Bernardo Atxaga: “¿Qué hago yo con mi pesimismo?”
El autor vasco, que decidió cerrar su etapa centrada en Obaba tras la publicación de “El hijo del acordeonista”, nos recibió en Reno, localidad de Estados Unidos en la que residió durante la redacción de “Siete casas en Francia” (Alfaguara), para hablar de esa novela grotesca y pesimista sobre la colonización y sus muchos crímenes. Texto y fotos BORJA DE MIGUEL
Hace un siglo y medio, los vascos llegaban al Oeste americano para pastorear y abastecer con sus rebaños los florecientes pueblos mineros que, a menudo en medio de la nada, se levantaban atraídos por el oro. Tras décadas de emigración, la cultura euskalduna ha arraigado en estados como el de Nevada, algo que puede apreciarse en la ciudad de Elko, con una extensa comunidad vasca que cada mes de julio revive sus fiestas populares, o en Reno, cuya Universidad cuenta con un importante Departamento de Estudios Vascos. Aquí es donde llegó con una beca de investigación Bernardo Atxaga, para muchos el escritor vivo de Euskadi más relevante y autor de obras como El hombre solo o El hijo del acordeonista. Veinte años después de la publicación de Obabakoak, el título que lo consagró en la literatura, su objetivo era escribir una nueva novela, esta vez protagonizada por Charlotte, “una joven que se siente muy diferente, casi la crème, porque tiene verdaderos deseos de matar a su madre y lo va a hacer, eso es seguro; es de estirpe criminal y está muy orgullosa de ella”. En la ficción, Atxaga hace “surf sobre los diferentes lenguajes estúpidos y sobre la repugnante retórica que recubre y falsea la realidad”. Un estilo que “contamina el texto frase a frase, línea a línea” y que es el verdadero reto del libro.
Antes de regresar al País Vasco, el escritor disfrutó de la inmensidad de una tierra que lo mismo contiene lagos, sierras y desiertos milenarios que reservas indias, casinos decadentes y carreteras infinitas que avanzan junto a las vías del viejo ferrocarril. Una tierra nueva que le permitió romper con sus rutinas y obligaciones habituales. Como ya le había sucedido con obras anteriores, Atxaga escribió Siete casas en Francia lejos de su hogar.
Escribir como un torero
¿País nuevo, vida nueva?
Una de las pocas verdades que se dicen sobre la literatura es que es una forma de vida. Yo creo que lo es, o puede serlo, por lo que, cuando uno entra en una etapa literaria nueva, cambia también su forma de vida. En ese sentido, venir a Reno ha sido para mí providencial.
Ya anunció hace tiempo que dejaba el mundo de Obaba y que, después de cumplir los cincuenta, la infancia había dejado de ser esencial en su obra.
Al menos para mí, lo que uno va acumulando a lo largo de la vida no queda en un pozo en el que puedas meter el cubo en cualquier momento para sacar experiencias. Yo a los cuarenta años ya era capaz de ver la infancia como un paisaje, y sin embargo aún no era capaz de ver así los diez años anteriores. Entonces, a los cincuenta la infancia queda como un paisaje tranquilo, como un cuadro, algo que puede seguir siendo importante pero que ya no te empuja a escribir. Ahora estoy en otra fase.
¿Qué le importa ahora?
Mi tema básico es “¿qué hago yo con mi pesimismo sobre la realidad?”. Respecto al País Vasco, uno, cuando hace treinta años escribe “aquí las utopías son mezquinas” o cuando hace doce dice “ETA es un grupo absurdo, porque ‘absurdo’ viene de ‘sordo’, del que no oye, del que no quiere oír”, piensa que eso se arreglará. Pero va pasando el tiempo y lima tu esperanza, y llega un momento en que uno dice de puertas afuera que se va a solucionar pero íntimamente no lo cree. Pero me refiero también a un pesimismo más abstracto.
¿Cuál?
Qué difícil decir, a través del lenguaje, algo que tenga una cierta pureza, como el oro. Qué difícil que la verdad, sobre cualquier asunto aflore a la superficie. Desde lo que se lee en los periódicos hasta en los asuntos privados. Cuando yo empecé a escribir tenía una confianza casi natural en el lenguaje. Ahora pienso como Eugenio Montale, que era más listo que yo y decía: “No me pidas la palabra que abra mundos, pídeme la palabra como rama seca”. Yo me quedo con la rama seca, a ver si con ella podemos seguir escribiendo.
¿Acaso se ha planteado dejar de escribir?
El problema a partir de los cincuenta es tener ganas de hacer cosas, incluso de escribir. Muchos escritores, a partir de esta edad, han perdido las ganas y se les nota muchísimo. En ese sentido, siempre me han llamado la atención los verdaderos toreros, que aunque se retiran no pueden dejar de torear y torear hasta que a los ochenta años les dan una cornada. Pues hay que hacer como ellos, seguir y seguir en el oficio de escribir y perseguir lo que te parece que merece la pena. Para continuar teniendo ganas, correr un riesgo es bueno. Yo lo asumo.
¿Se refiere a dejar el mundo de Obaba? ¿Tiene miedo de gustar menos sin él?
Siempre que uno se arriesga busca un apoyo. Siete casas en Francia roza la literatura grotesca, el humor negro, lo paródico, que es algo que ya he desarrollado en mis poemas. Yo sé que mis poemas de humor negro son verdaderos impactos para mucha gente, así que al utilizar este estilo en este libro pienso: “a ver si sucede lo mismo”.
El horror, el humor…
¿Este humor es una manera de rejuvenecerse literariamente o se trata de un paso hacia una mayor madurez?
No sé si me interesa mucho la madurez, tengo la sensación de que la protagonista de mi novela diría de sí misma que es bastante madura… ¿Qué es lo que me interesa?: “forever young”. Me interesa estar fresco ante la realidad el mayor tiempo posible. Que no me agarre “revenido”, como decían en Castilla.
¿Hasta qué punto es importante el humor en este libro?
Es fundamental. Es la válvula de escape y sin él sus temas serían imposibles de tratar. Pero a mí lo que me interesa es el fondo de roca dura de la realidad que hay debajo.
¿Cuál es ese fondo duro?
Por ejemplo, el abuelo de Charlotte, la protagonista, es un soldado de la Force Publique del Congo. Su historia se llama Crisostome’s Love Story. Todo lo que cuento alrededor de esta historia de amor es tortura, crimen y escritores haciendo poesía mientras matan a la gente. Todo es grotesco pero debajo está la roca real, que es una crítica, entre otras cosas, al colonialismo de Leopoldo II, que fue el mayor asesino de la Historia, y al crimen político en general. Pero hay más rocas.
¿Por ejemplo?
Charlotte es cuidadora nocturna en un hospital. ¿Por qué la meto ahí? Porque yo he estado durante meses con mi padre en el hospital y me ha parecido tan dura la indiferencia ante el dolor ajeno… Y si fuese un caso aislado, circunstancial, pues es salvable, pero cuando ves que esta relación es algo básico de nuestra forma de vivir tiene sentido hablar de ello. Sin embargo, en la novela estoy absolutamente a favor de que la cosa sea cruel y salvaje. Pongo a la protagonista con la botica, con el veneno, con las pastillas para dormir… Lo que motiva esta historia es mi experiencia en el hospital, pero lo cuento al revés porque de esta manera me parece que se ve más.
¿El humor destaca el horror?
A mí me interesa el humor que hace que el tema se abra y se haga más comprensivo. Te ríes un poco pero lo entiendes mejor. Es un acercamiento a la realidad más tranquilo y, a la vez, más consciente, más lúcido, más inteligente.
Además, ha abierto una página en internet.
Cuando me propusieron venir a Estados Unidos, lo primero que hice fue abrir una página web pensando en escribir un libro en los ratos libres. Lo hice porque sin la obligación de publicarlo no tendría la fuerza para escribir de noche y, sobre todo, para obligarme a pensar. Sin presión uno se dejaría llevar y acabaría escribiendo fragmentos, líneas, palabras y, al final, nada. También lo hice para que el otro libro, el de día, no me comiera todo el tiempo y toda la concentración. Es otra manera de escribir.
¿Saldrá en papel?
Sí. Y, cuando se publique, Días de Nevada incluirá más textos de los que ahora tiene porque hay temas, como un crimen que ha sucedido aquí, a treinta metros de mi casa, que son como paredes que necesitan mucho tiempo para ser escaladas. De momento tomo notas y quizás en invierno, en casa…
¿Qué otros asuntos trata en la web?
Hay un tema al que le doy muchas vueltas y es el de la diferencia entre la representación, pongamos la ficción literaria, y la realidad. Esto aquí se me hace muy presente.
¿En qué sentido?
Todos hemos visto películas del Oeste y de los pueblos sin ley o de los forajidos, de Butch Cassidy, de Billy “el Niño”… Estas figuras, dentro de nuestra ideología muy contaminada por el romanticismo y por ciertas ideas que prenden en la adolescencia, hacen gracia. Pero luego llegas aquí y conoces las historias de primera mano y ves que los pistoleros -y éste es un caso real que le pasó a un vasco- eran personas que entraban en un bar donde había un hombre cenando, se ponían a hacer bromas y en cinco minutos lo mataban. Y como la ley estaba allá lejos, no ocurría nada. Otro ejemplo es la imagen glamourosa de los casinos que tienes y lo que ves cuando llegas aquí.
Volver a casa
Usted ya sabe lo que es levantar polémica con la escritura. ¿Cree que Siete casas en Francia puede crear alguna?
Pero muy diferente. Si alguien leyera el libro sin percibir el doble juego, le parecería inmoral y terrible. Pero una de las apuestas del libro es hablar del doble fondo de la maleta. ¿Y por qué quiero hablar de todo esto? Porque no consigo salir de mi pesimismo, que cada año que pasa es más grande y que no tiene que ver con una cuestión anímica, sino más bien de ideas.
¿Queda ya olvidada la bronca de El hijo del acordeonista?
En realidad aquello fue sólo un balazo, hablando en términos del Oeste, que fue la crítica de Babelia. Pero el combate ha ido a mejor y, al ver que El hijo del acordeonista ha ido para adelante y muy bien, yo ahora puedo poner lo que siempre decía y quería, que es un punto final a la etapa más larga de mi vida, que empezó con Obabakoak. Acabarla con las reseñas del Times, con el premio Grinzane Cavour o con la historia de traducciones que tiene es mejor. Ahora siento que está bien cerrado y estoy muchísimo más fuerte que al comienzo.
¿Desplazar la ficción del País Vasco a Francia es síntoma de este cambio de etapa?
Efectivamente. Para mí los cambios de lugar siempre han sido cambios ideológicos, de sensibilidad y de humor en general. Literariamente, sobre el País Vasco he dicho todo lo que podía decir, ahora sólo podría añadir casuística. Yo doy mucha importancia a lo que llamo “núcleo poético”, que tiene que ver con tu visión del mundo, con lo que te hace reír o sufrir. Para mí ese núcleo ya ha cambiado, desde hace tiempo. En El hombre solo ya hablaba de que “no siento nada con las canciones”… Cuando te cansas de una canción o de una historia, es un síntoma de cambio de núcleo.
¿Tiene ganas de dejar Reno y volver al País Vasco?
Me ilusiona volver a casa y ver a mis amigos. A partir de ahí, nada. También eso es un dato para mí. Todo lo que yo deseo para el País Vasco es justo lo que no hay. Realmente allí estamos un poco en la Edad de Hierro.
¿Se quedaría entonces a vivir aquí?
No. De la misma manera que mi lugar natal no es un buen lugar ahora mismo, no podría vivir muy lejos de ese centro. Podría vivir perfectamente en Barcelona, y si me apuras en Francia. Pero, desgraciadamente, mi sensibilidad está muy unida a lo afectivo. n

Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra