Larra: Un moderno desarraigado
El 24 de marzo pasado se cumplieron doscientos años del nacimiento de Larra en Madrid. Su prosa periodística sigue viva y su escepticismo, su corrosivo humor y su voluntad regeneracionista lo sitúan todavía como un referente de modernidad y saludable patriotismo. Texto Carles Barba
Es un remoquete común entre los estudiosos de la literatura, que viene a recalcar la actualidad de algunos clásicos: “Montaigne, nuestro contemporáneo”; “Shakespeare, nuestro contemporáneo”; “Dickens, nuestro contemporáneo”… En el ámbito español, si algún autor (Cervantes aparte) merece este latiguillo, es Larra. Él y su obra constituyen –en palabras de Juan Luis Alborg– “el valor más permanente, más vivo y más actual de todo el Romanticismo español”. Pero no sólo del romanticismo patrio: su obra (cuajada por lo demás en un género menor, el artículo de costumbres), empapada de crítica social y preocupación por España, influyó poderosamente en Clarín, en los noventayochistas (Azorín sobre todo) y en figuras de la vanguardia como Ramón, quien precisamente ahora hace cien años, para celebrar el nacimiento del gran satírico, organizó un banquete en el café Pombo, y le reservó simbólicamente un cubierto. Larra, en fin, puede ufanarse de ser el padre del periodismo español moderno, mientras que Camba, Ruano, Cavia o Chavez Nogales son, por hache o por be, hijos de su modo de hacer. Uno de los últimos herederos de su poética, Francisco Umbral, ha señalado con razón el seductor componente autobiográfico de su prosa, “no sólo porque habla casi siempre en la primera persona de un narrador convencional, sino porque ha echado su persona por delante de su vida, como esos toreros que echan el cuerpo delante del capote antes de que se acerque el toro”.
El cervantino más afrancesado
Curiosamente, este escritor de raigambre tan española y cervantina estuvo en un tris de criarse indefinidamente en francés y en Francia. Hijo de don Mariano de Larra y Langelot, médico afrancesado, y de doña María de los Dolores Sánchez de Castro, entre los cuatro y los nueve años vivió y se formó en Burdeos y París, en donde recibió la educación de un niño galo. El doctor Larra, adscrito al ejército napoleónico durante la Guerra de la Independencia, tras las derrotas en Vitoria y Arapiles, había seguido a José Bonaparte hasta Burdeos y, posteriormente, se había establecido en París con su esposa y su único hijo. Pero hete aquí que, en 1818, el hermano del rey Fernando VII, el infante don Francisco de Paula, de viaje por Europa, paró en la capital gala y, aquejado de dolores, fue atendido con gran pericia por el padre de Mariano José. El infante quedó tan contento que solicitó al doctor que se incorporara a su séquito, con lo cual éste lo acompaño en su largo itinerario por Bélgica, Holanda, Alemania y Austria. Terminado el periplo, el médico solicitó del infante permiso para regresar a España y, al amparo de su protección y de una oportuna amnistía, en 1818 los Larra se establecieron en Madrid y Mariano José hubo de acoplarse a una nueva lengua y por ende soportar la fobia que entonces campaba contra las modas gabachas. El francés, por cierto, le será connatural toda su vida y de mayor confesará por carta a un amigo: “Pesándome de hablar siempre español, tengo amigos franceses sólo para hablar en francés una hora al día”.
El reingreso del pequeño Larra a la vida nacional (él, que había nacido de hecho en uno de los lugares más castizos de Madrid, la popular calle Segovia, junto a la Almudena) se produce sin rechinamiento y con resultados escolares brillantes. Estuvo primero interno en la Escuela Pía de san Antonio Abad; luego pasa (por poco tiempo) a un colegio de Corella (Navarra); en 1824 vuelve a estar en Madrid y se acoge al Colegio Imperial de los jesuitas. En todos estos años ha dado ya muestras de una precocidad intelectual fuera de serie, como lo demuestra una traducción de la Ilíada del francés, o la redacción en verso de una Geografía de España. Larra, en fin vive en primera línea el continuo toma y daca de la política española y las constantes y bruscas alternancias entre liberales y absolutistas.
En 1823, siendo aún adolescente, presencia en la plaza de la Cebada el ajusticiamiento de Riego y su primera juventud transcurre en plena “década ominosa”, en los años fernandinos más negros. Consta que, alrededor de 1824, el futuro periodista cursó leyes en Valladolid, sin perseverar. Luego se matriculará en Medicina en Valencia, sin que tampoco pase de los primeros cursos. Según su biógrafa Carmen de Burgos, en Valladolid le habría ocurrido un percance sentimental que marcaría a fuego su personalidad: se enamoró de una mujer mayor que él, que resultó ser la amante de su padre. Sea cierto o no este episodio, el caso es que en 1827 Larra se reinstala en Madrid, se independiza de su familia y se acomoda a unas condiciones más bien estrechas. La precariedad formará parte desde entonces de su modo de vida. “Como estoy viviendo de milagro desde el año 26, me he acostumbrado siempre a mirar el día de hoy como el último”, dirá más adelante. Empieza a frecuentar por esas fechas los círculos literarios y se trata con escritores entonces en boga como Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega o Espronceda.
Tras unos tanteos poéticos de corte neoclásico (una mediocre oda dedicada A la Exposición primera de artes españolas), con gran osadía, y aún no cumplidos los diecinueve años, emprende su carrera de periodista, con una revista unipersonal, El Duende Satírico del Día, que dura desde febrero a diciembre de 1828 y en la que aparecen ya artículos tan brillantes como El café.
Fuego contra el carlismo
En agosto de 1829, Larra se casa con Pepita Wetoret y Velasco, de la que tendrá tres hijos. Va a ser un matrimonio fallido, del que hay ecos en el célebre artículo larriano Casarse pronto y mal. Según Carmen de Burgos, Josefina Wetoret habría sido una mujer muy infantil e inconsciente, que “huía de la sociedad” y “se entretenía con cualquier futesa”. El marido rápidamente se desengañó de ella y en 1832 comenzó una borrascosa relación adúltera con Dolores Armijo, esposa de un alto empleado del gobierno, José Cambronero, y una beldad dotada encima de gran sensibilidad. Esta pasión resultará a la larga funesta para el cada vez más beligerante periodista, que en agosto de ese mismo año 1832 fleta una nueva revista, El Pobrecito Hablador, que subsistirá hasta febrero de 1833. A través de tal cabecera, Larra va a escribir algunos de los artículos que mayor celebridad le han dado, como Vuelva usted mañana (contra la pereza nacional) o El castellano viejo (contra el casticismo y el carpetovetonismo); también desde esta tribuna firmará abundantes papeles sobre teatro, apostando por unas tablas que no sean mero entretenimiento y que hagan las veces de catalizadoras y difusoras de buenas costumbres.
En esa misma época y coincidiendo con el regreso a España de los emigrados (y la sustitución en el poder de Calomarde por el moderado Cea Bermúdez), Larra colaboró también en un órgano de gran proyección, La Revista Española, en cuyas páginas estrena precisamente el seudónimo que más le ha popularizado, el de Fígaro. A Larra le viene de perlas que su colega Mesonero Romanos (nombrado corresponsal extranjero) le ceda la plaza de articulista de costumbres y, desde ahí, producirá algunos de sus más detonantes aguafuertes, abriendo fuego contra el carlismo y describiendo sin afeites el estrecho estilo de vida de la clase media, el señoritismo de ciertos aristócratas o el parasitismo del funcionariado.
Umbral ha comentado con acierto el articulismo cada vez más mordaz de Fígaro: tras sus andanadas hay un proceso autocrítico y, “al ir acentuando su escepticismo, su crítica, su amargura y su distancia, no hace sino perpetuar la soledad que le separa de los demás y de sí mismo”. Tal proceder nada autocomplaciente le aleja del tipismo costumbrista practicado coetáneamente por un Mesonero o un Estébanez Calderón y lo perfila más bien como un fustigador regeneracionista (de ahí su rescate por los noventayochistas) que señala lacras y vicios del tejido social con la esperanza de que el país salga de su medianía y abotargamiento.
Estabilizado, pues, como periodista profesional y satisfecho además porque acaba de poner fin a un drama histórico propio, Macías, Larra, con 24 años, se convierte en un opinador incansable de la cosa pública, tanto más cuando, en setiembre de 1833, muere Fernando VII y estalla la guerra civil con el alzamiento carlista.
En enero del 34 aparece su novela de regusto walterscottiano El doncel de don Enrique el Doliente y en el verano se estrena su Macías, de temática afín. Entretanto su vida privada anda muy movida: rompe por fin con Pepita Wetorez y sus relaciones con Dolores Armijo se tiñen de escándalo, al parecer porque el marido de ella las descubre. Para más inri, Larra se desilusiona con el nuevo jefe de gobierno, el liberal Martínez de la Rosa, entre otras cosas porque a su amparo la censura resurge con nuevos ímpetus. Se resarce de estas contrariedades (también del cólera que se ensaña con Madrid y de los éxitos de las partidas carlistas de Zumalacárregui) reuniendo en enero de 1835 una selección de sus propios artículos en tres pequeños tomos que firma Fígaro.
Solo en Londres
De repente, el 5 de abril, misteriosamente, Larra sale del país para un viaje que se prolongará hasta diciembre. En principio su partida obedece a un encargo de su padre médico, que le comisiona para que cobre en Bélgica unas deudas pendientes. Su ausencia fue por cierto parodiada por su amigo Bretón de los Herreros en la comedia Me voy de Madrid, iniciativa que molestó a Fígaro y que no olvidó hasta que, a su regreso, amigos comunes organizaron un banquete de reconciliación.
En la primera etapa de su viaje, Larra para primero en Badajoz (donde reside Dolores Armijo) y se hospeda unos días en la dehesa de su amigo José Negrete, conde de Campo-Alange. Sigue hasta Lisboa y Londres. De su estancia en la capital del Támesis se ha conservado una carta a sus padres que da pistas sobre su estado de ánimo: “Confieso que el aspecto de Londres entristece más que alegra; ¡se ve uno tan pequeño en él, es uno tan nadie! Por otra parte, yo creía que el viajar me distraería de mis disgustos; pero en Madrid, donde veía diariamente a mis amigos y amigas, donde era obsequiado y tenido en algo, esto mismo no me permitía estar siempre enteramente solo; por el contrario, mientras más me alejo, más objetos veo; pero como ninguno de ellos está ligado a mí, no sirven más que para recordarme que estoy solo; en una palabra, estoy en Londres cara a cara conmigo mismo, y este es el mayor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa”.
Y en verano lo tenemos ya en París, donde está de embajador su protector y amigo el duque de Frías. Allí se relaciona con algunos selectos hombres de letras, entre ellos Victor Hugo; lee con gusto a autores como Balzac o Heine, entonces en plena eclosión, y él mismo se embarca en una novela propia, de la que sin embargo nunca se ha sabido nada más. Estas ocupaciones no le impiden seguir de reojo la marcha de los asuntos españoles: se entera de la sustitución de Martínez de la Rosa por el conde de Toreno y de éste por Juan Álvarez Mendizábal. Incitado por estos cambios, que juzga esperanzadores, antes de acabar el año se planta de nuevo en Madrid, donde sus lectores llevan meses ayunos de sus artículos.
“Escribir en Madrid es llorar”
La anulación de las elecciones (ver recuadro) lo dejó muy tocado, porque por un lado se quedó con las ganas de estrenar su escaño y, por otro, creyó que su independencia política, a ojos del público, no resultaba ya tan incuestionable. Se centró principalmente en el articulismo sobre libros y teatro, y echó en falta una audiencia receptiva, que se desperezara con sus soflamas. “Escribir en Madrid es llorar”, dirá ahora, con amargura creciente: “Es buscar voz sin encontrarla como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?”.
La depresión de Fígaro se acentúa cuando, el 15 de enero de 1837, muere en combate contra los carlistas en Bilbao su amigo del alma, el conde de Campo-Alange. Su fallecimiento lo mueve a redactar una honda y entrañable necrológica. Pero antes ha firmado dos artículos llenos de fúnebres presagios, El día de difuntos de 1836 y La Nochebuena de 1836, donde externaliza su desmoralización general. Jugándoselo acaso todo a una carta, intenta por entonces retomar sus relaciones con Dolores Armijo. El 13 de enero de 1837, lunes de carnaval, Dolores se persona en casa de Fígaro, le devuelve sus cartas y le dice sin rodeos que lo suyo ha concluido. Sin darse siquiera unos minutos para encajar la noticia, cuando ella todavía está saliendo por el portal, Larra se dispara un tiro en la sien. Encuentra el cadáver su hija Adelita, de tres años, con la que un rato antes había estado jugando como un padre cariñoso.
Este pistoletazo en modo alguno ha de interpretarse sólo en clave amorosa. Como se ha dicho y repetido después, tras la terrible dictadura fernandina, Larra se había ido desengañando de España y sus gentes, y esta desesperanza le fue royendo el corazón. Había perdido el sentido de la existencia y la entrevista con la Armijo precipitó el gesto wertheriano.
Excepcionalmente, la Iglesia permitió el entierro de un suicida en un cementerio cristiano, el del Norte de Madrid. Entre quienes acompañaron los restos hasta la última sepultura figuraba un joven desconocido que aprovechó la ocasión para leer unos versos propios de homenaje. Era José Zorrilla, el último romántico de las letras españolas.
La voz del intelectual moderno
A estas alturas del presente artículo podríamos preguntarnos: ¿Cómo fue el hombre de carne y hueso que escribió con tanta lucidez, qué estampa y temperamento tenía? Larra era de complexión media (1’70 de estatura), poseía una cabeza grande, ojos negros y vivos, piel tirando a pálida y pelo negro y abundante. Fue siempre muy enamoradizo y, aparte de su amour fou por Dolores Armijo, se prendó en 1835 de la cantante lírica Judith Grissi, a la que requebró por su voz y por su físico en distintos artículos con ocasión de sus actuaciones madrileñas.
En Larra es discernible también la mudabilidad del desarraigado, que al final termina asumiendo en su propio carácter los continuos cambios (de lengua, residencia, escuelas y periódicos) que le tocó afrontar. Otro rasgo anejo a su personalidad fue un spleen y una insatisfacción punzantes, que le llevan a salir de Madrid cuando la ciudad le asfixia con su provincianismo y que le empujan a volver a ella desde París cuando echa de menos su cielo azul, sus tertulias y cafés. Justamente en el primer artículo que escribió, El café (1828), Larra se autorretrata con una donosura y una precisión que no podemos menos que extractar para completar este mínimo apunte sobre su persona: “No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso; es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos, que luego me proporcionan materia de diversión para aquellos ratos que paso en mi cuarto y a veces en mi cama sin dormir; en ellos recapacito lo que he oído, y río como un loco de los locos que he escuchado”.
Tras su muerte, Fígaro dejó tres hijos que de mayores tuvieron singladuras muy diferentes. Adela, muy bella, se casó con Diego García, se incorporó a la alta burguesía madrileña y se rumoreó que tuvo un affaire con Amadeo de Saboya. Luis Mariano fue un poeta y dramaturgo apreciable y se le debe, entre otros, el libreto de la zarzuela El barberillo de Lavapiés. Baldomera, la otra hija, vivió por encima de sus posibilidades, se endeudó y se vió involucrada en un desfalco. Dolores Armijo, por su parte, murió muy poco después de Fígaro, al naufragar en el Cabo de Buena Esperanza el barco que la llevaba a Filipinas, donde su marido estaba destinado.
A doscientos años de su nacimiento, en fin, la figura de Larra y sus más de doscientos artículos son –al decir de José Carlos Mainer– “la más poderosa expresión de la conciencia romántica española”. Él supo ver en los periódicos el medio idóneo para reflejar las palpitaciones de su tiempo y lo hizo con una prosa moderna, llena de humor y mordiente, que todavía hoy se lee con frescura. En él parece reencarnarse el pesimismo zumbón de Quevedo y, bajo sus pullas, puede percibirse a un reformista sincero, deseoso de que España contase con una clase media instruida y emprendedora que llevara al país por la senda de la modernización. Larra se alza como una voz de timbre liberal y cosmopolita, cuyas admoniciones a la sociedad española aún pueden atenderse con provecho y que personifica en sí mismo al intelectual moderno.








