miembros de la Inteligencia británica y a altos mandos del estado Mayor, entre ellos al general sir Archibald Wavell, comandante de las fuerzas británicas en Oriente Próximo”.
En 1927, una distinguida dama, la baronesa Brault, la invitó a viajar con ella a Palestina y Siria y le presentó al jefe del Intelligence Service en Haifa, el mayor Sinclair, una de esas amistades peligrosas que tanto la perjudicarán ante el servicio de información francés y las autoridades de Palmira. La primera impresión que D’Andurain recibió al llegar ante la acrópolis, el palmeral y la fortaleza de Qalaat ibs Maan (siglo XVIII) fue enorme: “Comprendí que había descubierto el lugar de mis sueños. Desde mi llegada me sentí como una hija de esta tierra extraña”, escribió.
Casi desde el principio, Marga, que regentó el hotel Zanobia de 1928 a 1933, chocó con el mando francés de la pequeña guarnición, para quienes era una peligrosa agente al servicio de los británicos y el hotel, una tapadera para recabar información. Su carácter impulsivo e independiente no ahorró enfrentamientos y provocaciones constantes, especialmente con el capitán Ghérardi. Prepotente y chulesco, el oficial francés intentó hacerle la vida imposible. Su insidia y aversión fue tanta que informó a Pio, el hijo mayor del matrimonio, que el joven arqueólogo ayudante de las obras de restauración de Palmira era amante de su madre. “Una noche -narra la escritora ante la atenta mirada de los periodistas-, en una estancia similar a ésta, donde se encontraba el salón del hotel, Pio, lleno de rabia, intentó matar a su madre deslizando por la chimenea un artefacto explosivo casero que sólo provocó humo y susto. También, todo apunta -continúa- a que el capitán Ghérardi contrató a Hadiddi, un sicario de la aldea, para matar a Pierre d´Andurain”. Y añade: “La provocación de Marga a las autoridades militares de Palmira acabó con la vida de su marido”.

Asesinato en Palmira
“La condesa” se fue cansando de una estancia que se le volvía monótona, a pesar de que su hotel recibió a ilustres huéspedes esos años, como la escritora y fotógrafa suiza Annemarie Schwarzenbach y su prometido. También se hospedaron allí el rey Alfonso XIII, en visita oficial, y Agatha Christie con su esposo, el arqueólogo Max Mallowan. Al igual que sus sospechosos amigos ingleses de El Cairo. Pero su enorme deseo de libertad y aventura la empujaba y decidió convertirse en la primera occidental que visitara La Meca. Para ello, en 1933 y de mutuo acuerdo con Pierre, se divorció de éste y se casó con un beduino llamado Soleiman el Dekmari, para que la llevara a la Meca. El viaje fue una pesadilla y, en el puerto de Yidda, a orillas del mar Rojo, se le prohibió el peregrinaje. Detenida y recluida en un harén, fue acusada de haber envenenado a su esposo beduino y encarcelada. Gracias al cónsul francés escapó por poco de ser lapidada y viajó a Francia, donde el Courrier de Bayonne, Biarritz et du Pays Basque publicaría las escandalosas memorias de su vida en Arabia. Se convirtió en un personaje célebre y asiduo en la prensa francesa, que la apodaba La reina de Palmira, La Mata-Hari del desierto o La condesa de los veinte crímenes, pues se le achacaba cuanto crimen misterioso o sin resolver flotaba cerca de su figura. Al cabo de un tiempo deja Francia y se reúne con su familia en Palmira.
Marga d’Andurain se vuelve a casar con Pierre en Beirut el 5 de diciembre de 1936 y tras, la ceremonia civil, regresan a Palmira, donde la noche de fin de año se disponen a celebrar una velada tranquila. Les acompañan cuatro profesores de la universidad americana de Beirut. Pierre sale como de costumbre para revisar el generador eléctrico y regresa ensangrentado y cosido a puñaladas.
Marga d’Andurain abandona Siria y su vida cobra un nuevo vertiginoso ritmo. Así, trafica con opio durante la ocupación nazi en París mientras su hijo Jacques colabora activamente con la Resistencia. Marga había comprado una Browning de 6,35 mm por correo en Beirut y, precisamente con esa pistola se cometió el primer asesinato contra un oficial alemán en el metro de París.
En 1944, Marga pasa a España por Irún y es alojada bajo vigilancia junto a otros extranjeros en el balneario vasco de Uberuaga. De aquella estancia sólo quedan las controvertidas memorias del príncipe polaco Michel Poniatowski, que llegó a ser ministro del Interior con Giscard d´Estaing. Junto a él embarcará en Gibraltar hacia Casablanca y Argel. De regreso a París, su hijo Jacques le comunica la muerte de Pio, que se había alistado voluntario en la División del general De Lattre de Tassigny y ha muerto ante los alemanes en Alsacia.
Ese mismo año de 1945, Marga fue detenida en Niza acusada de la muerte de su sobrino, Raymond Clérise, supuestamente con un bombón. La víctima tardó en morir veinte días y en su agonía señaló a su tía. Parece que el problema de la “condesa” con las cantidades de veneno la había vuelto a delatar: Life bromeó a tenor de sus andanzas asegurando que “sus fabulosas aventuras y amores parecen una versión del desierto de Arsénico por compasión”. Pese a todo, Marga d´Andurain fue absuelta.

Final en Tánger
Compró en Niza un velero de quince metros de eslora, el Djeilan, y convenció a su hijo Jacques, que estaba intentando dar la vuelta al mundo con un amigo, Hans Abel, de que regresara con ella. Parece que en Tánger se mezcló con malas compañías, amén de que pensaba dedicarse al tráfico de oro con la embarcación. Sea como fuere, D´Andurain desapareció un día del barco y las sospechas se centraron en Abel, objeto de un juicio con el que se intentó calmar a los residentes extranjeros en la ciudad internacional. Presionado por la policía, Abel confesó el asesinato de la condesa, pero Morató está convencida de que los auténticos instigadores del crimen nunca pagaron por ello. “A los diez años, cuando ponen en libertad a Hans Abel, lo asesinan al día siguiente. Muere apuñalado. No fue por robarle, le estaban esperando”.
El cuerpo de la intrépida y poco escrupulosa viajera nunca se encontró, y probablemente yazca en el fondo del Estrecho como tantos otros. No así su leyenda, que parece despertar con esta reconstrucción de su vida -“que no biografía definitiva” sentencia Morató-. En todo caso, una historia digna de conocerse, en el mejor catálogo de mujeres audaces y adelantadas a su tiempo.

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