Sue Grafton: “S” de seguimiento
Con “T de trampa” (Tusquets/Ed. 62) llega a su número veinte el Abecedario del Crimen, la serie de la independiente, malcarada y contradictoria detective californiana de los años 1980 Kinsey Millhone. Su creadora, Sue Grafton, vino de bolos a Barcelona y “Qué Leer” no se despegó de ella. Texto Antonio Lozano Fotos Óscar Elías
La duda proviene del taxista: “¿Y esta es una señora importante?”. La réplica llega de una organizadora de eventos culturales: “Es una escritora americana muy conocida”. La aludida es Sue Grafton, que, sumida en silencio en el asiento de atrás, preside la comitiva que se dirige a la Biblioteca Marta Mata de Cornellà. Lleva desde el domingo alojándose con su tercer marido, Steve, en una suite del Hotel Majestic de Barcelona, donde ha acudido para participar en el festival de literatura policíaca BCNegra, siendo cabeza de cartel junto a Michael Connelly y Roberto Saviano. Ya estuvo en la Ciudad Condal en una visita privada en 1992, pero ahora toca promocionar su última novela, T de Trampa. Puesto que la Diputación sufraga parte de su estancia, a la avalancha de entrevistas pertinentes se suman dos actos en bibliotecas fuera de la capital, bajo el sentencioso epígrafe de “Ahora o nunca”. Hay que pasear a la celebridad. Y hacia Cornellà se dirige la comitiva. El periodista ha sido contratado como moderador de los tres encuentros que la autora mantendrá con sus lectores a lo largo de la semana. Mientras va repasando mentalmente las notas sobre la vida y milagros de la autora, tiene que morderse la lengua para no soltarle al intrigado taxista la introducción que lleva preparada y que, en una versión resumida, consiste en lo siguiente:
“Sue Grafton, nacida en Louisville, Kentucky, en 1940, es nieta de un misionero presbiteriano y su padre fue un abogado que escribía novelas detectivescas en sus ratos libres. Licenciada en Literatura Inglesa por la Universidad de Louisville, trabajó de recepcionista, secretaria y cajera en hospitales, así como de camarera, si bien su pasión desde muy joven fue la escritura. Pasó quince años en Hollywood escribiendo guiones de televisión (premonitoriamente, algunos de ellos fueron adaptaciones de obras de Agatha Christie) pero, aunque la experiencia le permitió aprender los rudimentos técnicos, acabó harta de carecer del control creativo. Sus primeras novelas no fueron de género negro y, de hecho, de las siete primeras que redactó sólo la cuarta y la quinta vieron la luz. Reconoce que llegó a la ficción sobre crímenes sin saber apenas nada de la misma, aprendiendo a marchas forzadas y tomando prestado el marco del gran clásico Ross MacDonald, a través de la ciudad ficticia de Santa Teresa en California. Volcarse en ella le permitió desfogarse, quitarse la rabia y las frustraciones de encima, afrontar su pérdida de la inocencia. Matar en el papel le evitó tener que derramar sangre en la realidad, concretamente la de su segundo marido, a quien liquidó en A de Adulterio, título inicial de su serie del Abecedario del Crimen protagonizada por la sabueso Kinsey Millhone, que fue redactado durante un proceso de divorcio devenido en lucha sin cuartel. Ha sido presidenta de la Sociedad de Autores Americanos de Novela Negra, ganado un motón de premios, vendido millones de ejemplares en los más de treinta idiomas a los que ha sido traducida. Vive en Santa Bárbara, donde a diario madruga, da un largo paseo por la playa, se sienta a escribir sobre las 9, hace un par de series de ejercicios físicos, se acuesta antes de las 10 de la noche y vuelta a empezar. Entre sus hobbies se cuenta cocinar y hacer ganchillo. Tiene una nieta que se llama Kinsey y la matrícula de uno de sus coches lucía el nombre Kinsey M.”.
Menudas tablas
Los clubs de lectura de Sant Just Desvern e Igualada descienden de sus autocares al mismo tiempo que la comitiva entra en la biblioteca de Cornellà. La modernidad de las instalaciones contrasta con la antigüedad de la imagen de la escritora estampada en los carteles que anuncian el acto, en los que aparece desgreñada y a una bajísima resolución, todo un golpe bajo para una persona de aspecto tan elegante y presumido. Un generoso porcentaje del auditorio es de la misma quinta que la estrella invitada, o algo mayor. Una sensación de “El Inserso patrocina este evento” recorre la sala. Antes de entrar en ella, ha habido foto oficial con ambos grupos, una engrasada orquesta de sonrisas de júbilo y de rostros extasiados. Los más impacientes se acercan con su ejemplar para obtener la preciada dedicatoria y son conminados a esperar al final de la presentación. Solventada la primera fatalidad de todo acto literario (los desajustes con la parafernalia técnica, micros y aparatos de traducción simultánea), la escritora Empar Fernández y el periodista hacen los honores. El segundo advierte que la mención al abyecto ex marido que la llevó a escribir novela negra provoca una oleada de risas de gozo entre los presentes. Sin embargo, la que considera su mayor aportación crítico-analista (consistente en entender que Kinsey Millhone tiene una suerte de pacto con el Diablo, al envejecer a un ritmo de un año cada dos libros y medio, lo que la convierte en el Dorian Gray particular de Sue Grafton) no parece despertar la menor señal de reconocimiento. Cuando le llega el turno, la escritora, que hasta entonces ha mantenido una actitud taciturna y reservada, de esas que a sus editores les gusta achacar indefectiblemente al jet lag, se revela con un perfecto dominio del escenario. Resulta ocurrente, fluida, teatral, incluso a ratos payasa, como al recordar, astuta ella, al pérfido ex esposo, o al comentar que la comida basura sólo se la permite a su personaje, mientras que ella ha de mirar por el dibujo de sus caderas. Que es del todo consciente que el respetable está compuesto en su mayoría por representantes del sexo femenino, queda patente al explayarse a la hora de perfilar a Kinsey como una mujer vulnerable y llena de contradicciones; es decir, modelo “una de las nuestras”. Llegado el turno de preguntas, tiene lugar la segunda fatalidad de todo acto literario: nadie tiene ninguna cuestión que dirigir a la escritora. Cien personas, el grueso de ellas miembros de dos clubs de lectura, uno de los cuales está especializado en novela negra, y ni una alma con una duda o con el valor para expresarla. Empar y el periodista adoptan el papel de interrogadores durante un rato, hasta que se alza la mano de una valiente. La pregunta es la más repetida en la larga historia de interpelaciones a Sue Grafton, “¿Cómo se le ocurrió la idea del alfabeto”?, y la autora activa el piloto automático para citar por millonésima vez la inspiración del cómic The Gashlycrumb Tinies de Edward Gorey, pero tiene el mérito de romper el hielo y animar a una tímida cadena de lectores. Estos abandonarán la biblioteca sabiendo cosas como que la autora es una profunda conocedora de la obra de Carl Jung, por lo que cree en la existencia de La Sombra, una suerte de severo y malicioso consejero demoníaco que vela día y noche por la calidad de su obra, o que de cara a no aburrirse con el ciclo se impone una serie de desafíos técnicos, como que un título se desarrolle exclusivamente durante la noche o que en otro se mueva toda la ambientación en una gama cromática mínima (negros, grises y blancos). El primer round acaba pronto porque los autocares esperan. Grafton recibe un ramo de flores de la organización y sus fans consiguen que les firme ejemplares, debidamente asistidos por el periodista que va deletreando en sucesivos post-its los nombres propios que desean ver inmortalizados.
Se repite el guión
En el taxi de regreso a Barcelona, donde la escritora ha quedado para cenar con Michael Connelly, la estrella comenta que esta estancia promocional es un viaje en noria comparado con las mastodónticas giras americanas. Ahora se limita a visitar unas ocho ciudades con la salida de cada nuevo título, pero había llegado a pisar una veintena, cogiendo un avión cada mañana, a la manera de un candidato a la presidencia en período electoral, y participando de la mañana a la noche en una sesión maratoniana por emisoras de televisión y de radio, redacciones de periódicos, librerías y supermercados (los principales puntos de ventas a escala nacional). En una ocasión llegó a participar, a las 5 de la madrugada, en una firma de sus libros en exclusiva para los conductores de los trolebuses que los distribuyen por su país. “Los camioneros son una pieza clave en el engranaje editorial, hay que cuidarlos y tenerlos contentos”.
El periodista expresa a la estrella su temor de que, teniendo aún por delante otros dos encuentros con los lectores, acabe reincidiendo en preguntas que puedan hacer caer a la escritora en un profundo sopor. Grafton disipa el miedo: “Oh, en absoluto, me van muy bien, de esta forma una parte de mi cerebro responde con la fórmula pregrabada, mientras que la otra va pensando en qué va a pedir para cenar, o directamente mi mente abandona la habitación”.
El segundo round es en la Biblioteca Central de Terrassa, adonde acuden los clubs de lectura de Olesa de Montserrat y Sentmenat. El guión se repite en gran medida: idéntica comitiva (cambia el taxista), foto horrenda en el cartel, instantáneas con los alborozados lectores, derroche de desparpajo y simpatía, vudú con el ex marido malísimo, escasas preguntas del auditorio (uno de los presentes se acercará luego hasta la mesa a comentar todo ufano que ha conseguido el titular del acto al arrancarle a la escritora la frase “antes me rebozaría desnuda sobre cristales que ceder los derechos de Kinsey al cine”), ramo de flores, firmas… Los momentos entrañables de la tarde han venido servidos por una fan que le ha pedido a la escritora que acabe casando a Kinsey con su vecino y casero Henry, a pesar de que sea cuarenta años mayor que ella, y por otra que le ha cedido la idea de que, si algún día completa el alfabeto, comience con los números pues le darán para muchísimo más (esta seguidora desconoce que Janet Evanovich ya le ha robado la ocurrencia, lo que había merecido, en el trayecto de ida a este acto, un sarcástico comentario de Grafton, modelo “por mí se la puede confitar”).
De vuelta a Barcelona, el periodista tiene la ocasión de charlar un rato con el marido de la estrella. Resulta que el discreto, sonrosado y voluminoso Steve es nada menos que profesor de filosofía de la física en la Universidad de Santa Bárbara. Su hobby son los jardines, incluyendo el diseño por ordenador del aspecto que tendrán los que salpican la mansión de cuatro hectáreas y media, con campo de golf y críquet incluidos, que posee la pareja en Montecito. Steve confirma la sospecha de que la felicidad no les es esquiva diciendo que “compartir mi vida con una celebridad no resulta nada complicado, pues tenemos la gran suerte de que a Sue no la reconocen por la calle. Yo además sólo me apunto a lo bueno, a este tipo de viajecitos por Europa”. Antes de descender del vehículo le recomienda al periodista títulos didácticos sobre mecánica cuántica, si es que eso es posible.
Tirando de la chuleta
Ya en el marco de la BCNegra, el fin de fiesta tiene lugar en una abarrotada (más de trescientas personas) La Capella, antiguo hospital reconvertido en sala de eventos culturales. A estas alturas, la complicidad entre Sue Grafton y el periodista es tan descomunal que ella no tiene reparos en pasarle una chuleta con las preguntas que le gustaría que le hiciera, mientras que él no puede evitar abrir el acto con gracietas sobre la alianza que conforman (“empezamos a estar unidos por la cadera, en plan película de Cronenberg”…). La primera y la segunda fatalidad de todo acto literario no fallan a la cita; tampoco lo hace la cuestión de cómo se le ocurrió a la autora la idea de la serie. Mientras Grafton responde a la misma, al periodista primero le intriga saber qué estará elucubrando el hemisferio cerebral que permanece en modo manual, y luego se imagina a la escritora recorriendo las cercanas Ramblas mientras deja hablando a su versión robótica. El periodista escoge la pregunta número tres de la chuleta, “¿Podría explicarnos de dónde surgió la víctima por identificar que sale en Q es de quién?”. La orquestada réplica confirma el grado de exigencia y dedicación que Grafton se impone (antes ha afirmado que lleva un diario donde apunta las características más microscópicas de los personajes y que supera en páginas al título final), al tiempo que brinda el momento álgido de la velada, pues mezcla realidad y ficción sin olvidarse de reforzar su caché ético. Resulta que durante una cena coincidió con un patólogo forense que le habló de una chica que murió asesinada en 1969 y que fue enterrada de cualquier manera, sin ser identificada. Recordaba que poseía una dentadura muy particular, por lo que con los actuales avances científicos pensó que las cosas serían diferentes. Ni corta ni perezosa, Grafton pagó de su bolsillo la exhumación del cadáver y los 2.500 dólares que costaba la recreación facial en laboratorio. Al final fue en balde, pero la escritora quiso costearle un funeral digno porque “me sentía conectada a ella”. Aplausos entusiastas. Definitivamente, tiene un don para ganarse el aprecio de sus lectores. En Terrassa había asegurado que cada Navidad envía una tarjeta de felicitación, acompañada de un pequeño obsequio (un abrelatas, una bolsita de té…), a 5.000 suscriptores a su página web y que ha llegado a revelar a uno de ellos por carta cómo se prepara exactamente el bocadillo con pepinillos y manteca de cacahuete que se zampa Kinsey Millhone. A propósito de la cual, aseguró que espera despedirse de ella en el año 2020, completando Z is for Zero, aunque cada nuevo título le cuesta una montaña y para entonces ella ya tendrá 80 años. Por ahora está a cuatro capítulos de coronar la U.


Sumario n. 152
"Qué Leer" se vuelve extra