Raúl Argemí: Seis escenas de perfil

Redaccion

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Raul Argemí publica su nueva novela, “La última caravana” (Edebé), donde el género policíaco toma una deriva patagónica de humor ácido que nos lleva a un mundo que parece surrealista pero que es Argentina. Texto Cristina Fallarás Foto Óscar Elías

Escena I: 2008
Enfila la callejuela de la Barceloneta un tipo bajo, malencarado, compacto, con chupa vaquera y andar duro. Acentuado en rubicundo por unas cejas excesivas y un bigotazo entreverado en blanco, lleva las manos de labrador metidas en los bolsillos. Hace ya ocho años que llegó a Barcelona, a Europa, al Primer Mundo que diría él con un resto de antipatía, y aún conserva recelos de cárceles, fracasos superpuestos y una ligera molestia hepática, que es como se reconocen las molestias argentinas. Por eso sonríe mirando más allá del hombro del sonreído y no le hacen ni puñetera gracia las gracias al uso.
Llega hasta la librería Negra y Criminal, saluda, firma un ejemplar de su recién estrenada novela, La última caravana, y se dispone a sentirse en casa. En casa es una convención. En casa no es allá donde haya un catre, diez años de cárcel se lo han cosido a la memoria. En casa es, quizás, allá donde se apilan los libros. Quizás.

Escena II: 1953
Terminaba el XIX y un anarquista catalán llamado Juan Argemí emprendía marcha hacia tierras argentinas. A la familia, del textil de Sabadell, debió de dolerle poco la desaparición del descarriado. Pero la familia es construcción volátil y una valenciana con ánimo de levantar futuros, Teresa, se puso a la labor con él, tras casarse en la ciudad de La Plata, por entonces poco más que un proyecto de racionalismo sobre el plano. Algo después, el desertor navarro Nicasio Reclusa hizo lo propio con Benita, una alavesa que, harta de berza helada y pan seco, embarcó rumbo a una tierra que al menos, prometía la posibilidad de carne.
Catalán, valenciana, navarro y vasca: ¡bum!
En el origen están escritos la aventura, la huida, el encono, la refundación. Cinco décadas después, a principios de los 1950, por la ciudad de La Plata aún circula el carro de los muertos. El chaval de Argemí, nieto de aquel anarco, hijo de modista, siete años, lo mira fascinado y piensa en su padre, aquel hombre que criaba canarios, arreglaba los ingenios y le fabricó a su madre una lavadora llamada Ufa que funcionará perfectamente cuatro años todavía. Hace ya un año que murió y a él le ha quedado el agujero que intenta llenar engullendo los libros de otro difunto, su tío Germinal, cuya biblioteca permanece, llena de Melville, Salgari, Burroughs (el de Tarzán), Dumas, Verne y Cervantes. Ha salido a la abuela vasca, Benita, de corta estatura, manos y pies campesinos y un empecinamiento de los que sirven para fundar estirpes. Ella, analfabeta, pide silencio y respeto: el chaval, Raulito, está leyendo, y eso es cosa seria.

Escena III: 1979
Las lecturas, seguramente aquellas, son las únicas que no fallan. Algo así debe de pensar el recluso llamado Sopeto, por otro nombre Martín, por otro nombre Raúl Argemí, mientras inicia su vuelta número tropocientos a la celda del Penal de Sierra Chica, en Olabarría (Buenos Aires). Se ha despertado andando, ha meado, cantado, maldecido y comido andando y así seguirá hasta que le venza el sueño. Porque la total extenuación es la única manera de aguantar las mordidas de la legión de chinches que ocupa su catre. A esas alturas la derrota tiene el camino hecho y allá por donde pasaron el teatro, el Partido Comunista, la revolución, la lucha armada, el ERP – 22 de agosto, queda un hueco de salvación hecho de letras. El lugar donde la derrota puede no resultar fatal.
Acaba de arrancar 1979, el verano aprieta y el tipo lleva más de cuatro años preso. Le quedan otros seis, pero él no lo sabe, claro, él solo sabe que morirá mañana. Que cabe la posibilidad. Todo ese tiempo, a qué detallar: golpes, hambre, chinches, terror, muertes, desapariciones y un frío que se le instala en el tuétano y ahí sigue. A qué detallar.

Escena IV: 1984
El ciudadano Raúl Argemí ve cómo el atildado camarero le coloca delante, sobre el largo mantel blanco, un gran plato de pescado. Finaliza 1984, acaba de salir tras pisar cinco cárceles distintas, algunas repetidamente, incluidos los famosos pabellones de la muerte, esos lugares donde si uno aprende que el futuro acaba de terminar en cada instante, salva la cabeza. Por eso mira el pescado, una pieza entera asada, y no lo reconoce. Por eso tampoco reconoce en los cubiertos a un aliado. Sus interlocutores le ofrecen un trabajo tan suculento como debería resultarle la trucha: la jefatura de cultura de la revista Claves. Y Argemí, que no está para leches, que aún tiene que descubrir que a la nueva sociedad democrática le molestan tanto los dictadores como quienes los combatieron, que aún no sabe que un dictador y él resultan, por ejemplo, dos caras de la misma moneda, ataca el pescado como quien pelea el mundo y se decide a masticar las espinas, qué se le va a hacer, la raspa entera, ante la estupefacta mirada de sus acompañantes. Y recuerda dietas más dolorosas.

Escena V: 1986
El redactor jefe del diario de Río Negro mira a ese tipo bajito y ceñudo recién admitido en la plantilla para labores editoriales y lo reconoce. Corre 1986. Se acuerda de su caso, sabe quién es. No pasa nada, le asegura, porque él es amigo, pero más vale que el resto, y los vecinos, y los que a partir de ahora serán sus conciudadanos en la ciudad patagónica de General Roca no lo sepan. Dos caras de la misma moneda.
Pero Argemí está dispuesto a sobrevivir, a arraigarse como sea. Y es. Rodeado de frutales, campos, perros, comparte el trabajo en la redacción de provincias con programas de radio y televisión y la crianza de su hija, que nace en 1988. Y en los ratos que le quedan, escribe, o al menos arranca seis novelas. Algo le dice que Argentina no es el lugar donde las publicará, así que allí solo se hace libro la primera, El gordo, el francés y el ratón Pérez.

Escena VI: 2001
El autor empecinado se agacha sobre el fregadero de un restaurante barcelonés de postín donde trabaja lavando platos. Se acerca la Navidad de 2001, su primera Navidad en Barcelona. Ha llegado con todos aquellos libros en una maleta, decidido a encerrarse en ellos mientras procura no mirar hacia una Argentina que empieza a desangrarse camino al corralito. Frota y seca con la rabia del inmigrante y guarda la cabeza para la otra rabia, la del escritor. La rabia, alimento.
Todavía quedan tres horas de trabajo aguantando a un cocinero histérico y sin mirar el dispendio que le rodea, cuando suena el teléfono. -¿El señor Raúl Argemí? -Sí. -Enhorabuena, le comunicamos que ha ganado el premio de novela Felipe Trigo
Guarda silencio y recorre mentalmente la lista de amigos, pocos, que le pueden estar gastando la broma. Cuelga, vuelve la cabeza y les comunica a sus compañeros de la cocina:
-Me acaban de dar un premio.
Luego piensa que tres millones de pesetas son 18.000 dólares. Y sigue fregando.

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