Ana María Matute: Los laberintos del paraíso
Redaccion
Ana María Matute vuelve a la infancia y a los últimos años de la República con “Paraíso inhabitado” (Destino), una declaración de amor a la inocencia en medio de un mundo agitado y a punto de estallar. La escritora, considerada la mejor autora de la novela de posguerra, mantiene vivas a sus 82 años la imaginación y la energía que han caracterizado toda su carrera. Texto Begoña Piña
Menos inocente que cuando tenía cinco años, aún un tanto “desmañada”, pero con idéntico afán de descubrimiento y la misma disposición ante el asombro, Ana María Matute se mantiene pura en su territorio de la infancia, guardiana de la imaginación y la fantasía, vigilante de los recuerdos y, acaso, ahora más que nunca, eco de su propia memoria. Tal vez su niñez quedó mutilada con la llegada de la Guerra Civil y sus libros han sido su revancha, tal vez no quiso seguir mirando el mundo con los ojos que se abrieron ante aquel bárbaro conflicto o tal vez, como dice Adri (Adriana), la pequeña protagonista de su nueva novela, Paraíso inhabitado, “tal vez la infancia es más larga que la vida”.
Firme en su empeño de continuar la crónica de su tiempo casi siempre desde la mirada de los primeros años, la escritora y académica ha revuelto una vez más entre sus tesoros escondidos, ha recuperado una parte de material auténtico y ha puesto de nuevo a funcionar el engranaje de su magia literaria. Con 82 años, Ana María Matute vuelve a ser aquella niña de los últimos años de la República, presa de las convenciones de un colegio religioso, sometida a los deseos de los adultos y desesperada por encontrar almas gemelas en un ambiente poco propicio.
Contadora de historias
Adri, la niña que nació cuando sus padres “ya no se querían”, la más pequeña de cuatro hermanos -Fabián, Jerónimo y Cristina-, lleva dentro una parte de la infancia real de Ana María Matute. En sus pensamientos y sus emociones, en su manera de mirar el mundo, en su forma de acercarse a los secretos está la escritora, que en otros momentos de este libro desaparece para dar paso a la ficción del personaje. Ana María Matute, como Adriana, vivió la enfermedad en la infancia, encontró calor y cariño en sus tatas, soportó la disciplina de un colegio de monjas, buscó el castigo en el cuarto oscuro que tanto la inspiraba -”al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro”- y dejó grabado en su memoria cada segundo del ballet Cascanueces. Las dos tienen un universo privado y a las dos las sorprendió la guerra antes de la adolescencia. Pero Adri debe crecer amoldándose al desamor de sus padres, mientras que Ana María Matute lo hizo fascinada por el eterno enamoramiento de los suyos. Paraíso inhabitado no es, pues, su propia historia, aunque es, sin duda, su más genuina mirada.
No es difícil imaginar que la parte no escrita de esta historia continúa de una forma parecida a la aventura real que ha ido construyendo, año tras año, la propia autora. Una persona que, por adicción a los libros y a la fantasía, ha dedicado su vida a la escritura. “Para mí, escribir no es una profesión, ni una vocación siquiera, sino una forma de ser y de estar, un largo camino de iniciación que no termina nunca, como un complicado trabajo de alquimia o la íntima y secreta cacería de mí misma y de cuanto me rodea”. Contadora de historias, como ella misma se define, Ana María Matute es una mujer luchadora, positiva, obstinada, todavía asombrada por lo brutal que esconde el ser humano y un poco decepcionada por la inevitable pérdida de la inocencia que conlleva cada descubrimiento de la vida. Reconocida internacionalmente, merecedora de los más prestigiosos premios literarios, miembro de la Real Academia de la Lengua, es una de las más destacadas escritoras de la literatura contemporánea y una de las mejores voces de la infancia que esta tiene. La voz, nada infantil, de una infancia no perdida.
Infancia y guerra
Segunda de cinco hermanos y de una familia de la pequeña burguesía catalana, Ana María Matute (Barcelona, 1926) sufrió una grave enfermedad con cuatro años. Entonces escribió su primer relato, un cuento que ilustró ella misma y que dio comienzo a una actividad que ha conformado toda su vida. A los ocho años, y tras haber pasado por otro periodo de convalecencia, sus padres la enviaron a casa de sus abuelos, en Mansilla de la Sierra, en las montañas riojanas. Su infancia transcurrió entre este lugar, Castilla y León y un colegio religioso de Madrid.
“Fui a un colegio de monjas antes de la guerra, después ya no. Mi padre tenía una fábrica de paraguas, que luego colectivizaron. Antes de la guerra, los niños, mis hermanos y yo, nunca salíamos solos de casa; siempre con mis padres o acompañados de las tatas. Después, sí. Después nos mandaban a hacer cola para conseguir pan, para conseguir comida. Y había que ir temprano para lograr tener un buen número. Vi tantas cosas en la guerra. Recuerdo aquellos bombardeos sobre Barcelona y aquel ruido de las ametralladoras; también, los coches que pasaban por la calle Platón, donde vivíamos, con soldados enarbolando pañuelos manchados de sangre o, por lo menos, que ellos decían que era sangre. Me acuerdo perfectamente del cadáver de un hombre que una mañana me enseñó mi hermano. Entonces se sabía por las noticias de lo que estaba pasando en el frente, de que se estaban matando entre hermanos… Yo antes de la guerra no sabía de la muerte, para mí sólo era una palabra”.
La Guerra Civil comenzó cuando Ana María Matute tenía diez años. “Estalló la Guerra Civil. Entonces, la imagen más brutal y menos agradable de la vida rompió y penetró en ese círculo mío, en esa especie de isla privada y solitaria. Aprendí a mirar las cosas y los seres con otros ojos, a oír con otros oídos, y a comprender, al fin, que no importaba demasiado de dónde venía yo o a dónde iba. Supe que estaba allí. Y que debía avanzar, tanto si me gustaba como si no. Así estoy aún. Sólo puedo añadir, ya que no sé hablar, que probablemente tengo aún mucho que escribir. Pero nada más que decir”.
La intolerancia de posguerra
El conflicto y la violencia que descubrió en la infancia han marcado las historias de su vida literaria, casi tanto como lo ha hecho el recuerdo de las emociones infantiles ante ese brutal hallazgo. Los niños y los adolescentes se han convertido en narradores y protagonistas de la mayoría de sus libros, desde el primero de todos, Pequeño teatro, una novela escrita con diecisiete años que se editó una década más tarde y por la que conquistó el Premio Planeta en 1954. Para publicar aquel libro, Ana María Matute necesitó el permiso de su padre, quien firmó el contrato de 3.000 pesetas con la editorial. “En aquella ocasión fue porque yo era menor de edad, pero luego era obligatorio que firmara también mi marido. ‘Con mi venia marital’, ponía. Grotesco. Cosas del franquismo. Una mujer necesitaba el consentimiento de un hombre para todo: para abrir una cuenta corriente, para hacerse el pasaporte”.
Lo grotesco del franquismo iba mucho más allá, y mucho más allá de papeles o permisos afectó a la vida de la escritora. Ana María Matute se casó en 1952, cuando tenía 25 años, con el poeta Eugenio de Goicoechea. El matrimonio duró diez años, una década triste que terminó en separación en 1963. Dos años después de la boda había nacido su hijo Juan Pablo, del que la separaron las leyes rancias de la época. Tras el divorcio, se le prohibió ver al niño, con el que no se reencontró hasta que este tuvo once años. Esta ausencia le provocó serios problemas emocionales y una mayor fijación en la infancia. Ana María Matute, que inició una trayectoria también en la literatura destinada a niños y jóvenes, dedicó todos sus libros a su hijo.
La posguerra se convirtió en una época de contratiempos y problemas, y no solo para su vida personal. En 1949, la joven autora había escrito Luciérnagas, pero la censura le impidió publicar la novela, a pesar de haber quedado finalista del Premio Nadal. El libro apareció en la versión original mucho tiempo después, en 1993. En aquella obra, los protagonistas eran unos niños que, arrojados a la vida de los adultos por el estallido de la Guerra Civil, deben inventarse un mundo nuevo cada día para sobrevivir en la Barcelona bombardeada. Ana María Matute molestó al gobierno de la dictadura colocando la amistad y el amor por encima del “intocable” concepto de la familia.
Una larga carrera
La escritora no se rindió y siguió adelante. Un año después de su boda publicó La pequeña vida -después la bautizaría con otro título, El tiempo-. Y, en 1960, comenzó la primera de sus trilogías, “Los mercaderes”, que arrancó con Primera memoria (Premio Nadal). Los otros dos libros fueron Los soldados lloran de noche y La trampa. La Guerra Civil aparece también aquí, en esta historia de María y su primo Borja, dos niños que hacen el viaje a la adolescencia en unos años en los que descubren la oscuridad de los adultos y la pérdida de la inocencia. “Aunque los argumentos de cada una de las novelas son independientes, les une el tema general de la Guerra Civil y el retrato de una sociedad dominada por el materialismo y el interés propio”, señaló entonces la escritora.
“Predestinada a la literatura desde niña”, Matute no ha abandonado nunca los tres pilares de la ”imaginación, magia y fantasía”, se ha mantenido fiel a la infancia y la juventud, ha permanecido rebelde y ha mimado su fascinación por los bosques. Constantes de su obra que se refinaron en su trilogía medieval: La torre vigía, Olvidado rey Gudú (Premio Nacional de las Letras) y Aranmanoth.
Ambientada en una mítica Edad Media, la primera de estas historias narra los años de formación y aprendizaje de un joven caballero, un chico que descubre el mundo y que, aún con problemas para establecer relaciones en su adolescencia, debe enfrentarse a una realidad salvaje cargada de odio, violencia y soledad. La segunda entrega de la trilogía, para muchos la obra maestra de su autora, narra el nacimiento y expansión del reino de Olar y la participación en ello de una pequeña niña, un sabio hechicero y una criatura del subsuelo. Por último, Ana María Matute cierra esta serie con Aranmanoth, historia de iniciación a la vida y al amor de un muchacho medio humano y medio mágico que crece en un mundo ensombrecido por las guerras infinitas. Él y Windimanoth, su niña amada, viajarán en busca de la tierra prometida de su infancia, que terminarán encontrando en su propio interior. Con estos cuentos, Ana María Matute demostraba las eternas posibilidades de sus bosques y exhibía su pasión por la Edad Media, “un mundo lleno de contrastes”, más rico para la imaginación “porque del mundo actual se puede hacer muy poca literatura”.
Segunda mujer en la RAE
Considerada por muchos como la mejor novelista de la posguerra, la escritora vivió uno de los momentos más importantes de su vida literaria en 1996, con la publicación de Olvidado rey Gudú y el ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, donde ocupa desde entonces el asiento K, que dejó vacante Carmen Conde. Se convirtió en la segunda mujer, en tres siglos, admitida en esta institución. El 18 de enero de 1998 leyó su discurso, se adentró en el recuerdo de su predecesora y en los fantásticos caminos que abrían para ella los bosques y esas otras realidades contenidas en la vida.
“Escribir es para mí recuperar una y otra vez aquel día en que creí que podría oírse crecer la hierba, cuando la noche llegó a ser más brillante que el sol. La noche, el mundo nocturno -que es el mundo más vivo-, es un mundo real y absolutamente cierto, es un mundo mágico que forma parte de la vida cotidiana, en el que las criaturas de la oscuridad existen con tanta o más intensidad que las que habitan bajo el sol más impío y aparentemente verdadero. Para mí, escribir no es una profesión, ni una vocación siquiera, sino una forma de ser y de estar, un largo camino de iniciación que no termina nunca, como un complicado trabajo de alquimia o la íntima y secreta cacería de mí misma y de cuanto me rodea”.
Aquel discurso, en que Ana María Matute reclamaba la inocencia -“tal vez sea cierta la sospecha de que en todo escritor yace el recuerdo insobornable de una inocencia no del todo perdida, de una brizna de locura saludable y de unas insospechadas reservas de amor”- concluyó con su perseverante amor a las palabras. “Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva (…) La palabra hermano, la palabra miedo, la palabra amor, son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo. Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar. Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar”.
“Ser mujer y escritora es un mérito”, dijo hace unos años Ana María Matute, a quien, en opinión de la mayoría, se le resiste el Premio Cervantes justamente por su condición femenina. Sería uno de los pocos reconocimientos que se le deben a una mujer que ya en la década de los sesenta había conquistado grandes premios. Desde el Nadal (1947) con Los Abel, pasando por el Premio Café Gijón (1952) con Fiesta al Noroeste, el tardío Planeta (1954) con la mencionada Pequeño Teatro, el Premio de la Crítica (1958) y el Nacional de Literatura (1959) con Los hijos muertos, y de nuevo el Nadal (1959) con Primera memoria, hasta el Fastenrath de la Real Academia Española (1962) con Los soldados lloran de noche. Su labor en la literatura infantil fue recompensada con el Lazarillo (1965) por El polizón de Ulises y, años después, conquistó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil (1984) con Sólo un pie descalzo. Ana María Matute ha sido también candidata al Premio Nobel de literatura, que estuvo muy cerca de conseguir en 1976, año en que, según miembros de la academia sueca, “su nombre era el que más pesaba junto al de Aleixandre”. En 2007 recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas al conjunto de su labor literaria y, en 2008, se le otorgó el Premio Quijote de las Letras Españolas.
En aquella ocasión, la máxima representante de la generación llamada de “los niños asombrados”, declaró que el galardón la honraba, “porque no me lo han dado a mí, sino a toda mi generación, a los de los años 50, a los que nos reuníamos en cafés, aunque no teníamos ni una perra, para proyectar el mundo que soñábamos… Claro, que eso no nos salió como hubiéramos querido”. “Diré poco pero diré lo que siento”, sentenció la escritora, ilusionada porque los que aplaudían su literatura eran sus compañeros, sus amigos, “mi raza, mis colegas, mi patria”.


Sumario n.157
Qué Leer Extra: Guía infantil y juvenil. Vacaciones con libros