Philip Roth: Una tarde con Dios (o Aristófanes)

philip-rothA sus 75 años, medio siglo de carrera y con sólo el Nobel oponiéndole resistencia, tiene a sus facultades creativas trabajando a destajo. Tras “Indignación” (Mondadori/La Magrana), ya ha terminado una nueva novela corta, “The Humbling”, y se encuentra enfrascado en la siguiente, “Nemesis”. Contra la leyenda negra de su acritud, se revela un dechado de cordialidad y un animadísimo conversador al recibirnos en su apartamento neoyorquino. Texto Antonio Lozano.

Si Roth hubiese hecho carrera militar, a sus 75 años su pechera resplandecería con una constelación de condecoraciones multicolor. Ningún otro escritor americano vivo ha encadenado tantas obras maestras, a base del esfuerzo combinado de retocar las líneas de su vida a través de álter egos en conflicto permanente con ellos mismos y de retratar las turbulencias históricas de su país a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. El que la reciente desaparición de John Updike lo convierta en la última gran Esfinge en pie de las letras estadounidenses, y el que en alguna entrevista haya dado la sensación de ser un hueso duro de roer, facilitarían una intimidación que él disipa en lo que se tarda en dar un sólido apretón de manos, acompañado de una cálida sonrisa, y en ofrecer algo de beber.
Son las 2 de la tarde y el sol entra a chorros por los amplios ventanales que cruzan de punta a punta el espacioso comedor del envidiable apartamento que Roth posee en segunda fila de Central Park, dentro del Upper West Side de Manhattan, distinguido barrio de larga tradición intelectual y artística. La decoración es muy sobria, dominan los tonos blancos, algunas ilustraciones enmarcadas salpican las paredes, un ordenador y multitud de papeles se disputan una larga mesa de trabajo, libros de historia y de arte se esparcen por una mesa baja de cristal, DVDs de películas clásicas y las primeras temporadas de la serie televisiva The Wire reposan bajo un televisor de considerables proporciones. Este es el refugio urbanita e invernal del escritor, donde se consagra a su oficio en régimen monacal, mientras que, desde 1970, una casa de campo en Connecticut lo acoge cuando las temperaturas se muestran benévolas. “Cada mayo regreso a ella, la ciudad me resulta distante. De tanto en cuanto voy a París a visitar a amigos, pero creo que ya he viajado suficiente en mi vida, ahora prefiero descansar”.
Ofrece asiento y, avanzando la predisposición a conversar con tranquilidad que será la tónica de toda la entrevista, no espera a ser preguntado para comenzar a hablar: “No he visitado España en veinte años, ahora debe de ser un país muy diferente. ¿Quién gobierna? De muy joven llegué a hablar un español fluido porque lo estudié dos años en el instituto y uno en la universidad, pero no tardé en perderlo. Hoy me resulta imposible entender una sola palabra de lo que dicen los dominicanos o puertorriqueños que habitan la ciudad”.

INDIGNACIÓN TARDÍA
Si tuviera que reducir a un solo motor lo que lo ha llevado a consagrar su vida a la literatura, ¿cuál sería?
Diría que la curiosidad ha sido mi fuerza motora. Cada vez que empiezo un nuevo libro no sé si voy a ser capaz de conseguirlo, tengo mis recursos pero las novelas no brotan con naturalidad. Uno arranca como amateur, de cero, respecto a ese título en concreto. De forma que siento curiosidad por ver si lo lograré, por ver qué saldrá, por ver si daré con la forma adecuada para explicar la historia, por ver si los personajes cobrarán vida como los concibo, por ver si los detalles resultarán precisos, por si encontraré las palabras justas para aquella frase y ese párrafo…

¿Diría que ha alcanzado el pico de su creatividad?
En este momento de mi vida dispongo no sólo de la experiencia personal, sino también de la de carácter histórico y social. Puedo echar nítidamente la vista atrás unos 55 años, de forma que tengo a mi alcance mucho más material entre el que escoger que en mis inicios. También es verdad que antes era una cantera más fresca y virginal, pero con tantos libros a mis espaldas me pregunto cuántas historias me quedan. Ya se verá qué resulta de poseer una larga perspectiva hacia atrás y una corta hacia delante. No sé yo si es un buen negocio (risas).

Lo que está claro es que atraviesa una fase muy productiva, ¿le impulsa una cierta urgencia?
Siempre he escrito de manera apremiante. Cuando empiezo un libro, me vuelco por entero, trabajo en él todos los días de la semana. Quizás sea porque creía a Saul Bellow cuando me decía que ningún escritor debería morir mientras tuviese un libro entre manos (risas). En todo caso, me siento con prisas en tanto que ser humano, lo que queda patente en mis últimos libros, donde la muerte está muy presente. Es lo que pasa cuando asistes al funeral de un amigo cada seis meses. Espera un momento… (Roth se levanta y se dirige a su mesa de trabajo. Viste de manera informal: una camisa azul marino, unos pantalones de pana y unos mocasines gastados. Regresa con las capillas de su próxima novela, The Humbling, a publicarse en su país en septiembre de este año. Están enfundadas en una sobria portada con una ilustración en la que un foco de luz ilumina el centro de un escenario vacío.) Me he acordado porque en ella también he incluido a un muerto. La protagoniza un actor que atraviesa un bloqueo y que recibe una cura de humildad. Escribir una novela se debe de parecer mucho al trabajo que realiza un intérprete a la hora de meterse en un papel.

Hablando de sus personajes, estos no suelen encajar bien en su entorno, ¿para usted la literatura es prioritariamente una forma de disentir?
La literatura presenta un punto de vista alternativo al dominante, ofrece a los lectores una manera específica de entender el mundo. De forma que supongo que estás disintiendo, pero de lo que se trata más bien es de corregir. Te percibes como alguien que intenta con todas sus fuerzas expresar las cosas y extraerle sentido a acontecimientos de una forma distinta a como lo hacen los periódicos o la televisión. Ni mejor ni peor, propia.

Indignación, tiene de fondo la guerra de Corea pero se ambienta en un college en los represivos años 1950. ¿Philip Roth se sentía indignado en aquellos tiempos?
He necesitado treinta o cuarenta años para darme cuenta de lo controlados que estábamos los jóvenes por aquel entonces, acosados por leyes y reglamentaciones. No era tanto un caso de represión como de vigilancia. Tú y yo podemos considerar los 1950 como la última década de represión, pero para otros fue el fin de la normalidad. Debo reconocer que la mayoría aceptábamos ese clima de control. Unos pocos bohemios como Allen Ginsberg se rebelaban, pero es que Ginsberg era un tipo muy extremo.

De nuevo la historia reciente de América sirve de marco a uno de sus libros, convirtiéndolo en cronista de la segunda mitad del siglo XX.
Nací durante la Depresión, ese mismo mes Roosevelt y Hitler llegaban al poder. El trasfondo de mi infancia fue la Segunda Guerra Mundial. El estallido de la Guerra Fría marcó mis años en la escuela. La Caza de Brujas de McCarthy y la guerra de Corea me cogieron en la universidad. Así pues, como tantos otros miembros de mi generación, crecí y me eduqué rodeado de acontecimientos nacionales de enorme impacto. Incluso la persecución a la que se vio sometido Clinton puede considerarse histórica. Así que ha sido cuestión de dejar que transcurrieran veinte o treinta años para empezar a entender el comportamiento de la gente frente a estas crisis, así como sus ramificaciones.

ADIOS A LA MUSA DEL HUMOR
¿Qué fue más determinante en su vida: crecer en el barrio de Newark o hacerlo en una familia judía?
Pienso que era la cultura de la religión lo que definía al barrio, y no la religión. No veía barbas ni kipas, lo que nos unía era la reacción a los comportamientos antisemitas; el vínculo no surgía de las creencias, pues la ortodoxia importada por los abuelos inmigrantes se había diluido, sino de la necesidad de defendernos de los ataques a nuestra cultura.

Nueva Jersey ha vuelto a estar de moda gracias a Los Soprano.
Sólo he visto un episodio, pero puedo asegurarte que me robaron algo. En La conjura contra América escribí sobre dos gángsters, Big Pussy y Little Pussy, a los que conocí en la vida real, y que luego han aparecido en la serie. Ahora resulta que Roth se lo birló a la televisión, pero fue al revés, porque mi novela es anterior.

¿No declaró en una ocasión que Woody Allen había bebido del humor judío de sus libros?
No lo recuerdo, lo que sí sé es que si puedo seguir evitando contratar abogados, lo haré.

Tras jubilar a Nathan Zuckerman en la anterior Sale el espectro, ¿no se siente algo huérfano?
Al contrario, su marcha me ha refrescado y reactivado; me ha obligado a buscar nuevos personajes, cambiar de escenarios y meterme en nuevos aprietos. Me siento liberado.

El humor parece habérsele ensombrecido y agriado en sus últimos libros. ¿Diría que ya no le resulta una herramienta tan poderosa para combatir el miedo y la angustia?
Aún procuro hacer reír a la gente, pero la musa de la comedia parece haberse esfumado. De tanto en cuanto algo irónico surge de forma inevitable, pero los tema que me rondan no invitan a levantar el ánimo.

¿Siente que la edad lo está traicionando de otras maneras?
A mi edad es corriente que uno pierda la memoria a corto plazo o que no se acuerde de determinadas palabras. Me ocurre en la vida diaria, pero jamás cuando escribo. La concentración es tan acusada que todas las distracciones desaparecen. Tengo en mi mesita de noche un cuaderno y, al acostarme, cada noche me encuentro encendiendo varias veces la luz para anotar en él frases o escenas que me vienen a la cabeza. Lo primero que hago cada mañana es echarle un vistazo y todo lo escrito en la víspera me resulta sorprendente.

¿Algún otro truco de viejo zorro?
Bueno, tengo uno que… Se lo confesaré porque esto sólo se va a publicar en España, ¿no? (risas). Cuando me sobreviene la ansiedad porque no encuentro la forma de plasmar lo que busco, en vez de preguntarme qué pasará a continuación me digo qué ocurrió. Juego a pretender que me estoy enfrentando a un recuerdo, a una historia real que aconteció. Si me engaño así consigo serenarme.

¿Se cuida físicamente?
Nado con frecuencia. Cuanto mejor me siento físicamente, mejor escribo.

En sus novelas, el deseo, principalmente el masculino, es más una maldición o una fuente de, frustraciones y desgracias que de placer. ¿Usted también lo ve así?
La cultura popular ya nos muestra que el amor y la lujuria tienen tanto de maravilloso como de peligroso, pues su naturaleza es obsesiva y restrictiva. Cualquier cosa que te transforma en un lunático encierra las dos caras. Si toda la energía que gastamos en desear al prójimo la recicláramos en carburante para los vehículos supondría una excelente noticia para el calentamiento global.

LAMENTOS DE UN CASCARRABIAS
Ha sido profesor de literatura en diversas universidades, pero nunca ha dirigido un taller de escritura.
Nunca aceptaría llenarles la cabeza de cuentos a mis alumnos. Estos talleres se han convertido en una enorme industria en Estados Unidos. Europa hace bien en evitar importarlos. Son una pérdida de tiempo absoluta, una mera forma de que las universidades les soplen a los estudiantes entre 40 y 45.000 dólares al año. No funcionan porque para empezar los asistentes son demasiado jóvenes, apenas cuentan con su infancia y adolescencia, pero todavía están demasiado cerca de ellas. No se le puede enseñar nada a aquel que carece de la experiencia de la vida.

Así que su consejo es: “a vivir y a esperar”…
Si yo fuera profesor de uno de estos cursos les diría a mis alumnos: “El primer año vais a contraer una enfermedad que casi os mata y os vais a pasar un año entero en el hospital. Tan pronto os reincorporéis a la vida normal haréis que os suelten en paracaídas y sin un céntimo en el bolsillo en medio de un país extraño del que no conozcáis la lengua. En él transcurrirá vuestro segundo año. Durante el tercero y último trabajaréis en una mina de carbón”. A los que superaran todo esto les extendería un certificado de aptitud para comenzar a escribir.

¿Qué consejo le daría el actual Roth al joven Roth?
Ninguno. Tenía mi cupo de errores que cometer y cumplí con ella. Si no fuera por mis equivocaciones, seguiría en el porche de la casa de Newark donde crecí. Uno se hace mayor y sus errores crecen con él. Uno tiene que intentar no equivocarse a base de no ser cauteloso, de no temer equivocarse.

¿Ha habido algún consejo que siempre haya tenido muy presente?
Existe una frase muy atractiva de Flaubert en su correspondencia con Colette que a muchos escritores americanos les encanta citar porque les hace sentir superiores. Dice algo así: “Sé aplicado y regular en tu vida, al modo de un burgués, de cara a ser violento y original en tu trabajo”. Pues bien, yo diría que lo opuesto también es cierto.

¿Qué echa de menos de los viejos tiempos?
Los editores de primera clase, porque eran excelentes lectores. Las editoriales preocupadas por la literatura seria y no meramente por la comercial. La camaradería intelectual. Las estimulantes obras de tus coetáneos. Pero quizás estos son los lamentos de un cascarrabias que está desconectado de casi todo.

Al menos el presente le ha traído a Barack Obama.
América ha sido tan desafortunada políticamente, desde el asesinato de JFK y culminando en la infame administración Bush, que parece una suerte increíble que un hombre tan distinguido y prometedor haya llegado a la Casa Blanca. Veremos qué puede hacer con la dramática y descomunal herencia que ha recibido, empezando por el desastre financiero. Por lo menos, el tono del país ha cambiado. Por ahora sólo pido que no siga el mismo camino que todos aquellos que han intentado traer esperanza y transformación a este país: JFK, Bobby Kennedy, Luther King, Malcolm X…

¿Cómo se lleva con la tecnología?
Desde el punto de vista tecnológico, soy un neandertal. Apenas consulto internet y no tengo email, ¿para qué quiero recibir más correo? El inicio de esta revolución me cogió demasiado mayor. Me siento tres gadgets por detrás del resto. Que conste que confieso esto con pena, sin rastro de orgullo. Este desajuste me hace sentir más viejo aún.

¿Cómo le gustaría ser leído por las futuras generaciones?
Dudo que las generaciones venideras vayan a leer. ¿Quién va leer en un Kindle? Los lectores constituirán una especie de culto, como los actuales lectores de poesía. Más concretamente, como los actuales lectores de poesía en latín. ¿Cuántos deben de quedar hoy en el mundo? ¿Unos quince?

Se le nota apocalíptico.
Todos los periódicos de aquí están cerrando sus secciones de libros, sospecho que en cinco años no quedarán suplementos literarios, apenas se publicará una crítica de un libro de tanto en tanto. Nos acercamos al fin de la cultura literaria escrita. Es parte de la evolución humana y es también una tragedia. Hay tantísima comprensión, belleza, arte, placer y artesanía en las conexiones que establecemos con Faulkner o Tolstói al leerlos… No existen analogías posibles.

EL PAYASO GENIAL
¿Hasta qué punto es consciente de su celebridad internacional?
Tengo otras cosas que hacer y en que pensar a lo largo del día. Sólo me concentro en realizar bien mi trabajo, igual que los buenos fontaneros y los vendedores de coches competentes. Además (y levanta un dedo para señalar los ventanales a su derecha) dispongo de un doble vidrio excelente de cara a aislarse del exterior.

¿La muerte ocupa mucho sus pensamientos?
La temo, claro. No siento especiales ganas de verme extinguido, pero qué le vamos a hacer… En la vida, cuando se te plantea un obstáculo, puedes plantarle cara con toda tu voluntad y coraje, o intentar circundarlo. Si ninguna de las dos opciones te sirve, siempre puedes decirte “con el tiempo el apuro me parecerá menor”. Con el problema de la vejez la única salida es la muerte. Si no te gusta ser un niño, aguardas a que llegue la adolescencia; si eres un adolescente infeliz te resignas al advenimiento de la edad adulta; si la madurez no te es favorable, pues aún cuentas con una plácida vejez; pero si te descubres un anciano insatisfecho sólo te espera ser todavía más viejo y acabar largándote de este mundo.

¿A quién el achaca usted esta gran broma?
Escribí un pasaje en La mancha humana en el que Coleman Silk acude a un concierto y comienza a pensar que en cuatrocientos años no va a quedar ninguno de los presentes, tampoco el edificio, ni siquiera la música, de forma que se pregunta “¿qué maníaco ha concebido esto?”. Bueno, yo creo que Dios es un payaso genial. A veces llego a la conclusión de que Dios se corporeizó en la figura de Aristófanes. Solo él pudo haber creado a alguien como Bush Junior.
Antes de poner fin a las dos horas de charla, Roth invita al periodista a contemplar las vistas desde su terraza, explicando con detalle la historia y la personaliad del barrio. Solicita que se le envíe un ejemplar de la revista con la pieza y, al dejarle un cuaderno de la marca Muji para que anote los datos de la agencia literaria al que hacérselo llegar, comenta que él también se compra el mismo modelo. A un paso de abrir la puerta para despedirse, los espíritus de Portnoy, de Kepesh y de Zuckerman le susurran al oído las siguientes palabras: “Cerciórate de que no te olvidas nada. Si fueras una chica guapa me callaría con la esperanza de que regresaras”.

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