Audrey Niffenegger: la guía del cementerio

Highgate, el gran cementerio victoriano de Londres, fue escenario de nuestra charla con la norteamericana Audrey Niffenegger, que se dio a conocer gracias a “La mujer del viajero en el tiempo” y que ahora contraataca con una historia de amores góticos titulada “Una inquietante simetría” (Salamandra). Texto: Laura Fernández Fotos: Joe McGorty / Joseph Regal

Nero fue el león favorito de George Wombwell, un zapatero del Soho que un buen día decidió convertirse en coleccionista de animales salvajes. Hoy, Nero es un león de piedra y corona la tumba de su amo, situada en un privilegiado rincón del cementerio londinense de Highgate. “No sabría decir por qué, pero es mi favorita”, dice Audrey Niffenegger, la mujer del sombrero negro que hasta hace poco era una de las guías turísticas del cementerio. Lo fue sólo temporalmente, mientras escribía su segunda novela, Una inquietante simetría, una fábula gótica con gemelas malditas y fantasmas que dejan mensajes en el polvo que se acumula sobre el piano. “Vine prácticamente a diario durante un año y Jean Pateman, la presidenta de los Amigos del Cementerio de Highgate, me preguntó un día si me gustaría ser guía, y acepté”, dice. Lleva un abrigo negro y gafas de sol. Hace frío, especialmente en el rincón que ocupa el león de piedra de Wombwell. Un poco más allá, por el sendero que se dirige a la tumba de Karl Marx, camina un grupo de turistas acompañado de un guía que bien podría ser Robert, uno de los protagonistas de la novela. “Fue muy fácil meterme en la piel de Robert trabajando aquí”, asegura Audrey, una apasionada de Londres y de la vieja Europa. “Para mí, estar aquí es como estar dentro de un libro. ¿No dicen eso los europeos cuando van a Nueva York? ¿Que para ellos aquéllo es como estar dentro de una película? Pues a mí me pasa al revés”, asegura. Audrey es de Chicago. Vive allí la mayor parte del año pero desde que publicó su primera novela, La mujer del viajero en el tiempo (Grijalbo), viaja mucho. “He pasado el último año lejos de casa”, dice, mientras dejamos atrás la discreta tumba de Michael Faraday, el científico. “Pero mejor así, odio estar en casa. No para de sonar el teléfono. Es imposible concentrarse. Aunque sé que tengo que volver por mis gatos. Y para seguir con mi próxima novela. He hablado mucho de ella, pero sólo llevo veinticinco páginas. Se va a llamar The Chinchilla Girl in Exile”. Insiste en que no piensa hablar de ella. De lo que quiere hablar es de Martin.

Compulsión y lápidas

Martin es el verdadero protagonista de Una inquietante simetría. Un autor de complicados cucigramas que trabaja autenticando viejos documentos para el Museo Británico. Martin trabaja desde casa, con las ventanas cubiertas con papel de periódico, porque no puede salir. Se lava las manos cientos de veces al día, hasta hacerlas sangrar, y compra la lejía en bidones de diez litros. Cuenta, cuenta todo el tiempo y cualquier cosa, entra en las habitaciones con el pie derecho y cada mañana toma un cuenco con Weetabix, una jarrita de leche y dos albaricoques (que deben ser masticados cierto número de veces). Sí, Martin padece un trastorno obsesivo-compulsivo gigantesco. Casi como el que tenía un ex novio de Audrey. El que inspiró el personaje. “También era escritor y era muy bueno explicando lo que le pasaba y muy consciente de que contar no iba a salvarle de morir atropellado, por ejemplo, pero no podía evitar hacerlo. Pensé que sería interesante escribir sobre alguien así. Y no sé por qué, se me ocurrió que mi personaje, que padecería un TOC más extremo que el suyo, tenía que vivir junto al cementerio de Graceland, en Chicago. Y lo único que vería a través del papel de periódico cuando se pusiera a mirar hacia afuera serían las tumbas del cementerio”, cuenta Audrey. Luego se detiene para decirme que estamos delante de la tumba de Eliza Barrow, una de las víctimas del famoso asesino en serie Frederick Seddon. Está cubierta de maleza. “Pero en el cementerio de Chicago no hay muertos tan ilustres como aquí. Yo había estado en este cementerio en 1996 y no me lo había podido quitar de la cabeza. Y pensé: ‘¿Y si no viviera en Chicago? ¿Y si Martin viviera en Londres? ¿Y si su apartamento diera el cementerio de Highgate?’”. A la mañana siguiente, llamó al cementerio para concertar una entrevista con alguno de sus trabajadores. La decisión estaba tomada. Y quería conocer a fondo el lugar al que mirarían las ventanas del apartamento sobre el que giraría la historia. “Pero no fue tan fácil. Cuando hablé por primera vez con Jean, intentó disuadirme de escribir sobre Highgate. Me preguntó si quería escribir una historia de fantasmas y me avisó de que están hartos de fantasmas. Le dije que no había fantasmas en mi novela. Y luego resultó que sí, pero entonces no tenía ni idea”, cuenta.

El teatro del duelo

El caso es que concertó una cita con Jean. “Vine a verla, hablamos, y no sé por qué al final aceptó. Me contó que cada día reciben cientos de llamadas de gente que quiere escribir sobre Highgate o que quiere rodar una película aquí, o que simplemente quiere saber si toda esa historia de los espíritus es cierta. Y lo que intentan hacer los Amigos del Cementerio es combatir esa fama de epicentro de lo sobrenatural. Pero no es nada fácil, por eso son tan reacios a todo y tienen unas normas tan estrictas. Después de todo, esto es un cementerio real, no una casa encantada que visitar en Halloween”, cuenta la escritora, que espera que alguien, alguno de sus lectores, se sienta inspirado por Robert y se ponga a escribir una historia real del cementerio, completamente terrenal, alejada de todo lo que de él se ha escrito hasta el momento. “Porque hay historias que van a desaparecer y deberían ser contadas”, dice Audrey.

Los victorianos concibieron el cementerio de Highgate como un teatro. Un teatro del duelo. Y eso es justamente lo que parece. Las tumbas están casi siempre acompañadas de figuras, chicas de piedra que reposan junto a la lápida de su dueño, con el oído pegado a la última de las letras de la inscripción, como a la espera de escuchar lo que el de abajo tiene que decirles. “Los victorianos tenían un miedo horrible a que les enterraran vivos y tenían sus mecanismos para que no ocurriera”, afirma, misteriosa, la autora. Luego continúa hablando de Martin. “Enseguida supe que debía tener una amiga, una chica joven que viviera en el mismo edificio y que tratara de ayudarla. Y como Highgate es una zona muy pija, y la chica tenía que ser muy joven, se me ocurrió que podía heredar el apartamento de una tía que no había visto nunca. Y así empezó la historia de las gemelas, que al principio no eran más que compañeras de piso y luego se convirtieron en gemelas especulares”, cuenta Audrey. A su espalda se alza Lion, el perro de piedra que vigila la tumba de Thomas Sayers, “el último boxeador que peleó sin guantes”, me informa la escritora.

Las gemelas especulares resultan aún más inquietantes que las gemelas idénticas, porque son como la versión al otro lado del espejo la una de la otra. Es decir, si Julia (una de las protagonistas) tiene un lunar en el hombro derecho, su hermana, Valentina, lo tendrá exactamente en el mismo lugar (las coordenadas son exactas) pero en el hombro izquierdo. Y lo mismo ocurre con sus órganos. Valentina tiene el corazón en la parte derecha del cuerpo porque es Julia quien lo tiene en la izquierda. Y así con todo. “Hace poco, estaba firmando libros en una tienda y se me acercó una pareja de gemelas especulares. Me dijeron que todo lo que contaba era cierto. Sólo que no eran tan malas como las protagonistas”, dice. ¿Pero son malas Julia y Valentina? “No, no lo son, pero tienen sus luchas de poder, se han acostumbrado a vivir dependiendo en exceso la una de la otra y se controlan demasiado. Valentina cree que vive en una dictadura y Julia cree que Valentina es demasiado egoísta”, asegura Audrey.

En cualquier caso, las chicas, al cumplir los 21 años, heredan un apartamento con vistas a Highgate. El apartamento era de su tía Elspeth, que cuando murió estaba saliendo con Robert, el guía del cementerio, casi diez años más joven que ella. En el mismo edificio vive Martin. Su mujer, Marijke, acaba de dejarle porque no soporta sus manías. Las chicas dejan Chicago, donde vivían con su madre (hermana gemela de Elspeth) y su padre (ex novio de Elspeth y supuesta razón por la que las hermanas nunca volvieron a hablarse), y se trasladan a Londres. Así empieza todo. “Todo el terror que pueda existir en la novela es psicológico, mi intención nunca ha sido la de asustar al lector con un simple ¡bu!”, asegura la autora, para quien la irrupción del fantasma de Elspeth fue una sorpresa. Al morir, Elspeth ha quedado atrapada en su apartamento, vive en el cajón de su escritorio y muy pronto descubre que los muertos no tienen por qué permanecer eternamente sin un cuerpo.

Tienda

Ir a la tienda | Recomendados | Novedades | Mas vendidos | Ofertas | Preventa |

La muchacha de los tacones

“Digamos que dos novelas de Henry James y una de Wilkie Collins han inspirado Una inquietante simetría. Las de James son Retrato de una dama y Otra vuelta de tuerca. La de Collins, La mujer de blanco”. Audrey escribe de noche (“de día sería imposible, el teléfono no deja de sonar”, dice) y no le teme a las etiquetas. “Sé que esta novela es gótica y no me importa que me llamen escritora gótica, ni escritora de fantasía, ni lo que quieran. No soy de las que rehúyen las etiquetas, me gustaría tener tantas como pudiera”, confiesa. Estudió Bellas Artes y durante mucho tiempo se limitó al arte visual (Audrey pinta pero también es autora de novelas gráficas); al menos públicamente, porque en realidad nunca había dejado de escribir. Desde que era una niña. “Recuerdo que la primera historia larga que escribí tenía como setenta páginas y era un viaje en carretera con los Beatles. Incluso la ilustré”, cuenta.

Sí, le gustaban los Beatles. “Desde los nueve años”, dice. Pero lo raro es que primero le gustó McCartney. “Me compré su primer disco en solitario sin tener ni idea de que había estado en los Beatles y un día, cuando fui a la tienda de discos en busca de algo más suyo, el dependiente me dijo: ‘Si te ha gustado esto, te gustará mucho más su banda’. Me dio un disco de los Beatles y me encantó, claro”, recuerda. Acaba de pasar un coche por Swains Lane, la estrecha y sombreada calle que baja de Highgate a Archway, en la zona alta de Londres, y que debe cruzarse para visitar la zona este del cementerio. Estamos junto a la antigua capilla anglicana que hace de tienda de souvenirs, a las puertas de la zona oeste, la parte original. El cementerio de Highgate se abrió en 1839, siete años después de que el Parlamento de Londres aprobara la ley que permitía construir cementerios comerciales. Al principio tenía siete héctareas, pero pronto (1854) se les quedó pequeño y tuvieron que ampliarlo (la citada zona este). Es el Cementerio Oeste el que visitan los protagonistas de la novela y el que apasiona a su autora. ¿Alguna anécdota de sus tours turísticos? “Bueno, recuerdo a una pareja joven que debía estar en mitad de una cita. Te aseguro que ella no tenía ni idea de que acabaría en el cementerio. Debió ser idea de él. Porque llevaba unas sandalias con unos tacones altísimos. Y el cementerio está lleno de maleza y barro, y no es fácil andar por depende qué senderos y mucho menos con tacones. Le pregunté si estaba segura, si podía andar durante una hora con eso por allí. Me dijo que sí, pero yo me pasé igualmente todo el tour asegurándome de que no se caía. Y ella aguantó”, cuenta.

¿Y alguna vez ha visto un fantasma? “No. Y tampoco tengo pesadillas. Incluso he estado en Highgate de noche y lo único que puedo decir es que está muy oscuro. Las farolas no alumbran mucho. Pero, por lo demás, es un lugar muy tranquilo y muy agradable. Lo bueno de escribir es que puedes crear fantasmas pero no tienes por qué creer en ellos”, contesta. Insiste en que Una inquietante simetría es, en realidad, una historia de amor. “No, son muchas, cruzadas”, aclara. “Y lo que más miedo da no es Elspeth, sino el daño que se hacen unos a otros emocionalmente. En ese sentido, y en muchos otros, por supuesto, es una novela victoriana, porque cada personaje acaba recibiendo su merecido, todo lo que han hecho repercute en su final”, dice. Como un personaje más, el cementerio de Highgate es testigo de los golpes que se dan sus vecinos vivos. Un teatro antiguo convertido en el alma de una novela.

Compártelo!
Escrito por el feb 22 2011. Archivado bajo Entrevistas. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes ir al final y dejar una respuesta. Pinging no esta permitido

Dejar un comentario

Publicidad

Ads

Publicidad

Galería de Fotos



Revista MC

 
Secciones y Temas

Revista Qué Leer | Passeig de Sant Gervasi, 16-20, 08022 Barcelona (España) | Teléfono: 93 254 12 50 | Fax: 93 254 12 63 © 2011 MC Ediciones